“Oro de ley, ese es su justo valor”

Euge Cabral
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Mi estadía en Acapulco, recorriendo los sitios que sirvieron de escenografía para la película “Fiebre de amor”, me hizo reflexionar acerca del talento del señor Rene Cardona Jr., quien tuvo a cargo la producción y el libreto de dicho film. Me asombra la manera en que supo comprender a la perfección los sentimientos de las fans y todo aquello que soñábamos despiertas siendo adolescentes. Aún se me enchina la piel cuando pienso que alguien fue capaz de descifrar nuestras fantasías para plasmarlas en la pantalla grande.

En fin… me costó horrores dejar el paraíso pero no me quedó opción, así que nuevamente armé mis maletas para tomar la carretera, esta vez directo y sin escalas a Ciudad de México –aunque hubiera deseado conocer Cuernavaca. Allí me reuní con Martha Codó, mi gran amiga, a quien no veía desde febrero del año 2012. Debo destacar que mi querida Marthita no es una fan más, sino ‘La fan’ con quien Luis Miguel se deshace en atenciones y deja al descubierto el cariño especial que siente por ella.

Al llegar, como para no perder la costumbre, nos recibió nuevamente la imagen de ‘El Sol de México’ en una gigantografía que presumía uno de los autobuses de la ciudad. Casi como un acto reflejo suspiré y tomé mi cámara para retratarlo.

El momento en que por fin vi a Martha fue más que especial, porque soñé mil veces con ese encuentro en México. Luego de un cálido y sentido abrazo nos dirigimos a un restaurante muy bonito en la zona de Polanco en el que, además de probar el famoso mole poblano y otras delicatessen, disfruté de buena música en vivo. Aunque nos sorprendió la tarde en el lugar, porque el tiempo se nos pasó en un abrir y cerrar de ojos con tanta plática, la aprovechamos al máximo haciendo un tour express por la ciudad. Qué emocionante fue transitar Reforma y descubrir al soberbio Auditorio Nacional, al que tantas veces viajé en la nave de mis sueños.

Entrada la noche nuestra anfitriona nos llevó a conocer el restaurante giratorio más grande del mundo. Allí celebramos el momento con un rico trago, mientras el pianista del lugar lo amenizaba con un exquisito repertorio. Les cuento que el restaurante tarda exactamente una hora en dar la vuelta completa y que, desde lo alto del piso 45, la imponente Ciudad de México luce sorprendente.

Antes de retirarnos no pude contener mis ansias de contarle a ese gran concertista de piano que veníamos desde Argentina, y aproveché para pedirle que nos agasajara con un tango a su elección. Se decidió por “Uno”, la emblemática obra de Enrique Santos Discépolo y Mariano Mores, y me animé a acompañarlo a dúo con mi amiga Anita.

Acomodada en mi cama, lista para entregarme a los brazos de Morfeo, las pulsaciones se me aceleraban al pensar que pronto tendría a Luis Miguel frente a frente. A mi corazón le costaba asimilar el vértigo emocional al que estaba sometido esos días, e intentaba en vano estabilizar sus latidos ante un estado de conmoción permanente.

Luego del desayuno partimos rumbo a Querétaro, la famosa ciudad de los arcos, previa parada para que se nos uniera Isadora Espinosa –amiga y fan. Fue un corto trayecto de un poco más de dos horas, en el que por supuesto fuimos escuchando y cantando canciones de ‘El Rey’.

Al llegar nos registramos en el hotel y sin pérdida de tiempo nos dirigimos hacia las taquillas para recoger nuestros boletos. Allí nos sorprendieron periodistas de algunos medios que estaban muy inquietos, porque el fin de semana había sido un poco agitado a consecuencia de la suspensión del concierto de Luis Miguel en la ciudad de Mérida.

Uno de los reporteros nos abordó para solicitarnos una entrevista y accedimos. Fui muy ingenua al pensar que sólo querría preguntarnos sobre nuestras expectativas del concierto, y quizás darnos pie a que le contáramos que hacíamos a 8 mil kilómetros de casa. Por supuesto que me equivoqué, y todo lo que deseaba era que le confirmáramos las versiones erróneas que circulaban respecto al por qué Luis Miguel no había asistido al concierto en Mérida.

A la gente le encanta comprar y creer en noticias amarillistas, y qué mejor oportunidad para hacerlo ante las declaraciones de un don nadie que se tomó la libertad de agarrar un micrófono para intentar defenestrar, sin ningún tipo de pruebas, a un artista que jamás faltó a sus obligaciones y responsabilidades. Cabe aclarar que los fans nos preocupamos porque temimos se hubiera enfermado de repente, pero la tranquilidad llegó cuando se publicó una nota de prensa en sus sitios oficiales -canal de información al que deberían acudir los medios de comunicación honestos. Gracias a Dios estaba resplandeciente de salud, y todo había sido culpa de un problema con el transporte que iba a trasladarlo. No voy a negar que, como fan -creo además fue el sentir de todos-, me dolió muchísimo que se aprovecharan de esta situación para intentar dañar su imagen; pero nos tomamos revancha en el preciso instante en que nos dieron la posibilidad de salir al aire en televisión. Poco pude agregar a las declaraciones de mi amiga Ana, pues nadie mejor que ella para retrucar las preguntas del afanado periodista que a toda costa quería instigarnos a hablar mal del único artista en el mundo que no lo merece, sencillamente porque es todo un profesional y con mayúsculas. Me sentí orgullosa de mi amiga cuando con altura y fundamentos puso en su lugar al entrevistador, y mucho más porque no lo hizo desde lo subjetivo sino todo lo contrario. Al finalizar la aplaudí, y parece que los productores del informativo también porque, según lo que se dijo en dicha nota, el reportero salió regañado.

Claro está que Luis Miguel no necesita que lo defendamos, pero nos dio mucho gusto que, a pesar de que la idea del periodista era otra, se nos brindara la oportunidad de expresarnos libremente, para intentar concientizar a la audiencia de que un imprevisto lo puede tener todo el mundo, y que eso no da derecho a juzgar a las personas.

Con la sensación de haberle ganado una batalla a la prensa amarilla, nos fuimos a almorzar porque poco faltaba para nuestra cita más esperada, y debíamos arreglarnos para la ocasión.

¡Cómo vuela el tiempo cuando uno está en grata compañía! y si a esto le sumamos la falta de un GPS en una ciudad desconocida, en la que prácticamente no existen carteles que indiquen los nombres de las calles, aquello termina siendo una combinación letal que atenta contra la puntualidad. Para un fan es inconcebible llegar sobre el inicio del concierto, puesto que una de las cosas que más disfrutamos es la previa junto a nuestros pares.

Esa noche salimos con poca antelación hacia el Auditorio Josefa Ortíz De Domínguez y, aunque al mediodía habíamos llegado perfectamente al lugar –ahora creo que fue de pura casualidad-, nos ganó la desesperación cuando nos dimos cuenta que habíamos malgastado 30 interminables minutos conduciendo en círculo. Sí, leyeron bien, porque por más que tomábamos por otro camino siempre terminábamos pasando por el mismo lugar. Fue toda una odisea encontrar el auditorio pero logramos llegar a tiempo.

Déjenme contarles que el lugar es precioso, refinado, y con una capacidad para 5 mil personas, conjunción de cualidades que hacen del espectáculo una velada íntima. Fue un concierto inolvidable por múltiples razones, detalles que se los cuento en la próxima entrega.

Euge Cabral

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