Un momento mágico con Luis Miguel (Parte II)

Maria Eugenia Cabral
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Si hay algo que disfruto de navegar por Internet es esa posibilidad de descubrir la imagen de un fan posando junto a Luis Miguel, porque sé que ésta viene a coronar el sueño que nació de una apasionante historia.  Al observarla en detalle no dejo de preguntarme cómo es que fueron bendecidos con tal acontecimiento, si fue un encuentro casual o provocado. Muchas veces esta información se conoce de inmediato, casi en forma simultánea a la publicación de la fotografía, pero en otras ocasiones esas historias se mantienen en el anonimato, y eso nos obliga a imaginar un sinfín de escenarios posibles.

Está de más decirles que me ganó la emoción al contemplar la imagen de Yadira junto a Luis Miguel,  y que de inmediato sentí curiosidad respecto a ese encuentro soñado. Navegando en Internet me topé con esa fotografía, hace algunos años, sin siquiera imaginar que tiempo después conocería a la protagonista. Cabe destacar que si bien Yadira nos compartió parte de su historia en esta columna, allá por el año 2013, en esa ocasión no tuvo oportunidad de relatarnos este episodio… es más, después de mucho tiempo de estar en contacto y por respeto a la privacidad, recién puedo conocer al detalle lo sucedido aquel bendito día del 2000.

Para aquellos que se perdieron la primera parte del relato, deseo situarlos en tiempo y espacio. Yadira nos contó que, al día siguiente del concierto al que había asistido, decidió ir a almorzar con sus papás al restaurante del hotel donde se suponía que Luis Miguel estaba hospedado. Cuando por fin llegaron pudo divisar a lo lejos al guardaespaldas de ‘El Rey’, suceso que terminó por confirmar la información que le habían brindado, sin dudas Miky estaba allí. ¿Qué pasó después? ¡Prepárense! Se viene la parte más emocionante de su relato:

Entramos al restaurante, luego de cruzar la recepción y el área de elevadores, y mientras caminábamos les comenté a mis papás de la presencia de Big Daddy. Mi mamá no dejaba de insistir respecto a que no me hiciera ilusiones de encontrármelo, que me conformara con saber que allí estaba, ya que era prácticamente imposible que saliera de su habitación –coincidía con la opinión del reportero.

De todos modos estaba emocionada con ver a Big Daddy sentado en el bar del restaurante platicando con uno de sus empleados y, aunque tenía lentes oscuros, sentía de repente su mirada en nuestra mesa. No le perdí pisada, con decirles que vi cuando se levantó rumbo a los elevadores, llevando un plato descartable con comida. En ese momento imaginé que tal vez le llevaba algo de comer a Micky y me puse eufórica, razón por la cual mis padres intentaron ponerme los pies en la tierra, después de todo no era para tanto, decían ellos.

Cuando estábamos terminando de almorzar observé por el cristal de la ventana, con dirección a la alberca, algo que me llamó la atención, divisé nuevamente a Big Daddy pero en esta ocasión estaba caminando afuera del hotel. Lo seguí con la mirada y mi corazón comenzó a latir a mil por hora, cuando descubrí a quien escoltaba. ¡No lo podía creer! ahí estaba Micky caminando en la orilla de la alberca, la que estaba a un lado del restaurante pero hacia atrás del hotel, justo enfrente de la playa. Como mis papás estaban de espaldas a la ventana no pudieron verlo en primera instancia, así que cuando por fin pude asimilarlo y balbucear palabra se los conté, algo que les costó creer porque pensaron que estaba alucinando. Finalmente cuando él y su guardaespaldas dieron la vuelta completa al restaurante, mis papás pudieron constatar que no había enloquecido.

