Así comenzó mi aventura hacia Las Vegas

Maria Eugenia Cabral
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27 de septiembre de 2011
Mi corazón desde hacía ya un tiempo, atesoraba el sueño de poder viajar a Las Vegas a celebrar la Independencia de México. Cada año, me empapaba de los relatos de los fans que habían tenido la oportunidad de asistir a esta inigualable experiencia, y mis ansias de poder concretar mi anhelo eran cada vez mayores.


Este año no fue la excepción a la regla. Cuando llegó a mis oídos la noticia de la venta de los tickets para los conciertos cerré mis ojos y me transporté al lugar (dicen que una debe visualizar su deseo para que se materialice). Pero para ese entonces, ni mis amigas ni yo, contábamos con las posibilidades de realizar nuestra aventura.
Con el correr de los días, esta locura linda fue tomando color, se allanaron caminos y a fines de junio, de un día para otro, nos dispusimos a sacar los pasaportes. Luego vendría el siguiente paso, el más importante, del cual dependería nuestro viaje: las visas para ingresar a EEUU.
Las personas con las que me contacté para averiguar sobre este trámite, no dejaban de aseverar que ya no teníamos tiempo si queríamos viajar en septiembre. Pude comprobar que cuando las cosas tienen que darse, se sortean todos los obstáculos inexplicablemente y se definen positivamente.
Una mañana me llegó el teléfono de una persona que podía conseguirnos cita para las visas antes de los tiempos que estábamos manejando, y sin titubear recurrimos a él. Así fue como un día de agosto nos encontró en la embajada de EEUU con nuestra ansiada entrevista. Todo salió conforme a lo esperado, y la felicidad empezaba a invadir nuestro ser tras obtener ese pasaporte directo a Las Vegas.
Como les relaté en mi otra columna, aún no caía en la hermosa realidad que estaba por vivir. Confieso que ese día, en que tuvimos los pasajes en mano, coincidió con el momento en que dejé de tener los pies sobre la tierra. Una emoción muy fuerte e intensa colmó nuestros corazones al sacar cuentas y tomar conciencia de que estábamos a menos de un mes de los conciertos.
Con Anita pasamos muchas horas frente a la computadora buscando hoteles, puesto que para esas alturas todo en Vegas estaba ocupado, y deseábamos encontrar un lugar lo más cerca posible al Caesars Palace (sitio donde pasaríamos la mayor parte de nuestra estadía). Por suerte, el trabajo dio sus frutos y pudimos conseguirlo.
Por esos días no estaba en nuestros planes asistir a otros conciertos. Pero una noche al conocer la noticia, de que nuestras queridas amigas Marthita y Lucy estarían en San Bernardino y no asistirían a Vegas, nos hizo reflexionar. Casualmente nosotras íbamos a aterrizar a la mañana del mismo día del concierto de Luis Miguel en San Bernardino. Averiguamos distancias en internet y nos encontramos con que sólo 4 horas en promedio separan la ciudad de Las Vegas de San Bernardino. Lo meditamos mucho, era una gran locura bajar del avión, tomar un automóvil y lanzarnos a la carretera hacia el lugar del show. Además, no dejábamos de pensar que iba a ser nuestra primera vez en ese país, y que seguramente nos íbamos a sentir un poco limitadas por el idioma. Por fortuna la cordura no se apoderó de nosotras, ya que era inconcebible para nuestra razón y corazón el pasar la noche de ese domingo en Las Vegas sabiendo que podíamos cumplir otro deseo: conocer por fin a Marthita y abrazar nuevamente a Lucy.
Nada nos detuvo, llegamos a la ciudad de Las Vegas, arrendamos un auto y nos dirigimos con el tiempo más que contado a la ciudad de Ontario, lugar donde pasaríamos la noche (ésta pequeña ciudad está al lado de San Bernardino).
Nuestra gran travesía comenzó el viernes 9 de septiembre, día en que con mi gran amiga Vivi nos dispusimos a salir, por la noche, de la ciudad de Córdoba. A primera hora del sábado, Anita estaba esperándonos para acompañarnos a su casa, con motivo de hacer más llevadera la espera del vuelo que nos trasladaría a la ciudad de Houston. A las 21:35 hs. nuestro avión despegó de la capital de Buenos Aires y con él, todas nuestras ilusiones. Fue un vuelo con bastante turbulencia, debo admitir que después del 11 de septiembre del 2000 adquirí un profundo miedo a este medio de transporte. Cada vez que se movía violentamente pensaba: “Miky, cómo te tengo que querer para estar aquí arriba” esto, con el agregado de que estábamos viajando la madrugada del 11 de septiembre, tras cumplirse 10 años del tremendo atentado a las Torres Gemelas, y con múltiples amenazas de actos terroristas. Fue una gran prueba de amor hacia Luis Miguel, así lo sentí particularmente.
