La ciudad de las luces

Maria Eugenia Cabral
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18 de octubre de 2011

La mañana del día 13 de septiembre nos encontró en la pintoresca ciudad de Burbank. Situada al norte del centro de Los Ángeles y conocida como “La capital mundial de los medios”, ya que muchas compañías de entretenimiento tienen su sede o instalaciones allí (Warner Bros, NBC Universal, Walt Disney, Nickelodeon, Cartoon Network y Teletton).

Al levantarnos emprendimos una nueva aventura, la cual comenzó con un rico desayuno en el hotel de nuestra querida amiga Paola de Chile. Siempre resultan extraordinarios nuestros encuentros y sumamente interesantes, dado que ella logra acaparar nuestra atención con sus cautivantes anécdotas.

Tomamos nuestro auto y nos trasladamos hacia las playas de Santa Mónica y Malibu. Al llegar, automáticamente nos descalzamos para sentir el roce de la arena en nuestros pies (para mí es una de las mejores terapias de relax). Intentamos imitar a Pamela Anderson en algún capítulo de Baywatch pero, además de no tener nuestro traje de baño colorado y a David Hasselhoff, nos faltó la figura esbelta y exuberante de la actriz. Aunque debo confesar que encontramos un magnífico reemplazo a David, unos cuantos años menor, que fue nuestro cómplice para las fotos. ¡Cómo nos reímos de nuestras ocurrencias! Además fuimos muy afortunadas de que el día nos acompañara con un sol radiante y una temperatura ideal.

Al regresar se nos antojó probar, por consejo de Pao, una rica hamburguesa de un famoso lugar de EEUU (el cual no tiene sucursal en Argentina). Dimos vueltas a todo Burbank y no dimos con el local, pese a que lo habíamos visto de pasada en la mañana. Entonces decidimos pedir ayuda a unos señores mexicanos que estaban conversando, los que muy amablemente nos dieron indicaciones para llegar a nuestro destino. Esta información lamentablemente no nos sirvió de nada, debido a que erramos el rumbo en algún momento, e inexplicablemente terminamos arribando al mismo lugar. Una vez más acribillamos a preguntas a las mismas personas que, ante nuestro insistente interrogatorio (seguido de nuestra imposibilidad de entendimiento), decidieron acompañarnos. Ni sé cómo llegamos aún a esta situación, pero cuando tomé conciencia, tenía a mi lado a dos desconocidos guiándonos directo al lugar de comida rápida (hubieran visto nuestras caras de susto por semejante extraña circunstancia, la que se nos había escapado de las manos). Gracias a Dios resultaron ser unas muy buenas personas que se apiadaron de nosotras, y que sólo intentaron ayudarnos a cumplir con nuestro deseo de degustar estas exquisitas hamburguesas (que bien valieron las peripecias que realizamos para llegar a ellas).

Y como dice el refrán “Panza llena, corazón contento”, luego de este rico almuerzo, felices dejamos a Pao en su hotel y nos dirigimos a lo que sería la última parada de nuestro tour: “La ciudad de las luces”.  

Tomamos la carretera cargadas de ilusiones por reencontrarnos nuevamente con Luis Miguel, y con el entrañable anhelo de compartir inolvidables momentos con muchas amigas de diferentes nacionalidades.

El camino que une Los Ángeles con Las Vegas nos regaló los más bellos paisajes, lo que hizo mucho más ameno el viaje de casi 5 horas.

Al caer la noche no dejábamos de observar el horizonte buscando ese reflejo de luz en el desierto del que tanto habíamos escuchado.

Llegando, desde lejos, ya pudimos divisar a los impresionantes hoteles. A medida que avanzábamos entrando en la ciudad de Las Vegas, se incrementaba nuestro nivel de asombro y estupefacción por lo que nuestros ojos registraban a cada paso. ¡Qué imponente lugar! Tanto por su belleza como por la magnitud de su infraestructura. Es un sitio que te obliga a quedarte en silencio o al menos sólo atinar a exclamar: ¡wow! seguido de un estado de admiración contemplativa.

La ciudad tiene una personalidad propia y arrolladora. Conocida además como “La ciudad que nunca duerme”, “La capital mundial del entretenimiento” y “La ciudad del pecado” (¿será por esto último el famoso dicho “Lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas”?).

