Las locuras más divinas

Maria Eugenia Cabral
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14 de junio de 2011                                                                              

En ocasiones les he contado que en mi niñez/juventud mis papás no contaban con una situación económica que les permitiera vivir cómodamente sino que lo hacíamos con lo justo y necesario. Siempre he sido muy agradecida con Dios por lo mucho o poco que teníamos,  por ende el vivir casi al día no era un problema para mí salvo cuando anunciaban que Luis Miguel vendría a presentarse en show. No cabía posibilidad alguna de no estar esa noche presente junto a mi Rey. Desde ese instante mi único objetivo era encontrar la manera de estar ahí. 

Recuerdo que era muy estudiosa en la escuela y como Luis Miguel siempre nos visitó a fin del año lectivo, mi mamá me permitía vender los libros que ya no usaría y complementando el valor con algún ahorrito muy pequeño proveniente de alguna tía generosa, el sueño de comprar el tan ansiado boleto se concretaba.

También invaden mi mente imágenes a mis 15 añitos –tan frescas como si fuera hoy- en la puerta de mi casa haciendo unos arbolitos de alambre de cobre con sus ramitas, hojitas (que se las rellenaba de pintura de uñas para darle color) posados en una piedra y que luego vendía como artesanía. Al estar de moda en esa época, me concedía la oportunidad de vender muchos a lo largo del año procurando así el dinero para mi preciada entrada. La verdad es que disfruté mucho y aún lo hago, de cada cosa realizada con el objeto de tener enfrente a Luis Miguel en concierto. A pesar de que en muchas situaciones pensé en no poder económicamente cumplir mi sueño, Dios siempre estuvo ahí y hoy orgullosamente puedo decir que jamás falté a una presentación en mi amada Córdoba.

Las más bellas locuras que se hacen por nuestro Sol son increíbles, incalculables e inimaginables. Son verdaderos actos de amor. Nada nos detiene a la hora de querer estar ahí en las primeras filas donde él pueda mirarnos, sonreírnos, tocarnos y/o dedicarnos una pequeña fracción de una canción. 

Allá por el año 1992 comenzaron mis primeras vivencias para lograr conseguir el tan anhelado primer lugar. Al ser ya adolescente tenía más libertades, motivo por el cual con mi hermana nos íbamos solas a primera hora de la mañana al estadio Chateau Carreras (Mario Alberto Kempes) a esperar que abrieran las puertas y así acomodarnos cerquita al escenario. En ese tiempo como en muchos años posteriores, para estar cerca de Luis Miguel había que sacar entrada de campo y parados. ¡Imagínense! tu ubicación dependía del orden de llegada, motivo que nos condicionaba a estar todo el día afuera del recinto. El comienzo de la jornada nos encontraba sentadas en el piso, pero con el correr del tiempo y de la llegada de personas, con la intención de robarnos el lugar en reiteradas oportunidades, nos veíamos en la obligación de estar mayoritariamente de pie al rayo del sol a una temperatura no menor a 30º C hasta que nos permitieran ingresar alrededor  de las 18:30 hs. Una vez abiertas las puertas, la adrenalina se apoderaba de nuestro cuerpo al 100%, el corazón latía tan acelerado que golpeaba el pecho muy fuertemente  y las piernas recibían la siguiente orden de nuestro cerebro: muévanse lo más rápido posible porque de ustedes depende conseguir la mejor ubicación.

Ya luego dentro aplastadas como sardinas, todos éramos uno. No me olvidaré jamás que el calor era agobiante, no podías moverte en la multitud ni siquiera para sacar algo de tu bolsillo por la presión que todos ejercían, a duras penas respiraba, estábamos pegados unos con otros, realmente repugnante! y para colmo de males las horas parecían eternas. Había tanta gente en el campo, que el aire te faltaba estando en un lugar a cielo abierto.  Cada minuto se hacía esperar tortuosamente para que por fin Luis Miguel nos hipnotizara con su presencia. Las rodillas me temblaban producto de tantas horas de pie, de la ansiedad por verlo y cuando parecía que el cansancio me ganaba se apagaban las luces y ahí estaba Luis Miguel, tan lindo, dulce y mágico como siempre. Si una se sentía desfallecer minutos atrás eso ya era historia, porque él te cargaba de su energía, te colmaba de una dicha inconmensurable que te hacía olvidar toda dolencia alguna, pero sólo por la hora y media que duraba el show eh. Porque tras la ausencia de Miky no sólo nos invadía el alma esa melancolía desgarradora producto de que todo lo lindo había transcurrido tan velozmente sino que el cuerpo nos pasaba la factura de estar 15 horas paradas, prácticamente sin comer y sin beber (el estadio está en las afueras de la ciudad, no hay lugar donde comprar provisiones a un par de kilómetros a la redonda). Pero déjenme decirles que a pesar de llegar a mi hogar destruida, herida en cuerpo y alma, el momento vivido junto a Luis Miguel lo valía con creces y mucho más. No hay mejor recompensa a todo lo vivido que su mirada, su voz y su sonrisa.

