Un momento mágico con Luis Miguel (Parte I)

Maria Eugenia Cabral
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A lo largo del centenar de vivencias publicadas en este diario, me he dado cuenta que los fans de Luis Miguel tenemos historias realmente emocionantes, las que si bien giran en torno a un universo particular, el de nuestra propia vida, terminan estando ligadas por un suceso que marcó el resto de los días. Todos los relatos coinciden en que su voz y su música han sido trascendentales para afrontar encrucijadas, superar situaciones extremadamente dolorosas, y en lo cotidiano son el motor que nos impulsa a disfrutar de la vida desde otra perspectiva.  Y como si esto no fuera motivo suficiente para movilizarnos, algunas de esas historias terminan por ahogar nuestras mejillas en un mar de lágrimas cuando descubrimos la concreción de ese sueño que, como fans, hemos albergado en el corazón desde el primer momento en que lo vimos.

Debo confesar que anduve mucho tiempo tras el relato que voy a presentarles hoy, porque intuía que sería un testimonio digno de ser compartido y no me equivoqué en lo absoluto. Mientras avanzaba en el texto me identifiqué plenamente con esta fan en cuanto a su sentir y proceder, con decirles que hasta por momentos parecía que era yo quien escribía. Su tenacidad no me sorprendió porque voy tras mis sueños de igual forma, pues tal parece que nuestros padres nos grabaron a fuego aquello de “persevera y triunfarás”.

Me detuve en un párrafo en particular, aquel donde hace alusión a que deseaba conocer a Luis Miguel sin importar que pasaran los años y fueran ancianitos, porque me percaté que uso el mismo speech; pero a fuerza de ser sincera ni yo me lo creo, pues es algo que expreso de la boca para afuera cual terapia de autoconvencimiento. ¡Sí que me importará estar toda arrugada y con mi anatomía fuera de lugar, después de que el paso del tiempo y la gravedad hagan estragos en mi cuerpo! Eso sin barajar la posibilidad de un atentado por parte del Alzheimer, que me pierda en el tiempo y en el espacio dejándome sin la posibilidad de reconocerlo. No quiero ni siquiera imaginarlo, así que antes de que el tiempo gane la partida, al igual que esta fan, he buscado durante años coincidir con él (y lo sigo haciendo), razón por la cual me he visto involucrada en verdaderas aventuras, muchas de las cuales he compartido en este diario. Más de una vez me ha sorprendido el amanecer haciendo guardia, o simplemente recorriendo los sitios que él suele frecuentar con la ilusión de encontrármelo, pero nunca estuve en el lugar indicado ni en el momento preciso, pues tal parece que mi GPS vino dañado. No está de más aclarar que no pretendo invadir sus espacios, sino encontrar el marco perfecto para que se sienta respetado. Y aunque la suerte no ha estado de mi lado, en un sinfín de oportunidades, estoy dispuesta a conquistarla a como dé lugar, porque a lo largo de estas décadas mis familiares y amigos me han animado diciéndome, “No te preocupes, hay más tiempo que vida”, frase que me invita a no claudicar jamás, aunque otros siguen intentando conformarme con “Todo llega a su debido tiempo”, reflexión difícil de asimilar si aún no tengo lo que anhelo.

En fin, no existe una fórmula perfecta que garantice la concreción de un sueño pero sí, a medida que avancen en el relato que les comparto a continuación, van a poder comprender que somos los principales hacedores cuando la suerte decide estar de nuestro lado:

Llegó el temido año 2000, pues desde niña había escuchado que sería el encargado de ponerle fin a este mundo, y aunque sucedió algo trascendental, lejos estuvo de ser el final de los tiempos. ¿Quién iba a decir que me esperaría una experiencia inolvidable? La que no puedo reducir a una anécdota porque la palabra se quedaría corta, ni a un acontecimiento histórico porque es demasiado ambicioso el término, pero que la describiré como “momento mágico”.

Resulta una tarea más que complicada intentar narrarles con palabras ese sublime momento, porque la  magia no se palpa, se siente. Siempre pensé en eternizarlo mediante un texto y me llegó la oportunidad, porque lo he contado mil veces desde entonces en pláticas de café, con amigos, con mis alumnos, con la familia, con mi novio -ahora esposo-, pero contarlo al público es otra cosa.

