Es inmenso el sacrificio, pero más grande aún es la recompensa (Parte I)

Maria Eugenia Cabral
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Prosiguiendo cronológicamente con las MikyAventuras en Argentina, les cuento que todos los integrantes de mi equipo alternábamos el trabajo con los turnos rotativos que debíamos cumplimentar, con el fin de custodiar el segundo lugar en aquella espera que nos llevaría directo hacia el protagonista de nuestro sueño. Los días pasaron y al entrar en la recta final aquella fila se vio acrecentada principalmente por fans del interior del país, quienes también se animaron a vivir esta experiencia. Sin dudas para ellos el reto fue mayor, puesto que debieron proveerse de algún lugar para asearse y dejar sus pertenencias. Unos tuvieron la posibilidad de acudir a familiares o amigos, y otros debieron reservar habitaciones de hoteles que solo usaron apenas pocas horas.

Para algunos la aventura se volvió vertiginosa a la hora de abandonar temporalmente el puesto en aquella espera, puesto que habían asistido sin ninguna compañía. Pero al intentar sortear este obstáculo se puso de manifiesto la hermandad que existe en esta gran familia, lo que terminó generando la unión entre fans. Espontáneamente formaron nuevos grupos, y luego se dieron la oportunidad de conocerse, acompañarse y apoyarse mutuamente, creando verdaderos lazos de amistad que trascendieron más allá de aquel momento. Provenían no solo del interior de mi provincia y el país, de Mendoza, Salta, Rosario, Catamarca y Buenos Aires, entre otras, sino también del exterior, como Brasil y Chile.

Esta experiencia se tornó una verdadera hazaña cuando la semana previa al concierto en Córdoba afrontamos los días más difíciles a consecuencia de una intensa ola de calor, teniendo que soportar temperaturas de hasta 38 grados centígrados con una sensación térmica de 42. Les juro que no se podía respirar, que el calor continuamente atentaba con boicotear la salud, pero que a pesar de todo jamás pensamos en claudicar, estábamos ahí por amor y ese sentimiento mueve montañas. 

No sé si recordarán que nuestro grupo estaba conformado por dos personitas muy especiales, las que no residen en la ciudad sino a muchos kilómetros de distancia, razón por la cual se les dificultó muchísimo acompañarnos en este acampe. Así que solidariamente, motivados por el inmenso cariño que despiertan en nosotros, decidimos cubrir sus turnos hasta que pudieran llegar. Contábamos los días para poder abrazarlas y disfrutar de esta nueva vivencia juntas, y el primer momento llegó cuando el fin de semana se hizo presente trayéndonos consigo a Lizbeth, quien viajó desde México especialmente para estrenarse asistiendo a un concierto que tenía como particularidad aquello de contar con ubicaciones de pie y por orden de llegada. Como personalmente tenía mucha experiencia al respecto, sumado a que conocía en carne propia lo vivido por Lizbeth en el Auditorio Nacional y en otros sitios similares, recuerdo haberle preguntado más de una vez si estaba segura de querer afrontar un reto totalmente diferente. Intenté transmitirle hasta el mínimo detalle esta vivencia tan linda y emocionante, como dura y sacrificada, y en repetidas oportunidades le dije ¿Estás segura de querer hacerlo? ¿Estás preparada para poner el cuerpo, literalmente hablando?, y su respuesta siempre fue un contundente sí. He de confesar que solo temía cuando le contaba que a veces el calor, la falta de aire, y el cansancio hacen de las suyas en personas que de por sí son un poco sanguíneas, por lo que reaccionan muy mal ante algunas situaciones. Sucede continuamente cuando pretenden arrebatarte el lugar conseguido, cuando se dan cuenta que Luis Miguel tiene algunos detalles contigo, algo lamentable pero parte del folklor de transitar esa experiencia.

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El fin de semana previo al concierto Lizbeth arribó, justo un día antes de su cumpleaños, y desde ese momento las emociones se tornaron incontrolables, todo se convirtió en una verdadera fiesta. Con mi amiga Viviana fuimos a esperarla al aeropuerto, y luego cenamos para esperar juntas el momento en que el reloj diera las 12 de la noche para entonar las mañanitas. La mañana del domingo, con escasas horas de descanso, procedimos a viajar unos pocos kilómetros rumbo al interior para que nuestra amiga extrajera pudiese conocer los paradisíacos paisajes que ofrece esta Córdoba querida. Pero había que hacer un tour abreviado y veloz porque el tiempo apremiaba, ya que debíamos regresar a tomar la posta en el acampe. Así fue como en el horario de la tarde llegamos al lugar, y Lizbeth comenzó a palpitar una experiencia totalmente nueva para ella.

Puntual, a medianoche, llegó nuestro relevo y nosotras decidimos seguir con la celebración de su cumpleaños agasajándola con la mejor carne asada del mundo. Terminamos de cenar alrededor de las 2:00 a.m. y se nos ocurrió que Luis Miguel podría estar llegando a la ciudad, así que nos fuimos al aeropuerto y el amanecer nos sorprendió cual Penélopes, solas esperando a nuestro amor sin miras de un inminente arribo.

Pudimos dormir solo 3 horas porque había que cumplir con el cronograma, así que en punto de la 1:00 p.m. nos hicimos presentes Lizbeth y yo para cubrir nuestro puesto. El sueño nos venció así que decidimos aprovechar la carpa (tienda de campaña) para dormir una corta pero reparadora siesta.

