No se ha inventado la palabra que describa la sensación de tener a Luis Miguel frente a frente

Maria Eugenia Cabral
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19 de mayo de 2012

Hoy les presento a Edith, una fan de México que pudo concretar su sueño más preciado.

Al conocer su historia no pude evitar pensar en mi gran anhelo, pues coincide con el que tenía ella y seguramente con el ustedes.

En el comienzo de nuestro camino como fan despierta en nosotros el deseo por conocer a ese ser especial que ha logrado atraparnos con su don, pero a medida que avanzamos en él ese deseo se torna una necesidad. En mi caso en particular lo vivo de esta manera.

Luis Miguel,paso a paso, ha ido adentrándose en mi corazón hasta lograr cautivarlo para siempre.  Cuando una persona se convierte en alguien primordial en tu existencia, cuando ya no es solo tu cantante preferido sino que el sentimiento va más allá y hasta la eternidad, ahí es cuando el deseo por conocerlo, abrazarlo, decirle cuán importante es para ti y cuanto cariño sientes por él se convierte en una prioridad.

Siento que el vínculo que me une a Luis Miguel es inquebrantable, y ya no concibo irme de este mundo sin conocerlo, pues de ser así me iré incompleta al más allá.

El relato de Edith me colma de esperanzas y me demuestra que si uno lucha por un sueño, cuando menos lo piense, lo espere, se cumplirá. La prueba fehaciente está en esta historia, descúbranla ustedes mismos: 

Desde que tengo memoria soy fan de Luis Miguel. Cursaba la escuela primaria y ya pensaba en lo guapo que era; siempre me ha parecido el hombre más hermoso del planeta.

No sé exactamente en qué momento se convirtió en alguien tan importante, solo sé que le rogaba a mi papá para que me comprara boletos para verlo, eso sí, siempre desde lejos porque los preferentes eran carísimos. En los conciertos miraba a las personas de abajo y me preguntaba qué sentirían de tenerlo tan cerca, más de una vez me juré que algún día estaría ahí.

Pasaron años y, mientras tanto, grababa cada cosa que salía en televisión, recortaba cada una de sus fotos y las ponía en álbumes que aún conservo junto con las revistas que coleccionaba. Confieso que a esta pasión nunca nadie la entendió.

En esas épocas no sabía de nadie que viera a Micky como yo, cosa que me frustraba; sentía que necesitaba convivir con alguien que estuviera en la misma sintonía por lo que decidí entrar a un club de fans.

Conocer a personas que lo amaban como yo y confirmar que mis sentimientos, por alguien lejano, no eran tan absurdos fue lo máximo. Como miembro de “Tu Mirada” he vivido cosas maravillosas, he conocido gente valiosísima que sigue conmigo a pesar de que los años pasen y las circunstancias cambien. Las chicas del club se convirtieron en mi familia, mis amigas, esas que están conmigo incondicionalmente, tenga o no que ver con Micky; con ellas comparto mucho más que este amor desmedido por mi Rey. Me encanta verlas cualquier tarde, tomar café o cervezas y platicar de nuestra vida (porque también tenemos vida propia, aunque no parezca jaja), visitar orfanatos, llevar ropa, comida y hasta juguetes a gente que lo necesita, extender la mano a nuestros hermanos en desgracia. Amo llenarme el corazón de buenas acciones, de cosas positivas y todo en nombre del único hombre que logra enloquecerme: Luis Miguel

En México somos muy afortunadas porque siempre hay muchos conciertos. Micky sabe cómo le amamos aquí, sabe que el Auditorio Nacional es su casa. He tenido la oportunidad de estar en todos los shows desde hace varios años, en México y en algunos estados de la República, a veces lo veo desde la primera fila y a veces desde afuera, cuando baja la ventanilla de la camioneta para saludarnos.

He tenido mucha suerte, de alguna forma extraña las cosas se acomodan y siempre me toca tenerlo cerca, pero indudablemente la mejor experiencia fue durante el último concierto del “33 Tour”, en el Auditorio Nacional, el 16 de febrero del 2004 para ser exacta.

Ese fue uno de los días más felices de mi vida, sucedió algo que siempre me había parecido imposible, se cristalizó mi más grande sueño: conocí a Luis Miguel, pude saludarlo, abrazarlo y decirle cuánto significa para mí. 