Hoy, 16 años después, alguien me animó a hacerlo y me recordó que en algún momento pensé “un día lo haré”. Son tantas las historias que se cuentan y se inventan en torno a Micky, que siempre me detuve a narrar públicamente ese encuentro mágico, sin traicionar el hermoso gesto que tuvo conmigo y la confianza que depositó en mí, al acceder a tomarse una fotografía. Creo que aquello es una prueba superada y que él comprenderá que he decidido compartir ese instante mágico con el único afán de hacer partícipe, a tanta gente que le sigue, de mi admiración al artista y al ser humano.

Pero para llegar a ese instante debo retroceder en el tiempo otros 15 años más (además de los que ya habíamos regresado), a 1985 cuando por primera vez vi a Micky en concierto en mi ciudad, él apenas tenía 15 años.

Era la época en que empezó a vestir traje en sus presentaciones, y que “Palabra de honor” era todo un éxito. Cómo no recordar a mi cómplice, mi amiga Betty, si hasta parece que escucho todavía sus gritos mientras Micky cantaba. Particularmente me quedaba muda y embelesada escuchando esa voz y las notas altísimas que alcanzaba, con su gran presencia, formalidad, pero sobre todo por la entrega total en el escenario, que era difícil de entender en un chico de solo 15 años. Si alguna vez tuve dudas acerca de si se nace siendo artista, ese día se despejaron.

Tengo que confesar que no fui fan a primera vista, puesto que ese día entré al concierto de un artista que veía en televisión, el que tenía mucho éxito y cantaba canciones que sonaban en la radio, pero nada más; sin embargo, salí de ahí convertida en su admiradora y seguidora para siempre.

Precisamente saliendo de ese concierto fue cuando empecé a maquinar la idea de poder conocerlo personalmente, en aquel tiempo se veía difícil pero no imposible, por lo que mis papás, después del concierto, accedieron a llevarnos al hotel donde creíamos podría hospedarse. La ciudad no era tan grande y había 2 famosos hoteles que los artistas escogían para su estadía, así que pronto nos dirigimos hacia esos lugares con la ilusión de verlo, pero a pesar de que estuvimos aguardando nunca llegó, y mis padres dieron la orden de retirada, pues ya habíamos esperado suficiente.

Mi siguiente cita con Micky fue en un concierto 2 años después, en 1987, en el Parque de Béisbol Adolfo López  Mateos de mi ciudad, casa del equipo local Broncos de Reynosa. Con mucho más éxito, mayor edad, y con el taquillero disco “Soy como quiero ser”, el acceso ya no era tan sencillo, los lugares no estaban numerados y había que llegar desde temprano para asegurar un buena ubicación. Con la complicidad de mis compañeras de la universidad, Norma, Jaude, Martha y mi amiga Maritza, hicimos fila frente al estadio desde el mediodía hasta que abrieron las puertas para ingresar, y ya dentro nos dispusimos a esperar hasta la noche.

Segundos antes del concierto lo tuve muy cerca, ya que cuando se apagaron las luces, como anuncio que estaba a punto de iniciar, corrimos hacia la parte trasera del estadio donde pudimos divisar que una camioneta lo trasladaba. Solo nos separaba una valla de seguridad, y en la completa oscuridad vimos solo una silueta que bajó y se colocó frente a la escalera para subir al escenario. En ese momento las luces se encendieron y pudimos ver su figura de perfil, con su clásico gesto de echar hacia atrás el cabello. Demasiado cerca para ser verdad pero ahí estaba, y aunque hubiera podido hablarle, quizá hasta tocarle, me quedé estupefacta segundos antes de que subiera corriendo la escalera y todo el estadio gritara al verlo aparecer.