Este ritual fue hasta el año 2003 en que por primera vez se acomodaron sillas en el campo de juego creando los famosos y bienaventurados sectores VIP. La noticia explotó en los noticieros, no sólo por la novedad sino por el valor que tendrían los boletos. Nada me frenó nuevamente y me-

nos el precio de una entrada, sólo debía planear la jugada para lograr la primera fila. Fue un mes largo de espera para comprarlos y en ese lapso de tiempo fui protagonista de múltiples sueños locos. Unos en donde me dirigía al lugar de la venta, llegaba y era la primera persona apostada esperando a que abrieran las boleterías. Otros, los más frecuentes, eran pesadillas: llegaba y había personas esperando adquirir su ticket en una cola interminable. Qué tortura china! No me olvido de la preocupación que tenía al respecto y mi papá repitiéndome: “Euge, ¿vos crees que la gente tiene tanto dinero para una entrada VIP? El precio es de locos, andá a la hora de apertura que sos la única que piensa gastar ese dinero en una entrada a un show”. Con todo el respeto que él se merece le respondí, que estaba muy lejos de conocer a las fans de Luis Miguel, que todas actuarían como yo pagando lo que sea necesario por estar en la gloria esa hora y media de concierto. Dicho y hecho, me di una vuelta por si acaso la noche anterior a la venta de entradas por el lugar destinado para tal evento y ahí estaban, alrededor de 20 chicas esperando para el día siguiente. Me bajé del auto lo más rápido que pude y ocupe un lugar. Me esperaba una noche fría y larga a la intemperie pero eso no me acobardó para luchar por lo que quería. Llamé a mi hermana por teléfono, le dije: ¡Traé el dinero y vení ya! Qué emoción sentí al imaginar que siendo 20 chicas aproximadamente seguramente todas estaríamos en primera fila. Al otro día a las 10 hs cuando  por fin nos dispusimos a buscar nuestro  premio por la desvelada, el señor nos recibe con estas palabras: “chicas, tenemos de la fila siete para atrás”. Dios! esa fue la peor pesadilla, superó ampliamente a las que venían persiguiéndome noches atrás, sólo que acá no podía despertarme y decir: ay fue un solo un sueño! Ésta era la cruel realidad. Volví a casa manejando devastada, llorando cual niña, no era por el cansancio y las horas sin dormir, sino por la pena inmensa de no haber conseguido esa primera fila con la que había soñado tantos días atrás y que siempre es tan difícil conseguir. 

De ahí en más fue época de auto convencimiento de que la fila siete no era distante, que lo vería cerquita de todas maneras. Cada lugar que visitaba con ubicaciones y filas de asientos, lo hacía protagonista de un número de pruebas midiendo distancias producto de la preocupación que tenía de verlo lejos. Es que no concibo asistir a un show y no poder verle todas las expresiones en su rostro, en definitiva quiero siempre verle hasta los poros.

En el año 2005 como en el 2010 volvieron las ubicaciones de campo sin numerar con un agravante: ya no éramos (mis amigas, hermana y yo) las adolescentes de aquellos dorados años noventa y por tal motivo además de no encontrarnos en las mismas condiciones físicas, teníamos muchas más obligaciones laborales como familiares. Pero una vez más esto no fue impedimento alguno para no defender nuestro sueño anhelado y contra viento y marea ahí estuvimos. No crean que esto fue tarea fácil, realmente fue complicado lograrlo, pero lo vivimos como una demostración genuina del cariño y admiración que sentimos por este ser tan especial, a pesar de que muchas personas que observaban desde afuera opinaran que eran puros actos de locura e inconsciencia total. 

Les confieso que los dos años estuvimos agarradas a la valla a un metro de Luis Miguel y todo lo que vivimos compensó generosamente los esfuerzos realizados por conseguirlo. ¿Cuáles fueron ésas locuras a las que llegamos para obtener el primer lugar? Se los cuento en la próxima columna.

Continuará…  

Euge Cabral

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