El show estuvo espectacular, como siempre, pero parecía que mi Rey quería identificar más a la gente de primero y segundo piso que a los que estábamos en las primeras filas, sólo hizo una excepción con Marco Antonio Muñiz cuando lo descubrió en segunda fila; le dijo que era un gusto y un placer tenerlo ahí, que le encantaría saludarlo, que lo respetaba y lo admiraba. También de repente Micky miraba a Alejandro, su hermano, un tipazo que siempre ha sido muy gentil con nosotras las fans, quien estaba en segunda fila.

“Muchas gracias por acompañarme, muy buenas noches, gracias por estar conmigo en ésta que debería ser la despedida del Auditorio Nacional. Este es el concierto número 25, gracias por acompañarme; un gran aplauso a todos ustedes, ustedes han hecho esto posible al estar conmigo. Muchos de ustedes, sé que han estado más de una noche y se los quiero agradecer de todo corazón porque ha sido una prueba difícil para todas las personas que día con día entregan todo… Todo esto se ha logrado gracias al amor, al cariño y al aplauso de todos ustedes. Quiero decirles que en realidad esto que está sucediendo es mágico y que es imposible lograrlo sin ustedes”, fue lo que dijo exactamente (lo grabé con el celular). Esa noche su voz fue magistral, su ritmo increíble, su físico perfecto.

Mientras cantaba justo sobre mí le toqué su pierna como para que se percatara que ahí estaba y me diera la mano o siquiera me viera, pero todo era inútil, Micky seguía haciéndose el difícil.

Disfruté mucho el show y en algún momento me agarró la nostalgia y los ojos se me llenaron de lágrimas, pensaba que no lo vería en dos años y que no me había dado la mano, ¡que ni siquiera había volteado a verme!

Cuando acabó el último medley pasó rápido a dar la mano a todas las que estábamos ahí, momento en que por fin alcancé a agarrarlo, lo apreté fuerte y me despedí de él. 

Te Necesito” era la canción con la que cerraba, para entonces ya estaba tristísima de no haber podido intercambiar ni siquiera una mirada con él. De pronto, una chica de su staff nos pidió que la siguiéramos. Sin entender muy bien para qué, fui por mi bolso que todavía estaba en el asiento. Por mi cabeza pasaron muchas cosas, lo primero fue “ya no vi la última canción, ya no vi cómo se despide”. 

Llegamos a un acceso donde alguien de seguridad dijo que no podíamos pasar. Oí que el señor Asensi había autorizado el acceso a backstage y justo en ese momento empecé a entender lo que iba a pasar. No era posible! lo que había añorado casi toda mi vida estaba por ocurrir: estaba por conocer a Luis Miguel

Detrás del escenario había poca luz y los gritos de la gente se escuchaban mucho más que la voz de Micky. Lo primero que vi después de salir de mi trance fue la camioneta que lo trasladaba cada noche, también a Alejandro Asensi con una sonrisa encantadora diciendo “pasen, pasen” (había varias personas ahí pero nada más lo reconocí a él y a Big Daddy). Todo parecía un sueño, yo estaba ya con un nudo en la garganta, me moría por verlo.  

“¿Dónde está mi Rey?” pensé, y es que en ese momento no podía recordar que él seguía cantando en el escenario. Supongo que se habrá escuchado el “conmigoooo” del final, y digo supongo, porque en ese momento ya no oía, no sentía (se me olvido incluso que las zapatillas estaban acabando con mis piecitos), solamente observaba para todos lados buscándolo.  

Empecé a tratar de tranquilizarme, pensaba tantas cosas. De repente Luis Miguel apareció y dijo algo así como “hola, mis amores, ¿qué tal, cómo están?”. Lo vi frente a mí y lo único que pude hacer fue llorar. Estaba muy bronceado, sus dientes eran de un blanco que jamás he vuelto a ver, sus manos enormes… Nunca nadie podrá imaginarse lo que sentí.

Empezó a saludar de beso, mientras preguntaba si no había problemas porque estaba sudado, ¡cómo iba a haber problema, si lo que quería era llenarme de él!

Éramos ocho niñas y yo la más emocionada ¡no podía dejar de llorar! Cuando me vio y extendió la mano para saludarme, el mundo dejó de existir, yo no era yo, no supe más nada.