No sabía qué hacer, y me parecía increíble que estuviera a unos cuantos pasos de mí. Atiné a tomar la cámara de mi bolsa pero no me atreví a ponerme de pie, pero por suerte ahí estaba mi mamá para despertarme del shock, y alentarme a correr a su encuentro. El siguiente dilema fue encontrar la salida hacia la terraza, ya que fruto de los nervios no me había dado cuenta que la tenía justo frente a mí, pero nuevamente mi mamá salió al rescate para socorrerme. Así fue como me levanté de la mesa para caminar hacia la puerta, y al salir me encontré con una reja que se interpuso en mi camino, obstáculo que logró paralizarme otra vez porque no fui capaz de abrirla. Solo pude observarlo mientras pensaba en tomarle alguna fotografía desde allí, aunque tampoco tuve el coraje porque pensé que los guardaespaldas podrían molestarse – a esas alturas ya había otro colaborando junto a Big Daddy. Estuve parada ahí unos segundos, como en otro mundo y sin saber qué hacer, hasta que una de esas señales que manda Dios llegó. Un muchacho que estaba en el restaurante, cerca de nuestra mesa, salió del lugar y, aunque mi primera reacción fue asustarme porque pensé que era alguien que me impediría avanzar, me sonrió y abrió la reja con toda naturalidad. Lo vi caminar hacia donde estaba Micky, el que aguardaba por un camastro para tomar sol. Fue en ese instante cuando reaccioné, y lo seguí tan rápido como pude, con decirles que llegamos juntos al encuentro de ‘El Rey’.

Ese muchacho le llamó por su nombre y Micky, que estaba de perfil a nosotros, volteó y se acercó. Luego se presentó ante Luis Miguel, quien respondió estrechando su mano, para luego dirigir su mirada hacia mí, dándome su mano y un beso en la mejilla. En ese momento pensé que estaba soñando porque todo sucedió tan natural, como cuando saludas a un amigo que va por la calle. Solo recuerdo que las piernas me temblaban y que mi mente me aconsejaba calmarme, no demostrar mi nerviosismo y decirle algo, aunque la voz no me salía. Ricky, esa persona a quien no me cansaré de agradecer que me guiara hasta Luis Miguel y captara aquel momento en una fotografía que guardo como uno de mis grandes tesoros, empezó a platicar con él. De aquella conversación no recuerdo casi nada a consecuencia de la emoción, solo palabras que tenían que ver con unos instrumentos y el concierto de la noche anterior.

Tenía muy en claro que necesitaba decirle algo pero no me salían las palabras, hasta que me armé de valor y comenté lo increíble que había estado el concierto, creo que dije algo así como: “te la rifaste”, que acá significa que estuvo increíble, y lógicamente al oírme fijó sus ojos en mí, y solo eso bastó para que me quedara muda otra vez.

Déjenme contarles que es dueño de un color de ojos poco común, porque no son verdes, tampoco miel, simplemente es el color de ojos de Luis Miguel, y una mirada intensa muy difícil de sostener. Nunca dejó de sonreír, con esa sonrisa inconfundible, ni de platicar con Ricky, mientras yo intentaba convencerme de que no lo estaba soñando. Recuerdo que metí otro bocadillo en la conversación y nuevamente me adueñé de su mirada, juro que no es lo mismo estar en un concierto y que te mire, a tenerlo frente a ti como cualquier persona. La verdad que sí impone y, por lo menos a mí, me ganaba la timidez… como decimos acá en México, me chiviaba.

Me percaté que Micky no se ufanaba al alabarle su performance en el concierto, al contrario, recibía los comentarios con mucha humildad y los agradecía. Lo vi tan sencillo, tan abierto a sostener la conversación y a interactuar con nosotros, que pude comprobar que una cosa es la imagen y otra muy distinta el ser humano que habita en cada uno de nosotros. Finalmente todos sentimos, nos emocionamos, nos apenamos, y ahí estaba Luis Miguel, un ser humano de carne y hueso con sentimientos, emociones y timidez. No hubo necesidad de que recurriera a la imagen del artista, sino que decidió compartir un momento con nosotros fuera de reflectores, con la mayor naturalidad, y eso gracias a Ricky que lo abordó como a cualquier amigo o conocido.

El lugar del encuentro simplemente fue el mejor escenario donde pudo darse, el que no puedo dejar de imaginármelo cada vez que escucho “Sol, arena y mar”, porque el sol estaba en su máximo esplendor, pues todo sucedió al mediodía, la arena estaba a escasos pasos de nosotros, y el sonido del mar le dio el marco perfecto al momento. Estuve allí frente a frente con esos ojos y esa sonrisa que te desarma ¿se puede pedir más? Ni el mejor guión de película pudo ser tan acertado.

