Pupilas de gato

Maria Eugenia Cabral
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26 de julio de 2011


1989 no fue un año más en mi vida a raíz de una serie de acontecimientos. Uno de ellos, más que trascendental, fue mi tan esperada y anhelada fiesta de 15 años (abstenerse por favor de sacar cuentas de mi edad).
Tanto en mis tiempos como en la actualidad, es tradición festejar el momento en que dejas de ser niña para convertirte en una aprendiz de mujer adulta. Se celebra en una gran fiesta de etiqueta, con una entrada triunfal al gran salón del brazo de tu papá, ése que por aquel entonces es el único hombre importante de tu vida. ¡Qué no hubiera dado por que Luis Miguel me cantara aquella noche! ¿Se lo imaginan entonando las mañanitas e ingresando por la puerta principal con el traje blanco de “Fiebre de Amor”? Creo que si ese sueño se hubiera concretado, no estaría aquí escribiéndoles esta columna, pues mi corazón no hubiera resistido.
El otro gran evento del año por supuesto que fue la visita de Luis Miguel a mi país, y por consiguiente a mi ciudad, después de unos 3 largos años.
En mi provincia (estado) se realiza un festival multitudinario todos los eneros de cada año, en una bellísima ciudad serrana bajo el nombre de Cosquín. Este festival del folklore es el más importante a nivel nacional y se realiza desde el año 1961. Es una fiesta de luz y color, donde las grandes protagonistas son las danzas tradicionales y las canciones, que manifiestan el sentir y las costumbres de nuestra cultura. La cuota de humor no puede faltar en este tipo de celebraciones, y mucho menos en mi Córdoba querida, cuna de grandes contadores de chistes.
Aquel año, si mi memoria no me traiciona, se implementó el “Febrero musical” en la plaza Próspero Molina (lugar donde se encuentra el anfiteatro que cobija a tantas almas cada verano para disfrutar, como les contaba, de numerosas tradiciones). Mi felicidad fue plena, al conocer la flamante noticia, de que Luis Miguel sería una de las estrellas principales que engalanaría una de sus noches.
Desde ese momento, me comuniqué diariamente con la casa de discos, que en esa época se encargaba de la venta de boletos de grandes espectáculos, para lograr ser una de las primeras afortunadas en obtener asiento en primera fila.
Así fue como una tarde de febrero escuché las palabras mágicas, esas que tanto había esperado,
de boca del vendedor: “Venite, que en un ratito habilitamos la venta”. Salí de casa corriendo, subí al automóvil y le pedí al chofer (mi papi) que me llevara a máxima velocidad al centro de la ciudad (si de mí hubiera dependido pasaba los semáforos en rojo, estuve a punto de sugerírselo). Es que era de vida o muerte conseguir ese boleto en primera fila, iba a morir de tristeza si no lo obtenía. Gracias a Dios la cordura se apoderó de mí, y sólo miré fijamente al conductor y lo incentivé con unas pocas palabras: “Todo está en tus manos” (ahora que lo pienso debí decir también en tus pies ja ja). ¿No vayan a pensar que quería presionarlo con ellas no? ¡Porque estarían en lo cierto!
Llegamos al lugar y mi papá no alcanzó a estacionar, que abrí la puerta del auto y me lancé corriendo hacia el comercio. Con el poco aire que me quedaba en los pulmones, le pedí las entradas al vendedor, quién se dispuso a buscarlas (en esa época ya las tenían impresas, tan diferente a la actualidad). Tuve la gran fortuna de que me vendiera asientos en la segunda fila, no podía creerlo y tampoco dejar de apreciarlas en mis manos.
Ésta fue la primera oportunidad que tuve de ver a Luis Miguel tan cerquita, y rememorarlo humedece mi mirada y acelera mi corazón.
Recuerdo cada detalle como si fuera hoy. El show era un sábado por la noche, y desde tempranito ese día nos alistábamos (mis primos, mi hermana y yo) amenizando el gran momento con sus canciones. Éramos buenos cantantes, teníamos caminos recorridos en diferentes coros de la escuela, así que no sólo cantábamos al unísono, sino haciendo diferentes voces en la escala de notas. Salimos en viaje por la tarde a la capital del folklore (se encuentra a unos 62 kms. de la ciudad de Córdoba) llegando al lugar alrededor de las 20 hs.
Mi sorpresa fue encontrar el lugar repleto de personas adultas en su gran mayoría, algo que jugó a nuestro favor, porque ellos coparon nuestro sector, con la consecuente ventaja de poder pararnos en nuestros asientos y que Luis Miguel pudiera divisarnos fácilmente desde el escenario. ¿Me creen si les cuento que en primera fila, justo delante nuestro, había lugares vacíos y nuestra inocencia no permitió que los ocupáramos? Les juró que así fue.
