10.000 kilómetros para rendirme a los pies de tu arte (Parte II)

Maria Eugenia Cabral
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Retomando cronológicamente mis experiencias en México, he de contarles que la noche de aquel domingo, luego del bonito paseo por San Miguel de Allende y Guanajuato, me entregué a los brazos de Morfeo cargada de ilusiones porque el momento de reencontrarme con Luis Miguel estaba cada vez más cerca. La luz del amanecer anunció la llegada del nuevo día, pero éste no era uno más en mi vida, sino el encargado de devolverme el reflejo de aquella mirada que estremece mi alma desde hace casi 37 años. El aumento de los latidos de mi corazón se acentuaba con el correr de los minutos, y comenzaba a transitar esa experiencia de caminar en las nubes con los pies sobre la tierra. Pero había que bajar a la superficie para almorzar, así que pasado el mediodía salimos a recorrer la hermosa zona donde vive mi amiga Liz, con la idea de buscar algún sitio para abastecernos de energías. Me quedé maravillada con los numerosos puestos para almorzar al paso situados en ciertas calles, la mayoría para hacerlo de pie ya que solo un par de ellos cuenta con algún lugarcito para sentarse en plena acera, experiencia que prometí llevarla a cabo en mi próxima estadía, ya que no solo se ve y huele delicioso sino porque forma parte de vivir a México desde su interior. En cada viaje me gusta probar platillos nuevos, pero tienen una gastronomía tan rica que un par de visitas no son suficientes para descubrirla en su totalidad, otra razón más que valedera para radicarme por algún tiempo en un futuro. Recuerdo que en esa ocasión pedí Nopal para acompañar el plato principal, algo que no pueden dejar de probar si van a México por ser ícono de su identidad.

Dicen que ‘Panza llena corazón contento’, pero el nuestro desbordaba de felicidad no precisamente por lo degustado sino porque había llegado el momento de comenzar a prepararnos para nuestra noche especial. Maquilladas, de punta en blanco (más precisamente de negro en mi caso personal), y con los nervios a flor de piel nos dirigimos hacia el Auditorio Nacional. Iba provista del libro con el compilado de mis columnas (extracto de todo un año), ya que no siempre me ha sido fácil encontrar la manera de hacérselo llegar a Luis Miguel, por lo que decidí comenzar a intentarlo desde el primer concierto, deseando repetir lo del año 2015 cuando pude entregárselo en propia mano. También tenía la ilusión de poder contarle que hasta ese entonces había publicado mi columna número 258 y, como siempre, no encontré mejor manera que decírselo a través de una pancarta. La frase que elegí quiero compartírselas en la siguiente imagen, no sin antes confesarles que cometí un grave error al citar el número de columnas publicadas hasta ese momento, pues la prisa de los preparativos del viaje me jugó una mala pasada cuando me dispuse a contarlas. Me sentí una tonta al darme cuenta de la imperdonable falta de exactitud, pues llevaba en mi haber 305 columnas en vez de 258. En fin, ni modo, no había forma de enmendar semejante error.

Al llegar al Coloso de Reforma ya no pude dominar mis sentimientos, literalmente sentí que el corazón se me salía del pecho y la respiración se me entrecortaba. Sin pérdida de tiempo necesitaba entrar y ubicarme en mi lugar, pero una invitación súper tentadora nos llegó mientras comenzábamos el ascenso de aquellas escalinatas que nos conducirían a la gloria misma. Había amigas fans apostadas sobre uno de los laterales del Auditorio Nacional a la espera del ingreso de Luis Miguel, y la idea consistía en ir hasta allá para saludarlas. Hacia allí nos dirigimos felices y gustosas, gesto que fue correspondido con el cálido recibimiento con el que nos dieron la bienvenida. No hubo tiempo de mucha plática porque el reloj había marcado la hora estipulada y el personal del recinto lo confirmaba con su último llamado. Apuramos el paso y a ese ritmo emprendí la proeza de ascender nuevamente las escalinatas portando unos altísimos tacones que convirtieron el trayecto en una verdadera lucha por sobrevivir, ya que no estoy acostumbrada a caminar manteniendo el equilibrio. Pero bien dicen que la elegancia cuesta y duele ¿no?, así que había que armarse de valor y superar las contingencias. Gracias a Dios llegué arriba sana y salva, y de inmediato busqué la puerta de ingreso que me condujo al mejor recinto del mundo para disfrutar de Luis Miguel.

Años atrás tuve la dicha de estar en fila 1, pero créanme que no la recordaba tan cerquita al escenario, motivo por el cuál de nueva cuenta sentí estar soñándolo. Esa noche fuimos las tres únicas fans en primera fila en el sector central, rodeada de los mejores amigos de ‘El Rey’, entre quienes estaban el torero español Enrique Ponce y su esposa Paloma, una amistad entrañable que ha sabido perdurar en el tiempo porque los une un cariño genuino e incondicional. También estaban aquellos afectos que se involucraron con su carrera profesional, ya sea invirtiendo o apoyándolo en todo momento. Fue un honor tener la oportunidad de saludarlos y verlos disfrutar de su amigo tan querido, como así también descubrir en el brillo de sus miradas cuánto lo admiran.

