“Yo que no vivo sin ti”

Euge Cabral
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Luis Miguel es un artista consagrado y reconocido a nivel mundial y, por ende, cada suceso acontecido en su carrera se dispara en los medios de comunicación a la velocidad de la luz, y en los 4 puntos cardinales, convirtiéndose en el tema central que acapara la atención del público. Recientemente ‘El Sol de México’ ha sido noticia por cancelaciones y consecuentes reprogramaciones de sus conciertos, y eso ha tenido en vilo a sus fans –quienes deseamos verlo repuesto de la enfermedad que lo aqueja-, al común de las personas, y por supuesto a la prensa, la que dicho sea de paso aprovechó para hacer leña del árbol caído y se dedicó a especular.

No hay ser que no me pregunte -en todos los ámbitos que frecuento- qué le pasa en realidad a Luis Miguel, pues tal parece que todo lo relacionado a él se torna de interés público y general. Después del descrédito que se ganaron los medios de comunicación en la actualidad, la gente hace bien en no creer las informaciones provistas por quienes tendrían que ser los encargados de contarnos la realidad de lo ocurrido, porque de 10 noticias “confirmadas” 9 son un fraude. Por eso no está de más aclarar, a algún lector que no me haya leído con anterioridad, que Luis Miguel está tratando de recuperarse de una rinofaringitis muy fuerte que lo tiene a mal traer desde hace unos cuantos días, y que no ha podido recuperarse por falta de descanso a consecuencia de sus obligaciones laborales. No hay nada raro de trasfondo, no busquen fantasmas donde no los hay.

Remitiéndome a mis aventuras pasadas, les cuento que horas previas al concierto en mi ciudad, en el Orfeo Superdomo, aún me costaba creer que lo disfrutaría nuevamente este año, ya que no es frecuente para mí verlo tan seguido y eso me hacía sentir inmensamente feliz y dichosa.

Luego de una calurosa bienvenida a mis amigas Lizbeth y Ana, con una rica merienda de por medio, nos alistamos para asistir a la cita que tanto habíamos esperado.

En cuestión de minutos la casa se convirtió en un caos. Imagínense a cuatro mujeres invadiéndola

y desafiando al reloj que no dejaba de avanzar, pero una eficiente logística nos ayudó a coordinar perfectamente cada uno de nuestros movimientos. Ya listas nos dirigimos hacia el lugar que nos devolvería la presencia de Luis Miguel en vivo y en directo, y juntas cruzamos el umbral del paraíso… sí, el puente que sirve de nexo entre el recinto y el exterior, trayecto que una emprende con los pies sobre la tierra pero, a medida que avanza en distancia y altitud, termina con la sensación de estar caminando entre las nubes. Ese puente tiene un gran significado para mí, porque cruzarlo implica darle prioridad a mis sueños y concretar mis ilusiones.

Siempre es una gran fiesta llegar al lugar y volver a encontrarme con fans, de diferentes partes del país y también de naciones vecinas, que quiero entrañablemente. La previa es excitante porque las sensaciones están a flor de piel, y se respira un aire cargado de emoción, ansiedad y felicidad, ante la posibilidad de gozar del artista que marcó nuestras vidas.

Puntual, a las 21:30 hs, las luces se apagaron y la gente explotó en un grito ensordecedor –este es el momento en que los latidos del corazón se disparan y ya no puedes controlar tus emociones. La banda comenzó a tocar la famosa Intro que compuso el maestro Francisco Loyo, obra que hace un recorrido por algunos de sus grandes éxitos a lo largo de su carrera, y cuya melodía es acompañada por imágenes que se proyectan en una pantalla gigante central, las que te embarcan en un viaje por tantísimos recuerdos.

Con una contundente ovación, el público recibió de pie a Luis Miguel cuando irrumpió en el escenario provisto de la elegancia que lo caracteriza, más una sonrisa y un brillo en su mirada que valen más que mil palabras.

El concierto comenzó bien arriba, con canciones súper bailables que le dieron el marco perfecto a la algarabía. Luis Miguel se veía radiante, enérgico, feliz y disfrutando al máximo de su público.

Aquí hago una pausa para contarles que no había ido sola al concierto, sino que días previos había preparado una serie de pancartas con algunas frases que deseaba dedicarle a Luis Miguel en cada uno de nuestros encuentros. Debo confesarles que soy una persona más bien tímida, y que decidirme a hacer algo que acapare la atención de todos lo considero una osadía difícil de enfrentar, pero les juro que él es la mejor excusa que tengo para gritar a los cuatro vientos lo que siento. Así fue que tomé mi pancarta en mano y esperé pacientemente el instante preciso para enseñársela. En los primeros acordes de “Amor, amor, amor” mi corazón me dio la señal, sentí que esa canción era la indicada para demostrarle aquel bello sentimiento, así que cuando lo tuve frente a mí respiré hondo, y elevé mi pancarta lo más alto posible. De inmediato logré mi cometido y aquel mensaje se adueñó de su mirada. Esos segundos que empleó para leer lo que con tanto cariño le escribí se tornaron eternos, y mientras siguió atentamente cada palabra mi corazón intentó salirse del pecho porque sabía lo que le esperaba… sus ojos iban a buscar los míos como lo hace siempre que lo sorprendo con estos gestos. En ese lenguaje de miradas el tiempo se detuvo y todo a mi alrededor se desvaneció como por arte de magia, instante en que aproveché para gritarle repetidamente “Te quiero” mirándolo directo a los ojos.

