Sin ti, es inútil vivir

Maria Eugenia Cabral
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8 de noviembre de 2011

Luego del show del jueves continuamos la charla de amigas con una rica cena en uno de los locales de comidas rápidas situado enfrente del Colloseum. Más tarde yendo en busca de algún sitio para tomar un trago nos encontramos a Francisco Loyo (Pancho como le decimos de cariño). Siempre es una alegría el poder compartir con él una conversación, ya que además de ser un músico de prestigio y renombre con la humildad de los grandes, es una persona muy agradable. Cada encuentro reafirmo que él también disfruta de hablar con nosotros (las expresiones en su rostro lo dicen todo) y es tan agradecido que no deja de hacernos reverencias en todo momento, en reconocimiento, por las palabras de admiración y cariño que le profesamos.

Esa noche aproveché a formularle la pregunta que le había hecho a otros miembros de la banda días atrás, puesto que me interesaba particularmente conocer su respuesta, como productor y director musical de Miky.

He aquí mi consulta: “Pancho, has oído interpretar a Miky de lo más variado todos estos años en los que has compartido escenario con él. ¿Aún hoy Luis Miguel logra emocionarte, dejarte boquiabierto como sucede con nosotros?

Su respuesta fue estupenda, era lo que quería y esperaba escuchar: “Aún hoy, no sólo en escena, Miky logra emocionarme. Soy yo el que tiene la magnífica oportunidad de grabarlo, junto al ingeniero de sonido, en cada nueva producción. En el estudio estamos los tres, nadie más, y cuando le damos inicio a la música para que Miky grabe la voz, es ahí cuando le sale el monstruo que lleva dentro y nos deja sin palabras, maravillados. Luis Miguel es único, es el mejor, no hay nadie como él”.

Fue un placer constatar lo que mi mente y mi corazón sospechaban, razón por la cual, más que nunca, me sentí orgullosa de ser su fan.

Tratamos de no entretenerlo demasiado, ya era muy tarde en la noche, casi de madrugada, así que luego de las fotos y los abrazos pertinentes nos despedimos hasta el otro día.

Dormimos unas 4 horas y nos alistamos para salir a recorrer la ciudad de Las Vegas después de un suculento desayuno en el hotel. Teníamos poco tiempo para conocer hoteles, los grandes protagonistas de este impactante lugar, y debíamos aprovecharlo al máximo.

Por la noche asistimos nuevamente al concierto, a lleno total, y al salir nos fuimos todo el grupo multicultural a disfrutar de una rica cena, acompañada de una inmejorable charla, a uno de los hoteles cercanos al Caesars.

En la mañana del día sábado nos dispusimos nuevamente a salir de shopping. Ese día por la noche, antes del concierto, habíamos planeado asistir al show de las aguas danzantes del Bellagio, por ende nos preparamos para estar ahí a las 20:30 hs. Esta atracción se realiza de 20 a 0 hs. cada noche, y no teníamos otra alternativa que arriesgarnos a ir sobre la hora del concierto de Luis Miguel para poder disfrutarla. Aunque el show estaba previsto para las 21 hs., éste solía atrasarse un poquito y comenzar unos 20 minutos aproximadamente tarde, otorgándonos de esta manera algo más de tiempo para no estar tan ajustadas.

Ese día fui la encargada de buscar los sobres con las entradas y cargarlos en mi cartera. Tomé los dos sobres que estaban en la caja fuerte y al abrirlos procedí a chequear que los tickets estuvieran ahí dentro.

Luego de quedar impactadas y embelesadas con la danza de las aguas, al son de la música y de las luces, caminamos hacia el Caesars (se encuentra a unos metros). Llegando al ingreso atiné a sacar los sobres para entregar a cada una su boleto. Se me paralizó el corazón cuando me di cuenta que en uno de los sobres había un boleto en vez de dos. En ese instante el mundo se derrumbó a mis pies. La pregunta que surgió inmediatamente y que cortó nuestra respiración fue: ¿dónde está la entrada? Yo juraba que las dos estaban ahí dentro, me sentí profundamente culpable por no sacarlas del sobre y cerciorarme de la realidad. Pero lo que más nos afligía era pensar que quizás la persona que nos había vendido los tickets, por error, no había puesto el que faltaba. Y si así lo confirmábamos ¿qué íbamos a hacer?

La única esperanza que teníamos era que estuviera en el hotel en algún lado. Debíamos tomar un taxi urgente puesto que faltaban 5 minutos para las 21 hs. Mi estado de culpa y nervios empeoró al darme cuenta que la fila de personas, que estaba esperando por un coche, era interminable. ¡Dios! Ya no sabía a qué santo pedirle ayuda. Al parecer alguno de ellos me escuchó, porque en 8 minutos (los más largos de mi vida) ya estábamos en un taxi camino a nuestro hotel. Parecía que todo estaba en nuestra contra, había un tránsito de locos que nos detuvo en el semáforo del Caesars unos 10 torturantes minutos. Le explicamos al chofer la situación y él amablemente se apiadó de nosotras, tomando atajos y transitando hasta por lugares prohibidos, con tal de ganarle la carrera al reloj. En el trayecto tratamos de calmarnos y hacer memoria, logrando que el alma nos volviera al cuerpo, al tomar cuenta de que esas entradas estaban en 3 sobres diferentes (las otras noches habíamos tenido sólo 2).

