“No puedo dejar de pensar en ti”

Euge Cabral
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Qué difícil se me hace poder transmitirles lo que estoy sintiendo en estos momentos, después de transitar unos días de ensueño con Luis Miguel en su paso por Argentina. Todo transcurrió tan de prisa y fue tan bonito y perfecto, que no sé si lo soñé o si en realidad pasó.

Jamás me acostumbraré a la idea de que debe continuar su camino hacia una nueva ciudad… me duele profundamente aceptar lo irremediable. Y aunque intento consolarme pensando en que allí lo esperan otros fans deseosos de pasar unas noches inolvidables a su lado, nada alivia la pena que siento en este momento.

Esta sensación ambivalente, mezcla de felicidad y gratitud por cada instante vivido, y de angustia por su partida, es un sentimiento que se torna cada vez más complicado de manejar con el paso del tiempo, aunque lo lógico sería haber aprendido a convivir con esto después de casi 34 años siendo su fan. Ni modo, ¡No puedo!

A partir de ahora quiero invitarlos a viajar conmigo a través de mis vivencias junto a Luis Miguel en su visita por Argentina, así que abróchense sus cinturones.

Como les conté en mi columna anterior, el día previo a su llegada mi corazón palpitaba exaltado ante el inminente arribo de quien acelera sus latidos. Con mis compañeras de aventuras, Viviana y Carolina, nos organizamos para ir a recibirlo pues, aunque no sabíamos la hora exacta en que pisaría suelo Argentino, teníamos un pálpito y siempre nos dejamos guiar. Con unas cuantas bienvenidas en nuestro haber, sabíamos que aterrizaría entrada la madrugada, así que alrededor de las 2 am estuvimos listas en nuestros puestos. Las horas pasaron sin novedad, hasta que a las 3:30 am llegó su comitiva. Les juro que en ese preciso momento en que vi aparecer el auto en el que lo iban a trasladar, y las camionetas dispuestas para la custodia durante el trayecto hacia su hotel, las piernas se me aflojaron, comencé a respirar entrecortado, y sufrí una baja considerable de presión. Esa fue la señal de que la espera estaba por llegar a su fin, y que pronto estaríamos respirando su mismo aire.

Si Morfeo había querido tentarnos horas atrás ya había perdido definitivamente la batalla, porque estábamos con la emoción a flor de piel y de ninguna manera Luis Miguel iba a sorprendernos durmiendo en nuestro carro.

Tras la comitiva llegaron Andrea y Juan, integrantes del club de fans ‘Luis Miguel Internacional Córdoba’, acompañados de sus hijos, con la misma ilusión que nosotras: que al salir Miky se detuviera un instante para concretar el sueño de saludarlo, y así brindarle una calurosa bienvenida con todo nuestro amor.

Mientras el reloj no dejaba de avanzar mi mirada se perdía continuamente en el horizonte intentando divisar su avión. Todo estaba tranquilo en el aire y en la pista, sin aterrizajes próximos a la vista, y eso disparó mi preocupación porque pronto tendría que afrontar mis obligaciones laborales. Debía entrar a trabajar a las 7 am y para ello necesitaba llegar a casa a las 6:15 como máximo. Alrededor de las 5 de la madrugada, y como buena especialista en números, me di a la tarea de calcular el tiempo que necesitaría para llegar puntual, pues el aeropuerto queda en el extremo opuesto a mi trabajo. Desde ese instante comenzó una verdadera cuenta regresiva, ya que disponía de tan solo 40 minutos más de espera. Cuando el conteo llegó a cero, y con un dolor inmenso en el alma, decidimos abandonar la guardia, determinación que también optaron por imitarla los otros fans que allí estaban por la misma razón que nosotras.

En ese corto trayecto en que emprendimos la retirada, no dejamos de lamentar el no estar presentes para recibirlo como lo habíamos soñado. Habíamos aguardado tanto por ese momento y no se nos hacía justo abandonar en la recta final, tanto es así que no fuimos capaces de continuar con el regreso pactado y, previo a una llamada telefónica que me permitiera estar 30 minutos más en el lugar, viramos raudamente en sentido contrario hacia el aeropuerto.

