10.000 kilómetros para rendirme a los pies de tu arte (Parte I)

Maria Eugenia Cabral
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Creo que todos saben, pero por si acaso lo desconoce algún lector, que hace un mes decidí seguir a mi corazón y embarcarme en un nuevo viaje que me llevó al encuentro de mi querido Luis Miguel.

3 largos años sin la posibilidad de verlo pesaban demasiado, así que no titubeé a la hora de organizar mi trabajo (tramité los permisos necesarios) para emprender otra experiencia soñada. Por supuesto que no me podía escapar sola, tenía que comprometer a mis compañeras de aventuras porque sin ellas nada sería perfecto. Se equivocan si creen que tuve que batallar insistiéndoles a Vivi y Anita, puesto que no terminé de formular la pregunta cuando me interrumpieron con la confirmación de su asistencia.

Esperamos que se anunciaran las fechas más convenientes teniendo en cuenta compromisos impostergables, y de inmediato nos dispusimos a comprar los tickets y los pasajes, en ese orden, ya que sin los primeros no hubiésemos podido concretar el principal motivo del viaje. Antes de continuar quisiera contarles un detalle muy especial, ya que el papá de mi querida Ana se nos unió a esta aventura, motivado por su gran admiración por la música mariachi. Es que por siempre anheló poder escucharla en vivo y en directo, y concretarlo en tierra Azteca de manos de la mejor agrupación del mundo, el Mariachi Vargas de Tecalitlán, con la voz e interpretación de Luis Miguel como broche de oro era un sueño por el que estaba dispuesto a darlo todo. Animarse con 80 años a salir al exterior y subirse a un avión por primera vez es digno de admirar e imitar, ¿no creen? Y pensar en que nos acompañaría a un concierto nos colmó de ilusión desde el principio.

Ver a Luis Miguel en el Auditorio Nacional es una experiencia que ya habíamos vivido en el año 2015, razón más que valedera para repetir, puesto que consideramos que es el mejor lugar del mundo para disfrutar a ‘El Sol de México’. No puedo seguir narrándoles sin traer a colación una anécdota tragicómica, la que se suscitó mientras aguardábamos el momento de liquidar las compras pertinentes (conciertos más pasajes), tiempo imposible de adelantar cuando uno opera con tarjeta de crédito, en el que tuvimos la mala fortuna de que nuestra moneda sufriera una devaluación de casi un 50%. ¡Fue catastrófico! ¿Se imaginan la repercusión en esas compras valuadas en dólares? Y aunque todo se nos hizo cuesta arriba fruto de la situación, nada pudo opacar la decisión de invertir en nuestra felicidad.

Así fue como transitamos una emocionante cuenta regresiva que finalizó el 10 de noviembre cuando por fin nos montamos a ese avión rumbo a Ciudad de México.

Siempre que piso suelo mexicano me pasa lo mismo, siento la emoción de la primera vez y lo vivo como un sueño. No sé si es solo por el amor que Luis Miguel supo transmitirme o porque quizás en otra vida fui mexicana pero, de una u otra manera y sin miedo a ser juzgada, debo admitir que me siento como en casa. Es un privilegio poder descubrir en cada una de mis visitas nuevos lugares cuyos rincones encierran su historia, arte, cultura y arquitectura fascinante, pues tienen un país hermoso de norte a sur y de este a oeste. Nutrirme del cariño y la hospitalidad de su gente hace de mi estancia unos días inolvidables, motivo por el cual me resulta tan difícil tener que dejarlos. Sigo insistiendo en que un día no muy lejano tomaré la decisión de radicarme en México por un tiempo, para conocer lo más que pueda y vivir desde adentro cada una de sus tradiciones.

Luego de arribar al aeropuerto Benito Juárez nos dirigimos a casa de mi bella amiga Lizbeth, quien muy amablemente puso a nuestra disposición su cálido hogar. Sin tiempo que perder, pues había que aprovechar al máximo cada minuto, nos alistamos para salir rumbo a unos de los restaurantes más emblemáticos de Polanco, el que funciona en una casona colonial histórica en la que puedes degustar exquisitos platillos de la cocina mexicana al son de la música en vivo del mariachi. En este cálido contexto nos reunimos con las anfitrionas del lugar, Lizbeth, Marthita y Ángeles, cita a la que se sumaron María Alicia y su prima de Chile, y Kathy junto a su mamá de Costa Rica. Fue grandioso que personas de cuatro nacionalidades diferentes compartiéramos un delicioso almuerzo, cuyo tema principal de conversación se centró en el amor y admiración que sentimos por Luis Miguel, sentimientos que sin dudas nos motivaron a emprender un largo viaje con tal de disfrutar de su magia y su talento.

Luego de una amena plática nos trasladamos a un punto de venta para proceder a retirar los tickets de los conciertos y, con nuestros tesoros en mano, nos dirigimos al nuevo hogar por los próximos 8 días. Había que descansar temprano para recuperar energías, puesto que a primera hora del próximo día teníamos planeado visitar la ciudad de San Miguel de Allende.