Para la gran mayoría de sus visitantes es sinónimo de diversión y descanso, pero para nosotras en particular es sinónimo de Luis Miguel. Entiéndase entonces que para los fans, Las Vegas, se corresponde con felicidad, dicha absoluta, emotividad, amistad y hermandad.

Esta ciudad es la más grande del estado de Nevada. ¿Sabían que en el año 1844, Las Vegas formaba parte de México? Pues sí, pero en 1855 se anexó a los EEUU. Su nombre fue elegido por un español, llamado Antonio Armijo, el cual llegó al lugar recorriendo un viejo camino español desde Texas. En esas épocas, en algunas zonas bajas del valle, existían manantiales que creaban inmensas áreas verdes que contrastaban con el desierto que las rodeaba. De allí nació su nombre, ya que Vegas significa: terreno bajo, llano y apto para el cultivo.

En 1941 fue el año en que se inició la construcción de grandes hoteles con casinos, puesto que por el año 1931 se legalizó el juego y la ciudad comenzó a tener fama mundial.

Las luces que engalanan la ciudad, son las grandes estrellas de este mágico lugar, y nosotras no pudimos elegir mejor momento para realizar nuestra gran llegada triunfal. Es un espectáculo aparte el show que ofrecen las luces. Les juro que sus destellos encandilan y transmiten una sensación de éxtasis total.

Jamás me hubiera imaginado, ni en mis más lindos sueños, lo que fehacientemente es el hotel “Caesars Palace”: un epítome de lujo.

Abrió sus puertas allá por el año 1966 y se encuentra situado en el Boulevard Las Vegas. Bautizado bajo ese nombre porque su dueño quiso evocar la grandeza de Julio César. Su intención era que los huéspedes se sintieran como reyes en su palacio durante su estadía en el hotel. Por esta razón se llama Caesars Palace (palacio de los Césares) y no Caesar’s Palace (palacio del César).

Cuenta con 3.349 habitaciones en cinco torres: Augustus, Centurión, Forum, Palace, y Roman. 

Como les conté, habíamos reservado un hotel muy cerquita al Caesars, ya que ahí pasaríamos la mayor parte de nuestra estadía. Pasadas las 21 hs. llegamos a nuestra morada, y las ganas de conocer al gigante del Strip superaron nuestro cansancio.

Es impactantemente grande, soberbio y a primera instancia te apabulla. Ya con el correr del tiempo y las visitas, te das cuenta que no es tan difícil dominarlo.

Rodeando la manzana, con el objetivo de divisar el estacionamiento, algo nos hizo estremecer, obligándonos a suspirar profundamente: la gigantografia de Luis Miguel anunciando los conciertos.

Ya estando dentro, admito que me enamoré a primera vista de este majestuoso hotel. Su arquitectura, diseño y decoración es exquisita, fina y deslumbrante. Goza de una perfecta combinación entre lo bello del pasado y la tecnología moderna del presente.

Una de los momentos más emocionantes fue llegar al ingreso del “Colosseum”, parada obligatoria para una sesión fotográfica por parte de todos los fans,  y ver ahí la imagen de Luis Miguel.

Esos días previos a los shows nos dedicamos a recorrer el hotel para conocer cada uno de los rincones de este gran Imperio Romano. Allí pueden encontrar restaurantes y un patio de comidas que ofrecen múltiples menús para todos los gustos. Hay lugares para escuchar música en vivo y tomar algún trago, y uno para bailar con una gran terraza con vista al Strip. Tiene un Forum (mall de compras) donde se pueden encontrar las primeras marcas tanto de ropa, maquillaje, joyas, perfumes, zapatos, tecnologías etc. Por supuesto que el casino es uno de los puntos fuertes de este espléndido hotel.

El día 14 de septiembre, en nuestra visita nocturna al Caesars, nos encontramos con que habían colocado una bandera de México en su interior, hecha con hojas verdes y flores, en homenaje a la fecha que se aproximaba. Desde ese instante comenzamos a palpitar lo que serían los festejos de los días venideros.

Al regresar, esta vez por la mañana del día 15, el hotel nos recibió con otra grata sorpresa: un cartel inmenso en una de sus entradas que anunciaba las celebraciones por el día de la Independencia de México. En ese instante un torbellino de sensaciones me invadieron, lo que desencadenó en un estado de ansiedad inmanejable. Hubiese querido acelerar el tiempo para tener frente a mí a Luis Miguel dando orgullosamente el grito de Independencia, pero aún teníamos todo el día por delante.

Continuará…

Euge Cabral

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