Al llegar al hotel hice una carrera que me llevó no más de un minuto (ya eran casi las 21:20 hs.). Busqué desesperadamente dentro de la caja fuerte, y el muy escurridizo sobre estaba escondido debajo de papeles, pasaportes etc. ¡Qué alivio! Ahora debíamos llegar antes de que comenzara el show.

No se lo deseo a nadie, me sentí horrible y fue una gran lección para mí. Nunca más miraré por arriba, sino que revisaré minuciosamente, para que esto no vuelva a ocurrir de aquí en adelante.

Emprendimos el regreso deseando llegar a tiempo. Con una generosa propina le agradecimos su buena voluntad y disposición al conductor del taxi y antes de que se detuviera nos lanzamos a correr. En los pasillos del Colloseum escuchamos los primeros acordes de la intro acompañados de los gritos de euforia de los fans. Jamás habíamos vivido la angustiante experiencia de ingresar al lugar comenzado el concierto, y el sentirme responsable de ello era algo que me oprimía el corazón. Bajamos las escaleras casi sin mirar los escalones e increíblemente la llegada a nuestros lugares coincidió con la aparición de Luis Miguel en el escenario.

Esa noche para nosotras era sumamente especial porque teníamos las mejores ubicaciones que habíamos podido conseguir. No logramos quedarnos sentadas, permanecimos todo el concierto pegadas al escenario, sintiéndonos muy afortunadas y felices de vivir ese momento.

Mientras Luis Miguel interpretaba con todo el sentimiento del mundo “Sin ti”, mi amiga Viviana me sugiere que nos fuéramos un poquito más al centro del escenario (estábamos del centro unos dos metros hacia la derecha). Creo haberles contado, en alguna oportunidad, que soy excesivamente respetuosa en el concierto y eso a veces me juega en contra. No me animo a pasar por donde no se puede, no saco fotos ni tomo videos si me dicen que no. Y esa noche consideraba que pararme delante de todo mundo, incluso delante de las personas de primera fila, no correspondía y hasta vergüenza me provocaba el hacerlo.

En un momento sentí un fuerte empujón en mi espalda, de mi querida amiga que estaba detrás de mí, y para no caerme de cara al piso avancé varios pasos. Me distraje por un momento observando el suelo, para evitar tropezar, y cuando elevé mi mirada caí en la más bella realidad: estaba a los pies de Miky (justo en medio donde ella quería llevarme). En ese instante sonaba el estribillo de la canción y en la frase: “Sin ti, es inútil vivir”, no dudamos en señalarlo y cantarla junto a él, queriéndole expresar con nuestras miradas y gestos que esas palabras la sentíamos especialmente dedicadas para él. Jamás olvidaré su sonrisa mirándome a los ojos y su manera de asentir con la cabeza (creo que él es consciente de que no podríamos vivir sin deleitarnos con su voz, sin asistir a los conciertos para empaparnos de su entrega). Es muy fuerte para mí pensar que él dedica unos segundos para mirarte sólo a ti, mientras que en el lugar hay 4000 almas deseando vivir un instante semejante.

Luego de este regalo precioso nos fuimos, como corresponde, a nuestros lugares nuevamente y Vivi no dejaba de repetirme: “¿Y? ¿No valió la pena el que te haya obligado?”. ¡Uf, Claro que sí! ese momento quedó grabado a fuego en mi alma y en memoria hasta la eternidad. Esa noche volví a estrechar su mano, pero esta vez tuve la intención de jalarlo suavemente hacia mí, con el objetivo de besársela o que él se percatara que anhelaba un beso en la mejilla. Les confieso que no me animé, fue tan suave mi jalada y el apretón, que él entendió que quería seguir con su mano en la mía y me dio con el gusto un ratito más. Luego me miró como diciendo: “tengo que seguir saludando” y lo dejé continuar su ritual. Pero esto no quedó ahí, siempre para él tengo un plan B en mente. Había llevado un cartel que decía “Quiero un beso” por si el plan A me fallaba (como era de suponer por mi timidez). No crean que fue fácil sacarlo y mostrárselo. Lo pensé mucho, junte valor, y cuando lo vi venir de frente directo hacia mí, se lo mostré tímidamente casi sin levantarlo en el aire. Vieran su cara: frunció el seño en signo de: “¿Qué tienes ahí?” Luego de leerlo atentamente esbozó una gran sonrisa pícara. Y… ¿Pueden creerlo? Me dejó con las ganas de besarlo. No importa, le daré todas las oportunidades que sean necesarias en un futuro.

Este show fue inolvidable, más lindo aún de lo que lo soñamos. Y para finalizarlo, con broche de oro, nada mejor que traerme mi souvenir de esta mágica noche: una de las pelotas que lanza Luis Miguel al público con su nombre y el del tour.

Continuará…

Euge Cabral

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