Desperté muy ilusionada con la oportunidad de conocer este lugar que se volvió aún más especial desde que Luis Miguel lo eligió para grabar su más reciente videoclip “La fiesta del Mariachi”, paseo que no imaginé pudiésemos realizar al momento de organizar el viaje ya que habíamos contemplado trascurrir nuestros días en Ciudad de México. Estoy muy agradecida a Lizbeth porque pensó en todos los detalles para agasajarnos y éste fue uno de ellos, arregló todo para que pudiésemos visitar esta magnífica ciudad colonial. Con nuestros ojos atentos a la belleza del paisaje que la carretera nos ofrecía, y la música de ‘El Sol’ amenizando este viaje de casi 300 kilómetros, llegamos a este pueblo literalmente mágico. Desde el mirador ya pudimos apreciar la razón por la cual la Unesco nombró a San Miguel de Allende como Patrimonio Cultural de la Humanidad en julio de 2008, es realmente maravilloso. Luego de recorrer sus calles empedradas a bordo de nuestra camioneta, sin poder dar credibilidad a los que mis ojos me devolvían ante la antigüedad de las construcciones, nos dirigimos rumbo al hotel que sirvió de locación para algunas escenas de dicho video. ¡Qué emoción descubrir la popular escalera en cuyas primeras imágenes del clip lo vimos subiéndola! Por supuesto que allí nos tomamos algunas fotografías que inmortalizaron el momento, y aprovechamos para divertirnos recreando a Luis Miguel en esta famosa secuencia. Luego decidimos continuar ascendiendo con la intención de llegar al final del recorrido de aquellos escalones, y al arribar a destino nos ganó el asombro cuando descubrimos la terraza que también sirvió de escenario para algunas tomas del video. Por supuesto que no podía faltar la fotografía emulando al mismísimo Rey, a quien vimos contemplar la majestuosidad de esta imponente ciudad desde esa vista tan bonita.

Ya bordo de nuestro medio de movilidad nos dirigimos al centro de la ciudad, y luego continuamos nuestro recorrido a pie, admirando a cada paso su arquitectura. De camino a la famosa Parroquia de San Miguel Arcángel pudimos observar una gran cantidad de puestos ambulantes vendiendo coronas con flores naturales, artesanía que se ha vuelto una tradición portar como si fueses una verdadera princesa. ¿Quién no soñó, en la inocencia de los primeros años, con la idea de convertirnos en miembros de la realeza con la conquista de un apuesto príncipe azul? pero tristemente el paso del tiempo nos demostró que sólo pasa en los cuentos de hadas o con apenas unas pocas mortales privilegiadas, así que decidí darle rienda a mi niña interior y durante mis horas en la ciudad lucí una maravillosa corona.

Cuando por fin tuve ante mis ojos la Parroquia de San Miguel Arcángel, ícono representativo de la ciudad, su fachada me obnubiló ante la grandeza de esta obra arquitectónica inspirada en el estilo gótico de la Europa Medieval. La rodea una plaza colonial en cuyo centro se encuentra un quiosco, como le llaman los mexicanos a las glorietas, locación que ocuparon las bailarinas para danzar al son de “La fiesta del Mariachi”. También caminamos por la calle empedrada donde todo comenzó, es decir, por donde vimos marchar al Mariachi Vargas de Tecalitlán en los primeros segundos del videoclip.

La extensa caminata nos abrió el apetito y, como el tour estaba relacionado íntegramente a Luis Miguel, optamos por un bonito restaurante al que Miky visitó cuando andaba en la búsqueda de lugares para su nuevo proyecto. Y como ya saben que soy muy fan, ordené lo mismo que cenó él en aquel entonces.

Luego del almuerzo regresamos a la carretera, esta vez con dirección a otra ciudad que también se caracteriza por su arquitectura colonial, Guanajuato. Déjenme decirles que me fascinó este lugar, más precisamente el Jardín Unión, el que consta de una pintoresca plaza ajardinada en la que puedes encontrar a su alrededor muchos bares, restaurantes, hoteles, artesanías, espectáculos callejeros, y en uno de sus laterales el majestuoso Teatro Juárez. Particularmente me cautivó el entramado de calles y túneles, como así también los callejones con historias como ‘El callejón del beso’. ¿Ya conocen la leyenda? Cuenta la historia que Carmen era hija única de un padre celoso, estricto y violento que la tenía alejada y aislada de la sociedad para que el amor de otro hombre no se la arrebatara de su lado. Carmen como toda adolescente se escapaba, y en una de esas salidas clandestinas conoció a Carlos y se enamoró. Se veían en una iglesia hasta que su padre los descubrió y la amenazó con encerrarla en un convento, y luego obligarla a casarse con un rico noble español. Carmen le hizo llegar una carta a Carlos a través de su doncella explicándole los planes de su padre. Él pensó la manera de ver a su amada y ahí fue cuando se dio cuenta que el balcón de la casa de Carmen daba a un callejón muy estrecho, tan angosto que si se estiraba podía tocar la pared de la casa de enfrente. Si él lograba entrar en la casa de enfrente podría hablar con su amada desde dichos balcones, y así encontrar una solución para estar juntos. Preguntando encontró al dueño de la casa y a precio de oro se la compró. Así pasaron muchas noches platicando hasta que un día el padre de Carmen los escuchó, y furioso tomó una daga para clavarla en el pecho de su hija. Carlos enmudecido de espanto solo atinó a besar las manos de su amada, y al poco tiempo se suicidó. Cuenta la leyenda que si una pareja visita este lugar y se da un beso justo en el tercer escalón de este callejón, tendrá felicidad durante siete largos años. Pero quien no lo haga y pase por el lugar, tendrá siete años de muy, pero muy mala suerte.

Nadie sabe a ciencia cierta si es verdad, pero por si acaso todos los visitantes enamorados siguen al pie de la letra las indicaciones que les asegure la felicidad.

Euge Cabral

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