Los primeros acordes de la espectacular introducción, a cargo de la mejor banda de músicos del planeta, me desestabilizaron por completo. Apenas mis pies podían mantenerme, temblaba como una hoja, sentía mariposas en el estómago, y el corazón parecía que iba a estallar de la emoción. Era imposible concentrarme en las imágenes que aquel telón nos ofrecía, yo solo quería que la espera terminara y que él irrumpiera en el escenario para darle fin a mi agonía. Provistas de nuestra Enseña Patria, la que tomamos entre las tres, aguardamos ansiosas ese instante en que explotaríamos de alegría para que él pudiera descubrirnos en el público. Cuando puso un pie en el escenario el corazón todavía estaba incrédulo de lo que mis ojos le devolvían, pero tomó consciencia de inmediato cuando Luis Miguel hizo contacto visual con nosotras y nos señaló, para luego hacer un gesto con sus manos que lo entendimos a la perfección, pues vio la bandera y no dudó en expresarnos que más adelante visitaría nuestro país.

La felicidad no cabía en el cuerpo, lo tenía a escasos metros y él ya era consciente de nuestra presencia. En ese instante resulta inevitable hacer un balance del gran esfuerzo económico que afronté para estar en aquel lugar junto a una de las personas que más felicidad le otorga a mi vida, y créanme que la ganancia es imposible de calcular porque vivir ese momento no tiene precio. Cuando su voz toca tus fibras más íntimas para conmoverte hasta las lágrimas, y su mirada se encuentra con la tuya para bendecirte con la más tierna y dulce sonrisa vuelves a confirmar que todo ha valido la pena.

Fue una noche de plena felicidad, la que podía verse reflejada en nuestro semblante. Sus amigos, nosotras, y el público en general lo gozamos de principio a fin, uniéndonos por momentos para compartir algunas coreografías espontáneas al son de algún up-tempo.

Allí tuve la fortuna de toparme con una persona muy especial para mí por el cariño que nos tenemos, don Antonio Pérez Garibay, papá del corredor de Fórmula Uno de México, Checo Pérez. Él es una persona muy alegre y divertida, que no dudó en sumarse a nuestra algarabía, haciendo suyos por momentos la pancarta, mi bandera y el libro con las columnas, con el único fin de que Luis Miguel recibiera aquel mensaje y mi regalo. Como dicen los mexicanos armó un desmadre, ya que levantaba una y otra vez mi pancarta, razón por la cual recibió varias advertencias por parte de la seguridad del lugar, pero él no se dio por vencido y doblegó la apuesta colocando mi bandera y el libro pegados al escenario. Yo estaba muerta de la vergüenza, aunque no lo crean soy bastante tímida para esas cosas, pero valoré sus buenas intenciones.

Cuando Luis Miguel estaba cantando junto al mariachi se percató de esta escena y abrió grandes sus ojos, así que corrí a tomar el libro para ofrecérselo. Mientras lo sostenía Miky me hizo un par de señas, admito que no soy buena descifrándolas y mucho menos si quien las ejecuta es aquel que me hace temblar de pies a cabeza, pero por suerte tenía a mis amigas que de inmediato me auxiliaron: “Intenta decirte que más adelante te lo recibirá”. Así que regresé a mi lugar para aguardar paciente el momento indicado.

Déjenme decirles que la experiencia de escuchar su voz solamente acompañada del piano no se puede describir con palabras, literalmente sentí que morí y que un ángel me cantaba al oído en el paraíso. Una vez más pude comprobar que es el único ser sobre la faz de la tierra capaz de acariciarme el alma con su interpretación.

La noche transcurrió y el final llegó con un auditorio de pie bailando al ritmo de tantos éxitos como “Será que no me amas”, “Ahora te puedes marchar”, “Isabel”, “Cuando calienta el sol”, entre otros. Cuando lanzó las famosas pelotas que llevan grabado el nombre del tour logré atrapar una, pero prescindimos de ella porque su gran tamaño nos obstaculizaba la visual, y priorizamos recibir una rosa directa de sus manos. Debo confesar que también alcancé una flor de pura casualidad porque vino desde el público, quizá algunas fans lucharon por conseguirla y en el intento salió disparada con dirección al escenario. Por supuesto que la conservé como recuerdo de aquel primer concierto, aunque indefectiblemente no tenía el mismo valor que las entregadas por el propio Miky.

Luis Miguel se retiró ante el aplauso cerrado de un público que lo disfrutó a morir, y aunque esta vez no hubo oportunidad de que partiera con mi libro comprendí perfectamente la situación, pues para todo hay un momento por lo que opté por volver a intentarlo al día siguiente.

La hermosa velada finalizó con una amena reunión de fans en un restaurante que ya oficia de nuestra sede en época de conciertos, en la que no faltaron las anécdotas, las risas y la pasión que nos caracteriza.

Euge Cabral

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