Estaba muy ansiosa porque Miky saliera a escena, ya lo extrañaba demasiado y deseaba ver a ese niño que mi mente recordaba, desde nuestro último encuentro, convertido en casi todo un hombre.
Llegada la hora del comienzo del show un grupo de personas, vestidas con un overol blanco y gorra al mismo tono, chequeaban cada micrófono sobre el inmenso escenario y cada equipo de sonido para que todo saliera a la perfección.
Los músicos ocuparon sus lugares, se apagaron las luces, comenzaron los primeros acordes de “Cucurrucucu Paloma” y el grito ensordecedor de las fans delataba que el nivel de pasión y nerviosismo estaba en su máxima expresión. Mientras la intro sonaba, me llamó poderosamente la atención que las personas de overol continuaran controlando cada uno de los instrumentos, es más, había alguien de ellos viendo los cables pertenecientes al micrófono de Luis Miguel, que estaba en el centro, a escasos metros del público.
¡Oh my God! en ese preciso momento, en el que mi mente barajaba algunas posibilidades del por qué Luis Miguel no se presentaba ante su público, una explosión musical dio pie para que una persona de overol blanco, ésa que teníamos en nuestras narices, se arrancara este atuendo velozmente, arrojara lejos su gorra y dejara al descubierto un precioso traje gris y una cabellera dorada que se dejaba encantar por la brisa serrana. Era el mismísimo Luis Miguel, había logrado engañarnos con su disfraz, estando ahí desde el primer acorde, y nosotros sin siquiera percatarnos de ello.
Me quedé sin palabras, extasiada, al ver a mi Rey ya casi un hombre, tan lindo, exhibiendo su magnífico cuerpo trabajado en un gimnasio, y tan sensual con su pelo largo. Él era consciente de ello, y no dejaba de clavar sus pupilas de gato en cada una de nosotras, fulminándonos, hipnotizándonos, como dice la canción. Ésta fue la primera vez que mis ojos hicieron contacto con los suyos y si es cierto lo que dice el refrán, “Una mirada vale más que mil palabras”, espero haberle transmitido las mil sensaciones que se habían adueñado de mi cuerpo de pies a cabeza.
Mientras transcurría el espectacular concierto, no sabía a qué mago, hechicero o Dios invocar para que detuviera el tiempo. Es que “Busca a una mujer” es un disco de inmejorables canciones, cada una tiene su historia, son súper románticas, no por casualidad fue todo un éxito “La incondicional”, tema que sus fans adoptamos como himno.
Por más que intenté, nada pudo cambiar el destino, el reloj hizo de las suyas y el show finalizó. Ya no les cuento mi sentir porque es de público conocimiento.
Mis próximos días los viví en un valle de lágrimas, pensando en que pasarían dos, tres años, para su regreso. Pero el destino, con el cuál había cortado todo tipo de relación hacía unos cortos días, me tenía preparada una reconciliación. Por primera vez, Luis Miguel volvía a tan sólo 15 días de presentarse en Cosquín nuevamente a Córdoba, pero esta vez a mi ciudad. En palabras no puedo explicarles lo que fue para mí verlo dos veces en tan corto período, cuando pensaba en que transcurriría mucho tiempo para mi próxima cita.
El concierto se realizó en un famoso club de mi localidad, dueño de uno de los mejores equipos de básquet del país “Asociación Deportivo Atenas”. En esta oportunidad, si querías verlo cerca, había que animarse a estar paradas y apretadas, y ya saben que una vez que fuimos merecedoras de semejante beneficio, es inadmisible contemplar a Luis Miguel de otra manera. Allá me dirigí dispuesta a sumergirme en la marea humana, y ahora sí, sabiendo los pormenores del show, apenas todos se dispusieron a ocupar sus lugares mis ojos buscaron a Miky en cada persona de overol. Debo confesar que fue muy difícil (soy mujer) contener el deseo de gritar a los cuatro vientos, a la gente de mi alrededor, que Luis Miguel iba a sorprenderlas. Por respeto no lo hice, porque hubiera dejado de ser sorpresa, pero créanme que me costó y mucho.
No le perdí rastro desde que salió a escena, ¡qué buen actor resultó ser nuestro Sol! recorría el escenario inspeccionando el sonido sin que nadie lo advirtiera.
Esa noche la disfrute doblemente, sentí que era un bonus track, ya que días atrás ni en mis mejores sueños habría pensado en la posibilidad de verlo nuevamente.
Hoy, a 22 años, quiero agradecer a Luis Miguel el mantener intacta esa hermosa sensación de sentirme una adolescente cada vez que lo tengo enfrente. Por disparar un torbellino de emociones cada vez que lo escucho cantar o me adueño de una sensual mirada suya.

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