Disfrutamos ese concierto muchísimo y al día siguiente ya estábamos estudiando una táctica para toparnos con él, así que nuevamente esperanzadas nos trasladamos al hotel donde se hospedaba. Lógicamente no fuimos las únicas con esta iniciativa, pero eso no fue un obstáculo para colarnos en el hotel e instalarnos en una habitación, con la ayuda de una de las señoras de limpieza, mientras ella la aseaba. Ésta no fue una elección al azar, sino una estratégicamente pensada porque desde ese sitio podía observarse la puerta de la habitación de ‘El Rey’. Era casi mediodía y afuera lo esperaba el autobús que iba a trasladarlo hacia Monterrey, la siguiente ciudad de la gira, así que esperamos pacientes el momento de su salida. Tiradas en el piso, para que no nos descubrieran, nos turnamos para estar atentas a cualquier movimiento en la puerta situada al final del pasillo. La espera fue exitosa porque el momento llegó, y efectivamente bajamos las escaleras detrás de él, pero la suerte no estuvo de nuestro lado porque la seguridad que lo rodeaba no dejó que nadie se acercara. Lo vimos subir al autobús y estando a bordo, a través de la ventanilla, nos dijo adiós. ¡Qué cerca estuvimos!

Tras 2 años más, en 1989, regresó nuevamente a mi ciudad y la cita fue en la Plaza de Toros donde lo vi por primera vez. En esa ocasión escogimos un lugar en las gradas, a un costado del escenario con el objetivo de verlo más cerca y, desde allí arriba, observar la parte trasera del escenario por donde saldría. Pero jamás imaginamos que él nos despistaría vestido como su staff, de overol y capucha, y que recién lo descubriríamos cuando estuviera en el escenario, al despojarse de aquel engañoso atuendo. Estuvo todo el tiempo esperando para subir al escenario, y nosotros desde arriba gritándole a los supuestos técnicos de overol para que ya lo hicieran entrar. Es increíble cuando pienso que uno de los que volteó al escucharnos era el mismísimo Luis Miguel.

En esa ocasión yo usaba una gorra marinera estilo capitán de barco, y mi mayor emoción fue lo que sucedió cuando, al terminar una canción e ir  hacia atrás del escenario para tomar agua, nosotras corrimos por las gradas hasta llegar hacia donde él estaba y le gritamos. Él levantó su mirada, nos envió un beso, y después hizo la señal -clásica en él- del saludo militar ¿o marinero? ante el capitán. Ese gesto fue suficiente para que yo quedara satisfecha de haber estado cerca una vez más.

Después de esas presentaciones vendría “Romances” y un éxito cada vez más arrollador, por lo que su seguridad estuvo por demás estricta. Eso también ocasionó que dejara de visitar las plazas que no eran tan grandes, como las de mi ciudad, por lo que tuvieron que pasar años para reencontrarme con él. Mientras, me la pasé escuchando historias de lo difícil que era tener acceso a él, sin embargo, seguía guardando la esperanza de que un día podría conocerlo personalmente, sin mayor pretensión, “Que sepa de mi existencia y que soy su fan”, les decía a mis amigos. También les aseguraba que un día iba a lograrlo, sin importar que fuera después de muchos años cuando fuéramos ancianitos -bromeaba con ello.

¿Que si creo en el destino? ¿En la suerte? Más bien creo en Dios y no puedo dejar de lado algo que considero una de sus tantas señales. Un día del año 1998, después de casi 9 años de no ver a Micky en concierto, mi  amiga Adriana me regaló la novena a San Antonio de Padua, una oración que debía rezar durante 9 días y realizar 3 peticiones, de las cuales una tenía que estar dirigida a algo casi imposible de conseguir, y que por supuesto no dudé en solicitar la concreción de mi gran sueño: conocer a Micky. ¿Cuál sería mi sorpresa? Que, un día después de haber terminado la novena, llegó a mi oficina un compañero de trabajo para preguntarme si ya sabía del próximo concierto de Luis Miguel, anunciado dentro de la gira en EEUU. Se presentaría en South Padre Island (conocida como la Isla del Padre), Texas, sitio famoso por ser un lugar de reunión en las vacaciones, y que nos queda muy cerca a quienes vivimos en la frontera con EEUU.

