Quiero soñar siempre que te llevo en mí (Parte II)

Maria Eugenia Cabral
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Esta semana leí por casualidad un fragmento del poema ‘Mar de la memoria’ de Mario Benedetti, en cuyas palabras vi reflejado un sentimiento que me atraviesa el alma: “A la ausencia no hay quien se acostumbre, otro sol no es tu sol aunque te alumbre, y la nostalgia es una pesadilla”. Sin dudas esta frase describe a la perfección la realidad que estoy viviendo sin la presencia física de Luis Miguel en mi vida. Por más que intento mitigar el vacío que produce su ausencia, buscando centrar mi atención en diferentes propuestas que me ayuden a paliar esta falta irremplazable, mi alma no encuentra el sustento que solo él sabe darle. En mi camino Miky es un pilar fundamental que me brinda refugio ante fuertes tempestades, paz y consuelo en la adversidad, razón por la cual literalmente me descubro tantas veces pidiendo a gritos una nueva oportunidad de asistir a sus conciertos. Él es una fuente inagotable en la cual nutrirme de esa felicidad y emoción que conmueve hasta las entrañas, y esta abstinencia claramente es muy difícil de soportar. En estos momentos es cuando mi mente trae una y otra vez aquella frase de una de sus canciones que dice “Por qué no me enseñaste cómo se vive sin ti…”, y es ahí cuando me veo dedicándosela a Luis Miguel sumida en una profunda melancolía. ¿Cuándo regresas Miky? ¿Cuándo volveré a sentirme esa niña que tiembla ante la noticia de un concierto, y sueña con el momento en que repares en su mirada? Llévame al paraíso de tu mano, ya no te tardes por favor, te necesito casi, casi, como al aire que respiro.

Y tal parece que este estado que atravieso ha potenciado mi sensibilidad, puesto que cada expresión que leo encaja perfecto con mis sentimientos… “Si yo pudiera darte una cosa en la vida, me gustaría darte la capacidad de verte a ti mismo a través de mis ojos. Sólo entonces te darás cuenta de lo especial que eres para mí”. Estas palabras de Frida Kahlo ponen al descubierto uno de mis grandes deseos: que Luis Miguel algún día pueda dimensionar y experimentar en carne propia el cariño y admiración que le profesamos, sentimientos que solo él puede generar… ¡Nadie más!

Debo confesarles que cada día renuevo la ilusión de recibir la noticia que todos estamos esperando, y les juro que este simple hecho me dibuja una sonrisa al comenzar la jornada. También este espacio colabora para sobrellevar mejor este periodo en que ‘El Sol’ nos hace tanta falta, pues nos permite conocer historias como las de Fanny, que nos devuelve la capacidad de soñar despiertas, ocupando el lugar de la protagonista en un emocionante relato que nos invita a no perder las esperanzas de vivir algo semejante junto a él. Los dejo en su compañía:

Transcurría el mes de Junio de 1992 y la historia con Luis Miguel apenas comenzaba. Les recuerdo que aquel fue el año en que tuve mi primer contacto con ‘El Rey’. Conociendo a personas de su equipo, con quienes forjamos una gran amistad que perdura en la actualidad, el objetivo se tornó menos complicado. Por aquel entonces Miky venía a presentarse a Xalapa, al  Gimnasio Omega un 19 de junio, y a mí solo me faltaba saber más detalles de su llegada, la que estaba programada para el aeropuerto de Veracruz, mismo lugar que me había visto llorar de felicidad dos meses atrás. Partí rumbo al aeropuerto, pero alrededor de las cuatro de la tarde nos informaron que arribaría directamente a Xalapa. Esa localidad está a una hora de Veracruz y, antes de que la desesperación hiciera estragos en mí, entró en escena mi héroe (mi padre) que no titubeó ni un instante a la hora de subirse al carro y decirme: “Vámonos a Xalapa”. Con todas las maletas listas salimos para la capital del estado, llegamos al aeropuerto ‘El Lencero’ y, alrededor de las 5:30 pm y con mil picaduras de mosquitos en nuestro haber, se volvieron a comunicar con mi papá para anoticiarlo de un nuevo cambio de planes: Luis Miguel finalmente llegaría a Veracruz en 2 horas. Honestamente pensé “Mejor vamos al hotel y esperamos la hora para dirigirnos al concierto”, pues mi papá tenía fiebre y debía descansar, pero él no flaqueó ante los imprevistos, y muy decidido me dijo: “Si lo quieres ver vámonos”. Así fue como emprendimos el regreso al puerto, súper preocupada pero al mismo tiempo asombrada de la tenacidad de mi papá, siempre buscando la oportunidad de hacerme la jovencita más feliz del mundo.

Llegamos al aeropuerto, nos adentramos en la pista y con paciencia esperamos el momento. El avión llegó un poquito antes de las 8:00 pm, y una vez detenido bajó la escalinata para que los pasajeros comenzaran el descenso. Detrás de dos personas por fin divisé a Luis Miguel, dueño de unos ojos cuyo color es indescriptible, siempre tan bello, sonriente y amable. Como era bastante tarde y había prisa por llegar a Xalapa, inmediatamente que tomó mi mano le pedí una foto y sonrió tanto que aquel lugar se iluminó. Cuando sacaron la foto no tuve más remedio que despegarme de su lado, y vaya sorpresa cuando Miky me dijo: “¿Te vas conmigo? Les juro que entré en shock y esto me llevó a dar la peor respuesta de toda mi vida: “No, vengo con mi papá”.

Al llegar a Xalapa fuimos al concierto con gran parte de su equipo, yo tenía nuevamente un lugar extraordinario en 1ª fila, y como era de esperar lloré de principio a fin, pues no podía creer que una vez más había vivido el sueño de toda fan.

Dormimos en aquella ciudad, y al día siguiente regresamos con ellos al puerto para tomar el avión y logré otra foto. Luis Miguel traía una férula en la mano izquierda, con una pelota para hacer ejercicio como terapia.

Antes de abordar su avión caminó en la pista para ver otras aeronaves que allí estaban, oportunidad en la que aproveché para captar dicho momento con mi cámara, que para la época era muy moderna y automática. Le tomé todo el carrete de fotos en secuencia, él solo volteaba y sonreía al verme, y yo me sentía en el mismo cielo. Luego llegó la hora de emprender su viaje y, aunque me dio nostalgia verlo partir, me sentí dichosa por la bendición de vivir esta experiencia. En ese instante ni siquiera sospeché que ese año de 1992 aún me tenía reservadas muchas emociones.

Continuará…

Fanny

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