Es inmenso el sacrificio, pero más grande aún es la recompensa (Parte III)

Maria Eugenia Cabral
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Si han venido siguiendo mis columnas recordarán que mi relato anterior tuvo un final vertiginoso al enfrentarme con un complicado último tramo de aquella carrera maratónica hacia los pies del escenario. Pues al llegar al ingreso de dicho sector me encontré con dos guardias de seguridad y por ende dos filas formadas, así que rápidamente escogí la derecha. Esta elección fue la peor decisión que pude tomar porque la persona que estaba a cargo del control del ticket era tan inoperante como insensible. Parecía empeñado en aguarnos la fiesta al apropiarse del boleto sin checarlo ni autorizar el acceso. Como se tomaba más tiempo del normal la gente se empezó a agolpar y por supuesto comenzaron los empujones. Mientras tanto veíamos la fila de la izquierda avanzar con prisa y sin pausa pero, al pensar en cambiarme, se había tornado interminable y no era justo ubicarme al final. Opté por seguir insistiendo pero este señor seguía obstinado en querer ordenar a miles de personas antes de autorizar el acceso. Mientras todo esto ocurría y parecía que en cámara lenta, no podía despegar mis ojos de aquella valla que estaba a punto de llenarse en su totalidad. En ese instante colapsé, y a los gritos le pedí al guardia que tuviera compasión de quienes llevábamos 15 días de espera por esa buena ubicación. ¡No le importó en lo más mínimo! Tristemente estaba enceguecido y empeñado en no dejar entrar a nadie, por lo que se apropió de mi ticket e inmediatamente me tomó muy fuerte por la cintura inmovilizándome. No se imaginan la rabia, angustia e impotencia que sentí ante esa actitud injustificada. El jefe de seguridad, al ver esta desafortunada situación, acudió en mi auxilio para autorizar mi ingreso, pero al dar la orden el empleado la desestimó. ¿Pueden creer que el mismísimo jefe de seguridad me jaló del brazo hacia el interior del sector, sin lograr que el otro me liberara? Pero luego de insistir logró zafarme de las garras de mi opresor, ante un gran asombro de mi parte por no entender lo que había vivido. Aún me pregunto por qué esta persona se ensañó conmigo de esta manera, cuando soy tan respetuosa y educada en todo momento. En fin… ya en el interior corrí hacia la valla donde el equipo aguardaba impaciente mi llegada, mientras apartaban un lugarcito el que defendieron con uñas y dientes. Hoy les debo la oportunidad de ver esa noche a Luis Miguel cerquita, a los pies del escenario, y junto a ellos. Y aunque costaba imaginar que a alguien le podría haber ido peor que a mí, así sucedió con la pobre “Chipi” que le tocó llegar en último lugar. Pero fiel a nuestro lema, la unión hace la fuerza, con la valla completa resistimos guardando ese lugar hasta que arribó la integrante número 8 de este gran equipo. Lo peor había pasado, ya podíamos respirar tranquilos y bajar la guardia para disponernos a disfrutar. Aún faltaban tres horas de espera para que todo comenzara, necesitábamos guardar energía para más adelante así que intentamos descansar el cuerpo en alguna posición cómoda, reto más que difícil cuando estás de pie y apretada cual sardina en lata.

El calor comenzó a hacer estragos en la gente lo que provocó una ola incesante de desmayos que se produjeron mucho antes del inicio del concierto, y se fueron acrecentando durante el mismo. Perdí la cuenta de la cantidad de personas que pasaron desvanecidas sobre nuestras cabezas, y aprovecho este momento para destacar el arduo trabajo de uno de los socorristas, pues Diego literalmente se cargó al hombro a las descompensadas. Lo de él fue un acto heroico que lo hace merecedor de una absoluta admiración y agradecimiento por velar por nuestro bienestar.

Pasadas las 9 p.m. los acordes de la Intro del concierto desataron la euforia de los asistentes. Mi corazón latía a mil pulsaciones por minuto porque estaba a punto de concretar un sueño más, aquel por el que tanto me había esforzado. Por fin Luis Miguel irrumpió en el escenario en medio de una gran ovación y, mientras sostenía en alto mi bandera, no dejé de agradecerle a Dios la nueva oportunidad de disfrutarlo.

Fue una noche soberbia en la que lo vimos particularmente feliz y distendido. No quiero sonar presumida, puesto que no solo es una percepción mía sino de muchas personas que han asistido a sus conciertos en diferentes ciudades argentinas, al decirles que resulta notable lo que Miky disfruta de este público cordobés, lo que claramente se ve reflejado en su performance.

Quisiera destacar un instante más que especial que se suscitó en la primera parte del concierto cuando Luis Miguel tuvo un gran detalle para con Mariela, luego de que leyera el pequeño cartel con el que había ido provista, el que textualmente decía “51 días haciendo fila para estar cerca de ti”. Él se estremeció ante semejante confesión y se desvivió en gestos para retribuirle tal acto de amor. Fue un momento muy conmovedor porque nadie más que ella merecía semejante reconocimiento.

La emoción prosiguió con la excelsa improvisación de “Tú y yo”, y las sentidas interpretaciones junto al piano. Luego bailamos felices y dichosos sus más grandes éxitos, un  gran desafío si piensan que apenas teníamos lugar para respirar.

Sobre el final llegó el momento de saludar y Miky bajó un peldaño para acercarse a nosotros y… ¿Qué creen? Se tomó el tiempo de estrechar la mano de los 8 integrantes del equipo. Quizás piensen que no soy creativa a la hora de saludarlo porque siempre reacciono de igual manera, pero no sé hacer otra cosa más que decirle cuanto lo quiero. Recuerdo que nos tomamos muy fuerte de la mano, y que mientras lo hacíamos nos miramos fija y profundamente. Son esas fracciones de segundos en los que sientes que el mundo se detiene y todo te parece eterno. Yo le gritaba “Te quiero” repetidamente y él, con ese gesto tan característico de fruncir los ojos y sonreírte, intentaba gestualmente retribuirme el cariño. Es hermoso sentir la fuerza con la que aprieta y acaricia tu mano porque te das cuenta que verdaderamente lo está sintiendo, algo que definitivamente lo diferencia de sus pares.

En lo personal estaba más que feliz, pero el destino me tenía reservada una sorpresa más cuando vino hacia mí y me regaló una de esas rosas que tanto amamos y valoramos.

Salimos del recinto con el corazón hinchado de tanto amor, recargado de energía, levitando de emoción y felicidad porque todo había sido más lindo de lo soñado tiempo atrás, pero sobre todo agradecidos por haberlo vivido juntos. ¿Qué les puedo decir de Lizbeth? La expresión en su rostro lo decía todo, estaba dichosa de haber tenido la posibilidad de transitar por esta nueva experiencia.

Luego de proveer de energías al cuerpo, una rica y provechosa cena, nos dispusimos a descansar puesto que al día siguiente debíamos montarnos en un avión para seguir de tour.

Continuará…

Euge Cabral

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