Moví cielo, mar y tierra para conseguir buenos lugares, y gracias a que un alumno me contactó con el corresponsal de espectáculos del periódico que él dirigía en Mcallen, Texas, accedí a la preventa y  obtuve lugares de 1ª fila; aunque cuando llegué al concierto -con mi hermano y mi amiga Adriana- me di cuenta que aunque eran de primera fila, estaban situados de costado justo enfrente de las bocinas. Eso no fue impedimento para que disfrutáramos el concierto al máximo y aprovecháramos, cada vez que Micky se acercaba a nosotras, a tomarle fotos y verlo muy de cerca. Tenía la esperanza que el momento de conocerlo se pudiese dar en esa ocasión, así que fui preparada con una tarjeta en un sobre, en donde coloqué también una oración a San Antonio y una carta que le había escrito cuando sucedió el terremoto del 85 en la Cd. De México, después de escucharle en una entrevista muy conmovido por la tragedia. Fue un momento que nos marcó a los mexicanos y pensaba que compartíamos los mismos sentimientos y tristeza, así que le escribí hablándole acerca de ese dolor que se convirtió en orgullo por nuestra nación y en muestras de solidaridad de la gente.  Ese día estuve tratando de darle el sobre en propia mano pero no me fue posible, así que opté por aventarlo al escenario poco antes del final del concierto. Éste cayó a sus pies, por lo que procedió a recogerlo y entregarlo a mi muy querido “Big Daddy”, su guardaespaldas. No sé si la llegó a leer, pero me sentí  satisfecha de que por fin tuviera mi carta después de haberla guardado por 13 años.

Otra anécdota de ese concierto, la que más tarde interpreté como una nueva señal de que el encuentro podía estar muy cerca, tiene que ver con un chico que portaba el gafete del staff de Micky, a quien conocimos minutos previos al inicio, con quien platicamos y hasta nos tomamos una foto. Él estuvo casi todo el tiempo a nuestro lado, por lo que asumimos que era parte de su equipo de trabajo, pero varias semanas después vimos su fotografía en una revista donde se lo citaba como uno de los mejores amigos de Micky en Monterrey.

2 años después, en el tan mencionado año 2000, por fin llegó el día y fue casualmente en el mismo lugar: South Padre Island. Un nuevo concierto justo un día antes del cumpleaños de mi papá, por lo que no dudé en comprar 3 boletos para invitar a mis padres al concierto. No tuve tanta suerte con los lugares, conseguí uno en 2ª fila y los otros dos varias filas atrás. Para llegar al lugar hay que conducir hora y media, así que nos hospedamos en un hotel para regresar al día siguiente. El lugar del concierto coincidió con el de 1998, el Centro de Convenciones de la Isla, así que seleccioné el hotel más cercano, y pensé en la posibilidad de que Micky eligiera esa opción por la misma razón. Desde el balcón de nuestra habitación veía a los turistas en la alberca, caminando por la playa y llegando al estacionamiento, y más de una vez pensé que debajo de alguna capucha pudiese estar Micky caminando por allí.

Lo sucedido años atrás me hizo tener mucha Fe de la intercesión de  San Antonio, por lo que esa novena me acompañó desde entonces en muchas peticiones y esta vez no fue la excepción, justo el día del concierto se cumplía el noveno día.

Llegamos al lugar y mis papás ocuparon los asientos centrales al escenario, en fila 9 aproximadamente, y yo me ubiqué en mi lugar de la 2ª fila pero del lado derecho. Cuando empezó el show, sin pensarlo mucho, me acerqué al escenario para subirme a una silla que había dejado el guardia de seguridad, el que se levantó para contener a las fans que venían desde atrás por el pasillo central, y este lugar privilegiado me permitió tomar mil fotografías. Luego regresé a mi sitio para cantar y compartir la emoción junto a las fans que estaban a mi lado. ¿Quién me iba a decir que después del espectacular concierto lo mejor estaba por venir? ¡Nadie!

