Mi primera vez con Luismi

Maria Eugenia Cabral
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3 de mayo de 2011

Aquel día de 1984 amanecí -como de costumbre- con el discurso de todas las mañanas. “Euge ya es tarde, a desayunar que tenés que ir al colegio” (siempre me gusto dormir, era realmente una odisea para mamá sacarme de la cama, detesto levantarme temprano) y ése día no tenía ningún matiz diferente a los otros que me motivara a correr a vestirme, desayunar y prepararme para mi jornada escolar.

De pronto, entre los gritos de mamá, la pelea de mis hermanos, el cantar de los pájaros, escuché la gran noticia por parte del señor locutor de la radio con mayor audiencia en mi Córdoba Capital. Noticia que hizo, por supuesto, que saltara de la cama como quién corre despavorida por amenaza de bomba. Sí, una bomba era la noticia, así que hice callar a todos de un alarido y pegué mis oídos a ese bendito aparatito que me estaba haciendo la niña más feliz del planeta, al escuchar aquella voz diciendo que Luis Miguel vendría a mi ciudad en muy poquito tiempo, y lo estaba anunciando con bombos y platillos.

Wow! no podía creerlo, iba a conocerlo! Por fin iba a poder saber lo que se sentía tenerlo enfrente, en vivo y en directo. 

Mi mamá que sufre de una especie de fobia a las multitudes, me miró y me dijo sin vueltas: “no cuentes conmigo”. ¡Ay!, ¿justo ella tenía que padecer esta rara enfermedad? “No es justo”, pensé una y mil veces. ¿No se daba cuenta que me estaba clavando un puñal en el corazón? Y parece que sí, porque cuando vio que mi rostro se desfiguró, prosiguió: “buscá a alguien que te acompañe”. 

Claro, yo tenía 10 añitos, sola no podía aventurarme a ir, así que hice un llamado a la solidaridad entre mis parientes, y un tío, que hoy recuerdo con mucho cariño, respondió al llamado con un “yo te llevo querida”. 

Así es que nos dispusimos a comprar los boletos, lamentablemente no disponíamos de mucho dinero, de modo que lo vería un poco lejos, desde la tribuna, pero lo realmente importante era estar ahí. Agarré fuerte los tickets, los guardé en mi cajita fuerte con llave, respiré hondo y suspiré, ¡que felicidad!, ya tenía mi tan ansiada cita con el Rey.

Desde ése momento, cada día que pasaba iba tachándolo en el almanaque cual presidiaria, y les confieso que aún hoy lo sigo haciendo.

Por fin llegó la noche  previa al show. Quise dormir temprano, me esperaría un gran día cargado de emociones. Pero por más empeño que le dediqué a lograrlo, di vueltas en la cama, intentaba contar ovejitas y sólo podía tener una imagen en mi mente: el momento en que Miky aparecería en el escenario, ¡ah, lo había imaginado tantas veces!, y estaba a horas de concretar el sueño.

Amaneció, y no hubo discurso que escuchar, estaba levantada desde tempranito, yendo y viniendo desde el espejo al guardarropa, como si estuviera realmente en un desfile de moda, eligiendo el atuendo con que iría a ése encuentro tan especial. 

Almorcé (casi no pude tragar bocado, es que cuando estoy ansiosa, se me cierra el estómago). 

Llegó la hora, partimos al estadio “Chateau Carreras” (hoy recientemente rebautizado Mario Alberto Kempes) el más grande lugar para eventos deportivos y de espectáculos que tenemos en mi ciudad. Llegamos y caí en la cruel verdad, había miles y miles de niñas que tenían la misma cita que yo, iba a ser complicado que Luis Miguel pudiera verme entre tanta multitud, pero yo me sentía segura de mí misma, tenía la loca idea de que lo iba a lograr. 

Entramos, (previo a comprarme todo el merchandising que había, fotos, vincha, remera etc.) nos dirigimos hacia la escalera que nos llevaría a los asientos de una de las tribunas frontales al escenario. Recuerdo que al llegar había una señora, mi tío le dijo que estaba mal sentada, que eran nuestros lugares… Empiezan a discutir, que sí, que no y la señora se violenta tanto, que le tira un cachetazo, ¡ay tierra trágame! ahora sí que no iba a pasar desapercibida, pero iba  a ser por disturbios. 

En ése instante un señor policía se acerca, trata de calmar los ánimos y nos dice (a mi tío y a mi) acompáñenme. No podía creerlo, había esperado tanto tiempo por mi cita, y la única cita que al parecer había conseguido, era con el inspector en la seccional de policía. Estaba aterrada, no sólo porque jamás había tenido contacto con los uniformados, sino porque se me escurría entre las manos la posibilidad de que Luis Miguel supiera que existía. 

Pero las hadas estaban de mi lado en ése momento, y me tenían reservada una gran sorpresa: el señor nos llevaba al campo de juego, sector que estaba pegado al escenario y nos dijo, ocupen dos lugares y quédense acá. ¡Dios existe, sí señor! 

Ya en nuestros nuevos y magníficos lugares, la cosa iba tomando su color. El estadio se llenaba cada vez más mientras coreábamos canciones para tratar de pasar el tiempo. Ya el aire olía a Luis Miguel y yo no dejaba de contar los minutos, para que la magia comenzara, ¡qué eterno se me hizo! 

Hasta que por fin se apagaron las luces y empezaron los acordes de una canción que no estaba en los discos, ¡pero que sonaba majestuosamente bien! Intro, pie para que Miky comience a cantar, (mi corazón latía tan fuerte, que creí se me saldría del pecho) él irrumpe en el escenario  y con la voz más dulce y angelical comienza a entonar: “Dicen que por las noches, nomás se le iba en puro llorar, dicen que no dormía nomás se le iba en puro tomar, juran que el mismo cielo se estremecía al oír su llanto, como sufrió por ella que hasta en su muerte la fue llamando… Cucurrucucú… paloma… Cucurrucucú… no llores las piedras jamás… paloma… que van a saber… de amores”.

Ahí estaba, el sol de México, iluminándonos y cautivándonos con su luz. Luis Miguel se adueñó al instante del escenario, con una actitud avasallante, jamás vista para un niño de su edad. Daba la sensación que había nacido para esto, que era el legado que Dios le había encomendado para éste mundo: poder transmitir con su música, con su voz, con su ángel  una eterna felicidad a millones de personitas.

 Cuando uno hace algo por primera vez, tiene los sentidos desarrollados en su máxima expresión,  por lo tanto mis oídos no dejaban de disfrutar cada canción y mis ojos ni les cuento, fueron cautivados al instante por la belleza, elegancia y seducción  de este niño que portaba su traje color bordó-rojizo (borravino) aterciopelado.

Bailé, canté, cómo lo disfruté, aquella noche sentí estar en el paraíso, mismo sentimiento que sigue en mí después de casi 30 años. 

¿Qué fue lo más triste? su partida, ése momento en que se despide de su público tirando besos al aire y desaparece para ya no regresar. Me invadió una melancolía inmensa pensando en cuánto tiempo transcurriría hasta volverle a ver. Pero ése no fue motivo suficiente para que por más de 7 días me la pasara en una nube, recordando cada momento de ésa noche mágica que me colmó de felicidad.

Y así fue como ésta primera vez, quedó en mi corazón marcada a fuego. Desde ése día, Miky  se convirtió en el dueño absoluto de mis sueños.

Y ustedes, cuéntenme… ¿Cuándo y cómo fue su primera vez?

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