Estaba pactado que Viviana se nos uniera, sobre las últimas horas de la tarde justo después de finalizar su horario de trabajo, pero mientras aguardábamos su llegada nos llamó por teléfono para terminar alterándonos por completo. Esta vez manejaba información fidedigna respecto a la llegada de Luis Miguel, y su fuente le había averiguado que estaba por aterrizar en cualquier momento. Nos volvimos locas por un momento, deseábamos darle la bienvenida pero ¿Quién iba a cubrir nuestros lugares? Por suerte Vivi tenía todo bien pensado, había hablado con sus hijos para que dejaran lo que estaban haciendo y corrieran de inmediato para relevarnos mientras ella venía por nosotras. Así fue como llegaron juntos al lugar y antes de que Vivi pudiese detener la marcha nosotras estábamos arriba del automóvil. El tiempo corría de prisa y debíamos ganarle la partida, así que fuimos hacia el aeropuerto a toda velocidad. Allí nos encontramos con un grupo numeroso de fans que aguardaba feliz la llegada del artista más querido y admirado. Recién cuando tomamos nuestros puestos, a la vera de uno de los ingresos privados que tiene el aeropuerto internacional, pudimos respirar tranquilas y recuperarnos de la maratón que habíamos emprendido. A todo esto nos faltaba una de las integrantes del equipo, nuestra querida Anita, que precisamente en ese momento venía volando desde Buenos Aires con destino a la ciudad. ¿Y qué creen? Aterrizó junto con el avión de Luis Miguel, quien venía de sus presentaciones en Chile. Lo que es el destino, ¿no? Si lo hubiésemos planeado seguro que no coincidían.

Mensaje va, mensaje viene, apresuramos a Anita para que saliera del aeropuerto lo más rápido posible, pues definitivamente debía estar junto a nosotras para recibirlo. Cuando nos fundimos todas juntas en un fuerte abrazo supimos que la magia había comenzado, y un par de minutos después lo confirmábamos dándole la bienvenida a quien había unido nuestros caminos para siempre. Miky salió con su convoy de seguridad alrededor de las 22:30 hs., si mal no recuerdo, y nosotras lo escoltamos hasta el hotel donde iba a hospedarse. En ese largo trayecto reinó la emoción y la adrenalina, ya que es toda una travesía mantenerse cerquita del vehículo que lo transporta. Anita iba con medio cuerpo afuera tratando de mostrarle a Luis Miguel la bandera que identifica mi columna ‘Diario de una Fan, al son de las bocinas y los gritos de felicidad por tenerlo entre nosotras. Al llegar a las inmediaciones del hotel, salvo la conductora, el resto de las pasajeras brincamos del auto y nos echamos a correr con la ilusión de alcanzarlo. Cabe destacar que siempre acuden a un ingreso especial del hotel que se usa para abastecimiento, pero que esta vez nos tomaron por sorpresa al decidir hacer su entrada triunfal por la puerta principal. Mi cuerpo, que tenía en su haber una espera de 15 días y en cuyos últimos 3 solo contaba con unas pocas horas de sueño, quiso plantar bandera cuando tomó consciencia que a esa maratón le faltaba el obstáculo más difícil de soslayar, una pendiente ascendente y muy pronunciada de unos 100 metros de distancia. Solo sé que mis piernas fueron más veloces que mi pensamiento, y que en todo momento intenté dominar la fuerza porque sumada al cansancio podía llevarme a un desenlace fatal: mi cuerpo estampado contra el piso. Cuando llegué a la cima, en donde estaba la puerta principal del hotel y su estacionamiento, mis piernas intentaron traicionarme y casi se termina concretando lo que más temía. Cuando elevé la mirada y pude ver detenida la comitiva de Luis Miguel, quien claramente tenía intenciones de saludarnos, respiré hondo y traté de recuperarme lo más rápido posible.

Quisiera hacer una pausa para contarles que llevaba conmigo mi “Diario de una Fan” Edición 7, la última recopilación de columnas porque deseaba entregárselo en mano. Así que intenté colocarme lo más cerca posible a la puerta de su camioneta, tarea que me resultó difícil por la gran cantidad de gente apostada en el lugar y por la policía que intentaba apartarnos. Cuando se contó con las medidas de seguridad pertinentes Luis Miguel procedió a salir del interior del vehículo, y parado en los estribos saludó a un público que lo honró con una cálida bienvenida. Recuerdo quedarme obnubilada ante su belleza, admirada por el color dorado de su piel que acentuaba el verde de sus ojos, su radiante sonrisa, y esa elegancia única que lo caracteriza. Aunque él se desvivió por consentir con miradas, sonrisas o apretón de manos a una buena cantidad de asistentes, fue imposible complacer a todos, motivo por el cual en esta ocasión no alcancé a entregarle el libro.

No puedo describir con palabras lo feliz que me sentía por haber concretado un sueño más, pues por años deseé tener la oportunidad de ver a Luis Miguel en otro ámbito que no sea el escenario. Fue tal la algarabía que no solo nos olvidamos del cansancio sino que recargamos energía para regresar al hogar a intentar conciliar el sueño. El día por el que habíamos esperado tanto estaba a punto de llegar, y solo unas pocas horas nos separaban de esa jornada en la que la luz del amanecer nos debía encontrar en el lugar donde seríamos recompensados con creces.

El reloj sonó 5 am y hacia allí partimos con la ilusión de vivir juntos un concierto soñado. Había llegado el momento más feliz pero el más difícil de sobrellevar, pues nos deparaban 12 horas de espera bajo el sol y otras 7 de pie dentro del recinto.

Continuará…

Euge Cabral

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