Cuando las luces se encendieron no había terminado con todas las fotos del rollo de la cámara, aunque me tranquilizó saber que había tomado muchas, así que procedí a despedirme de las fans con quienes había compartido la velada, pero mientras las saludaba me abordó una persona que exhibió su acreditación como reportero de espectáculos del Periódico El Norte de Monterrey, uno de los diarios más reconocidos a nivel nacional. Este señor se interesó en las fotos que había tomado al principio del concierto -cuando me subí a la silla-, y me dijo que estaba dispuesto incluso a comprármelas, ya que tenía que enviar de inmediato el material para que alcanzara a publicarse al día siguiente. Me explicó que el fotógrafo que lo acompañaba había tenido problemas con el equipo para captar las imágenes, y que por eso le interesaban mis fotos. Trató de convencerme para que le diera el rollo y, aunque me dijo que se encargaría de revelarlo en una tienda de autoservicio que estaba abierta las 24 horas, no me convenció, porque en ese momento mi tesoro más preciado eran esas fotos y tuve miedo de no verlas nunca más. Por supuesto que no se dio por vencido, siguió suplicándome, hasta me ofreció a cambio fotos de Micky en conciertos que había cubierto en España y otros lugares. Pero fue inútil, solo le ofrecí que al revelarlas, al día siguiente, le podría proporcionar copias, y quedé en llamarle por si todavía le interesaban.

Aquella situación fue presenciada por las fans que estaban conmigo, y una de ellas atinó a decirme en voz baja: “pregúntale si sabe donde se hospeda Luis Miguel”. Dicen que Dios nos manda señales a través de sus ángeles y esta chica pudo ser uno de ellos, a mí no se me había ocurrido, así que procedí con el interrogatorio y obtuve una respuesta: “En el Hotel Sheraton”. Ese hotel estaba en el otro extremo de la Isla, para nada cerca del Centro de Convenciones, por lo que la estrategia al elegir mi hotel no fue acertada.

Con más confianza con el reportero le pregunté si lo iban a entrevistar y su respuesta fue negativa, adujo que Micky no daba entrevistas y que no había forma de entablar una conversación porque era imposible acercarse, ni siquiera para él que lo seguía durante toda la gira, y mucho menos para las fans. Bromeando le respondí: “Y yo que pensaba ir a saludarlo”. No dudó en darme una recomendación según su experiencia, pensando en que al día siguiente daría otro concierto en el mismo lugar: “si quieres verlo, ve a la entrada del hotel unos 15 minutos antes de la hora del concierto, y desde el estacionamiento podrás ver su salida y ascenso al vehículo que lo traerá hasta aquí”. Me aseguró que solo así, y desde muy lejos, podría verlo. Finalmente me despedí para ir al encuentro de mis papás, a quienes convencí de pasar por el hotel donde se suponía que estaba Luis Miguel antes de ir por nuestra cena. No vimos ningún movimiento que indicara que allí se estuviera hospedando, por lo que dudé bastante de que así fuera.

Llegando a nuestro hotel empezó a rondar por mi cabeza una idea… Micky daría un nuevo concierto al día siguiente por lo que seguía estando en la Isla, el plan consistía en ir a almorzar al hotel donde supuestamente estaba, con la intención de buscar coincidir con él. Esa noche me dormí rezando la novena a San Antonio, pensando que Micky estaba en el mismo lugar que yo, a unos cuantos metros, y que las oportunidades llegan pero depende de uno no dejarlas pasar.

A la mañana siguiente dejamos el hotel, ya casi a mediodía, y les propuse a mis papás ir a comer mientras dejaba las fotos revelando, no sin antes posar para agotar el rollo por completo. Afortunadamente compré uno nuevo que coloqué en la cámara inmediatamente -ya comprenderán el porqué de mi fortuna.

De ahí nos trasladamos al Hotel Sheraton, entramos al lobby, y lo que observé me dejó atónita. Ahí mismo estaba el famoso guardaespaldas de Micky, mi querido y hasta entonces temido “Big Daddy”, así que no quedaron dudas de que allí se hospedaba como me habían informado. Ya estaba más que conformé con saber que estaba en el mismo lugar que él, y aunque pensé que hasta ahí había llegado mi suerte el destino me tenía preparada una sorpresa.

Yadira

Continuará…

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