Cuando las personas tienen la oportunidad de ver la fotografía de aquel momento, me preguntan si es Miami o Acapulco, ya que a nuestras espaldas se puede apreciar el mar y las palmeras, y se sorprenden cuando les digo que no, que es un lugar tan familiar para quienes vivimos en la frontera, donde vacacionábamos de niños. Quizás Micky no lo conoció hasta que se presentó por primera vez, y lo más seguro es que sea un sitio desconocido para la mayoría de la gente. Les cuento que es un lugar donde el calor es sofocante en verano, pero que deja de ser atractivo en invierno cuando baja la temperatura. Mi historia ocurrió en primavera, por eso es que Micky aprovechó el sol del mediodía vestido todo de negro, con playera y shorts arriba de la rodilla y unos zapatos de playa.

A todo esto sus dos guardaespaldas no se acercaron, ya que seguían viendo las sillas playeras y estudiando el mejor lugar para colocar una para Micky. De repente se hizo el silencio, momento en el que reaccioné y pensé que había llegado la hora de retirarnos de allí. No iba a poderse alargar indefinidamente el encuentro, puesto que ya le habíamos saludado, comentado sobre el concierto, el lugar, etc. Seguía teniendo la cámara en mis manos, así que me armé de valor para pensar en la mejor manera de capturar esa situación para la posteridad, y de paso confirmar que no lo había soñado.

Con la mayor naturalidad, y tratando de mostrarme muy segura cuando en realidad estaba temerosa de romper ese instante de camaradería, le dije “Micky”, sí, como le dicen sus amigos, “¿me permites tomarte una fotografía?” y le mostré la cámara. Solo eso bastó para que en un santiamén tuviera a los dos guardaespaldas, uno a cada lado, diciéndome con voz muy fuerte  “¡No pictures!, ¡no pictures!”

Mi cuerpo, que de por sí vibraba de la emoción, tembló más del susto porque pensé que me aventarían al mar con todo y cámara. Les juro que pasaron muchas cosas por mi mente, pero… ¡oh sorpresa!, al buscar la mirada de Micky lo vi tan confundido e incómodo como yo. Y es que mi pregunta había sido dirigida a él y aún no contestaba, así que al verle, las voces de los guardaespaldas se esfumaron y él supo que esperaba su respuesta. Parecía como que lo estaba poniendo entre la espada y la pared, así que me dijo -esquivando mi mirada- que mejor le tomara fotos en el concierto que daría en la noche (él no sabía que no tenía boletos), a lo que le respondí que en concierto ya le había tomado muchas la noche anterior. Lo vi dudar, fue como si Micky hubiese querido decir que sí, pero Luis Miguel debía decir que no, lo vi confuso, creo que su mente le decía que desconfiara de mis intenciones, pero la sensación de camaradería que había tenido minutos antes, le indicaba que no había de qué desconfiar.

El momento en que intervinieron los guardaespaldas fue tenso, así que traté de aligerarlo con un comentario en tono de broma, “No pienso tomar todas las fotografías del rollo, solo una”. ¿Qué tanto era? ¡Nada! Y creo que causó efecto mi aclaración porque lo vi sonreír nuevamente y liberar la tensión del momento.

No me dijo nada, solo lo vi voltear hacia los balcones del hotel de manera discreta, y al ver que no había nadie más alrededor, se colocó lentamente a mi lado izquierdo. Big Daddy quedó detrás de nosotros, entonces Micky miró sobre su hombro y algo le susurró, palabras que hicieron que se retirara, por lo que entendí que era un sí.

Sentí su brazo alrededor de mi cintura, señal de que se había puesto en pose para la foto. Así que no me despegué de su lado, y solo estiré la mano derecha para darle la cámara al otro guardaespaldas. ¡Por Dios! alguien tenía que tomar la foto. El guardaespaldas me miró sorprendido, tal parece que nunca se había prestado a algo así porque definitivamente no era su trabajo, pero no le quedó otra opción. A partir de ese momento perdí la noción del tiempo y de lo que pasó con mi cámara, con decirles que después supe que fue Ricky el que tomó la foto, ya que el guardaespaldas no se animó.

Ese fue el instante en que tuve a Micky más cerca, así que coloqué mi brazo por detrás de su cintura como él lo hizo, solo que el mío temblaba en su espalda. No iba a perderme la oportunidad de voltearme a verlo teniéndolo a escasos centímetros, así que cara a cara le dije “No lo puedo creer”, instante en que sucedió algo que ni en sueños me lo hubiera imaginado. Como estábamos frente a un sol muy fuerte y no teníamos lentes, esa conjunción de cosas hizo que me lloraran los ojos, y justo cuando le dije que no podía creerlo él se sonrojó y esquivó mi mirada. Tal vez pensó que estaba llorando por la emoción, y como cualquier ser humano sensible reaccionó tímidamente. 