Al aterrizar en Houston, tuvimos que hacer los trámites administrativos de rigor contra reloj, ya que nuestro siguiente vuelo despegaba a la hora y media. Nos encontramos con que había sólo 3 cabinas abiertas a esa hora de la madrugada y una cantidad enorme de pasajeros a la espera de poder ingresar a los EEUU. Se los resumo: perdimos el vuelo a Las Vegas. No nos quedó otra opción que esperar por el siguiente y desear poder reencontrarnos con nuestras maletas que se habían ido en el vuelo correcto. Nos preocupaba de sobre manera además, el hecho de que ya teníamos en contra casi 2 hs. y debíamos llegar a la ciudad de Ontario para prepararnos para el concierto.
En el aeropuerto de Vegas rastreamos nuestras valijas, arrendamos el auto lo más rápido que pudimos y luego tomamos la carretera hacia la ciudad que nos albergaría esa noche.
Pensar en tener en unas horas a Miky frente a frente era algo que no me lo hubiera imaginado meses atrás, y el poder compartir este gran momento con amigas de México, Chile, San Salvador, Perú y EEUU lo hacía la cita perfecta.
Arribamos al hotel a las 18:30 hs. y el concierto comenzaba a las 20:00 hs., por ende tuvimos poco tiempo para alistarnos.
Fue una grata sorpresa y una profunda emoción que al llegar a la puerta de nuestra habitación se abriera la puerta contigua y se asomara Lucy para recibirnos. Nos unimos en un abrazo interminable mientras mis ojos no podían creer tener frente a mí, por fin, a Marthita. Hubiese querido detener el tiempo en ese instante, pero no había que perder ni un minuto, el momento de la charla debía esperar.
Nos arreglamos en un santiamén y velozmente partimos hacia el estadio de San Bernardino. Allí me esperaba mi amiga Katty (que tampoco tenía la dicha de conocerla en persona) a quién agradezco infinitamente cada precioso detalle que tuvo para conmigo.
De camino al estadio nos percatamos de que no teníamos la dirección exacta, ni en los boletos, ni en ningún papel que poseyéramos, ahí fue cuando la desesperación se apoderó completamente de nosotras. Dimos muchas vueltas, preguntamos, hasta que pudimos dar con el lugar que estaba en medio de la nada. Fue muy difícil llegar, tuvimos que caminar en la tierra muchísimos metros, ya que donde nos obligaron a dejar el auto estaba muy retirado de la puerta de ingreso. El relieve era muy inestable, fue una travesía llegar sanas y salvas con nuestros tacones que no dejaban de enterrarse a cada paso que avanzábamos. Nada ni nadie iba a detenernos, somos aguerridas (como dice Marthita) y contra viento y marea estaríamos ahí a la hora del concierto.
Fue sensacional encontramos con Paola de Chile, con las chicas de EEUU (Eloise, su hija y Lucy) y nuestra amiga Regina de El Salvador.
El lugar estaba abarrotado de mexicanos, que no podían dejar de preguntarme si era Argentina por la bandera que portaba. Nos recibieron muy lindo, estaban orgullosos (yo aún mucho más) de que les contáramos que habíamos viajado tantos kilómetros para ver a Luis Miguel y celebrar su Independencia.
Les juro que no sé cómo logramos estar en pie en el show, ya que nuestros cuerpecitos sentían la fatiga del viaje y de la diferencia horaria. Tomamos conciencia de que las 20 hs. de San Bernardino (hora del comienzo del show) eran las 0 hs de Argentina, con el agregado de que habíamos dormido 9 horas en total en esos casi dos días de viaje. Pero la adrenalina, la felicidad absoluta que nos provoca el disfrutar a Luis Miguel en cada show al que asistimos nos mantuvo en pie. Ese momento único en el que irrumpe en el escenario no se compara a nada, fue una inyección de vida que nos hizo renacer por completo, atrás quedó el cansancio del viaje, la diferencia horaria, la falta de sueño etc.
Continuará…

Euge Cabral

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