El mensaje que portaba la pancarta decía “Mi corazón te pertenece hace 33 años”, y la recompensa a tal declaración fue su inolvidable reacción. No puedo describirles lo que se siento cada vez que interactuó con él; las mariposas copan mi estómago, mi respiración se acelera y se entrecorta, las pulsaciones aumentan y mi cuerpo tiembla de pasión… es ir de un salto al cielo, tocarlo, y regresar. Soy muy afortunada y agradecida por tener la dicha de experimentar estas sensaciones. ¡Gracias Miky por ser como eres!

El concierto prosiguió su curso, y a pesar del deleite que me provoca cada canción, hubo una en especial que tocó mis fibras más íntimas por la peculiar manera en que la interpretó. Con el tiempo he llegado a la conclusión que, en cada tour, Luis Miguel elige una canción para hacerla completamente suya, la que cae rendida a sus pies ante las tiernas caricias de su voz. Aquel momento del show es cuando deseo que haya un silencio absoluto para no perderme una nueva versión de esa canción que me deja sin aliento. Me derrite cuando cierra sus ojos y prácticamente susurra la melodía en secreto, dándole matices a su voz que despiertan tu emoción. Esta vez la elegida para dejarse acurrucar y consentir por la voz más dulce del planeta fue “Yo que no vivo sin ti”, la que esperé deseosa en cada concierto. 

Luego le tocó el turno a “Te necesito”, y los primeros acordes actuaron cual luz verde para correr hacia los pies del escenario, en busca del regalo más preciado: una rosa blanca de sus propias manos. Cuando parecía que ya finalizaba con su interpretación sin tener intenciones de agasajarnos, nos sorprendió con el trayecto tan esperado… el camino a la felicidad, la nuestra, porque tomó en sus manos el ramo deseado por la audiencia femenina. La segunda o tercer rosa (no lo recuerdo con precisión fruto de la emoción) fue para esta fan que tanto lo quiere y admira. Cuando detuvo su marcha y reparó en mí, supe de inmediato que me la obsequiaría. Me sentí dichosa de recibir, por segunda vez en mi vida, tan valioso tesoro… es un gesto que se lo agradezco en el alma, porque si bien para mucha gente es una simple rosa blanca, sus fans sabemos que simboliza el más puro de los amores, ese tan fuerte y tan incondicional que existe entre él y nosotros, y que en este gesto sentimos renovar nuestra promesa de amor eterno –de nosotros hacia él y viceversa.

Esa noche no fui la única privilegiada, pues Luis Miguel ha convertido aquel momento del concierto en todo un ritual y, como no solo sus fans disfrutamos al máximo de este inolvidable obsequio sino que él lo goza tanto como nosotras, procuró contar con más rosas (3 ramos) para homenajear a sus fans. Qué bonito gesto de tu parte Miky, no sabes cuánto lo valoramos y agradecemos.

El último tramo del concierto lo vimos toser en repetidas oportunidades, pero puso lo mejor de sí y logró llegar al final. En la canción de cierre hizo un claro gesto a sus músicos y al público, señalándose la garganta, en signo de que ya no daba más, y pude observarlo muy agitado y con dificultades para respirar. Sufrí por él al verlo en esas condiciones, pero valoré muchísimo su esfuerzo por cerrar una noche soñada y despedirse como acostumbra, con besos lanzados al aire a una audiencia que lo aplaudió nuevamente de pie. Inmediatamente después del último acorde dejó el escenario, y aunque siempre sus partidas son difíciles para mí, esa vez no hubo nostalgia porque pronto volveríamos a reunirnos.

Finalicé tremenda noche con broche de oro porque tuve el honor de compartir una rica cena con mi familia y mis mejores amigas.

Confieso que después de todo lo vivido me costó conciliar el sueño, pero terminé rindiéndome en los brazos de Morfeo luego de casi dos días sin dormir –recuerden que la noche previa había amanecido esperando a Miky en el aeropuerto de mi ciudad.

Al otro día desperté con una gran sonrisa y una felicidad inconmensurable, sin saber que minutos después me embargaría la emoción, cuando supe que la página oficial de Luis Miguel compartió con todo el mundo una imagen del momento que les relaté más arriba. Alguien de su staff captó, desde el escenario, el instante en que levanté mi pancarta y Luis Miguel la señaló con tanto cariño.

¿Qué más podía pedir? Absolutamente nada, fui la mujer más dichosa sobre la faz de la tierra. Pero no había tiempo de volar entre las nubes, nos esperaba un largo viaje y había que tomar la carretera cuanto antes.

Continuará…

Euge Cabral

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