Como Luis Miguel no había aterrizado, sumado a que seguramente iba a verse demorado con los trámites pertinentes de aduana, decidimos detenernos 10 minutos para buscar un café que renovara nuestras energías. Pese a que le advertí a mi amiga de mi inseguridad en cuanto a esta opción, pues tenía miedo de que Miky llegara en ese corto lapso, ella me animó a comprar ese cafecito para llevar, aduciendo que teníamos tiempo de sobra. Con el desayuno en mano nos incorporamos nuevamente a la carretera para dirigirnos al sitio que habíamos dejado minutos atrás, y ¿cuál fue nuestra sorpresa? Que de camino cruzamos la comitiva que trasladaba a Luis Miguel hacia su hotel. Hubieran visto nuestra expresión, nos quedamos estupefactas y solo atinamos a gritar “¡Ahí va!”. Qué desesperante fue darnos cuenta que estábamos en el carril contrario y en una autopista, y que la única opción de retorno estaba a unos 1000 interminables metros. Por más que nos apuramos y logramos girar prácticamente en dos ruedas, lo perdimos de vista. A esas alturas ya no importaba tomar el café, por su culpa habíamos perdido la oportunidad de darle la bienvenida, y aunque intentamos revertir esta cruel realidad alcanzando su marcha, no pudimos. Fue imposible aceptar que luego de una larga noche sin dormir, aguardando su llegada, un tentador café había terminado por arrebatarnos el momento de las manos.

Luego supimos que tanta espera se debió a un inconveniente en el aeropuerto de Buenos Aires (nosotras pensábamos que venía directo de México), que impidió que el vuelo llegara a horario a destino.

A pesar de nuestra angustia por el desencuentro y porque la suerte nos jugó una mala pasada, no lamentamos la espera, ya que siempre vale la pena demostrarle que estamos felices de tenerlo en nuestra tierra.

Cuando marqué mi entrada al trabajo ni yo podía creer que llevaba más de 24 hs. de pie, y que debía dar clases de matemática -confieso que sólo por él hago estas cosas. Y es que con Luis Miguel cerca tu cuerpo recibe una descarga de adrenalina que te inyecta una cuota extra de energía, bienestar y felicidad, razón por la cual no sentí el cansancio en mi espalda ni en mi intelecto, y me brindé ciento por ciento a mis alumnos. Mi rostro, aquella jornada laboral, lejos de reflejar cansancio por la falta de sueño portaba una sonrisa imposible de borrar y una luz muy especial, y no era para menos, puesto que en escasas horas me reencontraría con mis amigas del alma y con el promotor de mis más lindos sueños.

Al caer la tarde, con profunda emoción, manejé nuevamente con destino hacia al aeropuerto, pero esta vez para recibir a mis amigas Ana y Lizbeth, quienes viajaron desde sus respectivas ciudades para disfrutar de la magia de ‘El Rey’ en Córdoba. Cabe destacar que Liz viajó junto a su hijo desde la ciudad de México, para experimentar en carne propia el fenómeno Luis Miguel en Argentina, y que había salido de su país la tarde anterior, haciendo escala en Chile y en Buenos Aires, siendo Córdoba el destino final de tan largo trayecto. Miren cuánto amor genera ‘El sol’ en sus fans, que Liz pasó directo al concierto sin previo descanso, tal como lo hizo mi querida Anita, quien salió de su trabajo para montarse en un avión en busca del mejor destino: ¡Tu mirada Luis Miguel!

Los ojos del mundo estaban puestos en aquel concierto, los que lo amamos deseábamos constatar que ya estaba mejor de salud, y los detractores anhelaban encontrar una ínfima razón para continuar con su sucia campaña de difamación. Y aunque esas nefastas personas nunca han tenido argumento alguno que justifique el despiadado desprestigio a Luis Miguel, esa noche no fue la excepción porque ‘El Rey’ lo dio todo y más, a pesar de no estar repuesto al 100%. Por supuesto que, como se esperaba, un medio local desvirtuó la realidad para conformar al público amarillista, el que esperaba que Luis Miguel no llenara el recinto o cancelara nuevamente, pero nada pudo opacar lo que realmente sucedió esa noche y lo que sus fans sentimos en todo momento.

Hasta aquí por hoy, prometo contarles todo lo que aconteció en aquella velada con lujo de detalles en la próxima columna.

Continuará… 

Euge Cabral

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