Jamás vi en él la imagen de prepotencia que muchos medios le atribuyen, ¡Sencillamente esa imagen no existe!

Volví a ver al Micky que conocí por televisión cuando empezaba su carrera, aquel que era transparente, que hablaba y no dejaba de reír, pero que también disfrazaba su timidez con el gesto característico de tocarse el cabello cuando cantaba. En ese momento sentí que era él mismo, y que yo quería y admiraba no a la imagen sino al ser humano, con defectos y virtudes, como todos, pero con una sensibilidad y emotividad a flor de piel, que explica su manera peculiar de interpretar las canciones. Ésta es la historia de cómo fue que Micky y yo posamos juntos en una fotografía.

Después de la foto nos despedimos de él, no sin antes agradecerle su hermoso gesto. Saludó a Ricky con un fuerte apretón de manos, y después tomó mi mano y besó mi mejilla. ¡Fue un sueño!

Regresamos rumbo al restaurante del hotel, y en el trayecto supe que Ricky me había tomado la foto, ya que me dijo que esperaba haberla tomado bien. Hasta ese momento nos presentamos, y resultó que éramos de la misma ciudad, con amigos en común, y que nuestros padres habían sido amigos en la juventud.

Al entrar al restaurante mis papás, que estaban atentos de todo lo que acontecía a través de los cristales, no daban crédito, ni los meseros y la gente del hotel, los que comentaban que tenían instrucciones precisas de no molestar ni dirigirse a Micky. Cuentan que cuando vieron que nos acercamos a él pensaron que los guardaespaldas nos detendrían, y que se sorprendieron aún más cuando se tomó una fotografía conmigo. Mi mamá me confesó que al escuchar esos previos comentarios llegó a pensar que podría regresar desconsolada si Luis Miguel se portaba inaccesible y me desilusionaba, pero por suerte fue todo lo contrario.

Después de ese encuentro mi admiración por él creció, y reafirmé la idea que tenía acerca de su forma de ser, ya que nunca compré la imagen de prepotencia que los medios se empeñaban en difundir.

Desde la mesa del restaurante pude ver a Micky tomando sol, platicando y riendo con sus guardaespaldas. Parecía divertirse al contarles algo que lo obligaba a realizar todo tipo de señas, y hasta llegué a pensar que podría estar comentándoles algo acerca de nuestro  encuentro. Aquel día ésa fue la última imagen que tuve de él. Luego terminamos de comer, pagamos la cuenta, nos despedimos de Ricky y salimos del hotel para ir a buscar las fotos del concierto.

En la entrada coincidí con dos de mis alumnas de la universidad que iban a ver si Luis Miguel estaba por ahí, así que les comenté que estaba tomando sol, y les sugerí que fueran al restaurante porque desde allí podrían verlo y tal vez acercarse. Cuando las vi de nuevo me contaron que trataron de acercarse pero que los guardaespaldas lo impidieron, y que no pasaron ni 5 minutos para que Micky se encaminara a la entrada del hotel en busca de una limusina que lo trasladara hacia algún lugar. Me pareció increíble que esos pocos minutos que Micky estuvo fuera sirvieran para que lo conociera ¿será esto lo que llaman sincrodestino?

Un momento en el tiempo que quedó para la posteridad de un encuentro tan natural, tan normal, tan simple, pero a la vez tan emotivo y tan especial. Un instante que quedó captado en una fotografía, la que se convirtió en un vínculo de complicidad cada vez que nos encontramos en un concierto, lo cual les contaré en otra ocasión.

Gracias a Dios por permitirme cumplir mi sueño, a  San Antonio por su intercesión, a Micky por su gran talento y por hacerme soñar, a Euge por animarme a contarlo, y a ustedes por permitirme compartirlo a través de su lectura

Termino mi relato con esta frase de un libro que leí hace unos años y de la que no me cabe la menor duda:

“Cuando una persona desea realmente algo, el Universo entero conspira para que pueda realizar su sueño.” (El alquimista.).-Paulo Coelho.

Yadira Maribel Corona

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