Nunca voy a olvidar la ternura de sus ojos mirándome y lo que dijo: “no llores, ¿por qué lloras?”. Me acerqué mucho a él, le di la mano, un beso y le dije “Micky, te quiero mucho”, me miró y expresó “gracias, mi amor”.

Yo seguía llorando, como esas veces que aunque quieres no puedes parar, y mi Rey me veía como si no pudiera creer lo que provocaba su presencia. Me agarró de la mano y me abrazó mientras decía “el recuerdo, la foto del recuerdo”. Lo tomé de la cintura, él pasó su brazo por mi hombro y todas nos pusimos en pose. No sé quién dijo, “denme su cámara, ¿traen cámara?” ¡Y nadie traía! En el 2004 los celulares no tenían cámara, al menos ninguno de las que estábamos ahí. Entonces, como pude, le expliqué que estaba prohibido el acceso al Auditorio Nacional con cámara fotográfica, sonrió y dijo “ok, bueno, para la próxima.”  

No sé qué pasó después, sé que empezó a despedirse con un beso y abrazo de cada una de nosotras. Recuerdo que no le quité la vista de encima ni un segundo; es tan extraño, algo que no puedo describir, un momento mágico, cierro los ojos y puedo vivirlo de nuevo, como si hubiera podido guardar un poquito de su presencia, como si aún lo tuviera tan cerquita…  

Cuando se despidió de mí, le dije otra vez que lo quería mucho y que no sabía lo que significaba para mí, me volvió a decir “muchas gracias, yo también las quiero y ya no llores ¿eh?”. Le toqué la cara y después la mano y lo apreté muy fuerte, él hizo lo mismo, después lo abracé por unos segundos y se dejó querer. Fue tan lindo, tan cariñoso, tan tierno. 

Pasaban los minutos (en realidad los segundos) y nadie sabía qué hacer. La puerta de la camioneta estaba abierta y las luces adentro estaban encendidas, Micky preguntó si ya se había despedido de todas, nos volvió a agradecer y subió, así, con su sonrisa fuera de serie, con sus ojos preciosos.

No sé si alguien le habrá dado las gracias, en realidad no escuché pero eso es lo de menos, él sabe cuánto se le quiere aquí en México y cuánto le agradecemos los detalles que tiene, cosa que sabemos sólo las que estamos ahí cada noche. Hay tantas cosas que personalmente tenía que agradecerle, y no lo hice. Bueno, seguramente él lo sabe, espero que lo sepa.

Tampoco me acuerdo cómo salimos, ni quién estaba, ni cómo lo hicimos; el único recuerdo que tengo es que ya fuera del auditorio, una chica del club preguntó si había firmado algo y hasta ese momento desperté del sueño. Traía en mi bolso el disco “33” y un plumón que había utilizado para hacer una cartulina con cursilerías por 14 de febrero ¡y no lo había sacado! ¡No se me ocurrió pedirle que firmara nada! ¡Qué tontería! 

Más de una hora después de que estuve con él, mis manos, mi cara y mi abrigo olían a su perfume, todavía sentía su presencia y parecía que escuchaba de nuevo su “mi amor”. Hoy, años después, aún lo siento.

Debo decir que verlo en concierto es una experiencia inigualable, pero tenerlo enfrente, saber que te mira y te habla a ti, es otra cosa, es algo único. No se puede explicar esa sensación de amor, no se ha inventado una palabra que describa lo que es tenerlo frente a frente. Micky es mágico, lo que Luis Miguel provoca es eso: magia.

Es increíble la felicidad que él me da, indescriptible la forma que tiene de tocar mi corazón, de llegar a mi alma. Sea lo que sea, lo que Luis Miguel despierta en mí, va mucho más allá de sus discos o sus canciones, a veces hasta siento que lo conozco porque cuando lo miro, según yo, puedo saber cómo está, cómo se siente. Es un ser humano tan especial, está y siempre estará lejos de mí, pero yo lo siento muy cerca; es como un miembro más de mi familia, alguien que me preocupa, alguien que nunca sale de mis pensamientos y mis oraciones. Por todo esto decidí tatuarme, porque será un orgullo llevarlo en mi piel hasta la eternidad.

Edith Munguía

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