Las locuras más divinas que hice por Luis Miguel (Parte II)

Euge Cabral
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Queridos lectores, quiero compartirles mi más reciente colaboración para “El mundo de Regina”.

A medida que los años transcurrieron, en mi vida como fan, mis locuras se fueron acrecentando, fui animándome a más, y el relato de hoy es una clara demostración de lo que les cuento.

Si aún no han leído la primera parte, les dejo el link https://diariodeunafan.com/2021/03/05/las-locuras-mas-divinas-que-hice-por-luis-miguel-parte-i/

Continuando con el relato de aquellas locuras más divinas realizadas en nombre de lo que siento por Luis Miguel. En el año 2008 me atreví a salir de mi Córdoba natal para vivir conciertos en dos ciudades importantes de Argentina: Buenos Aires y Rosario. Estas nuevas experiencias las compartí con mis inseparables amigas, y fue algo tan único e irrepetible que nunca dejamos de hacerlo.

El presupuesto acotado me obligó a conducir unas 8 horas hasta Buenos Aires (a veces compartido con mi copilota), luego tocó volver porque el concierto siguiente era en Córdoba. Después de éste hubo que tomar nuevamente la carretera, unas 4 horas más, para llegar al cierre de esta minigira en Rosario.

Este último viaje fue realmente alocado porque fuimos y regresamos en el día. Algunas salíamos del trabajo alrededor de las 3 p.m., y había que viajar de inmediato porque no nos daban los tiempos.

Al llegar a la ciudad fue muy ocurrente y divertido tener que meternos todas juntas en el baño de una gasolinera para cambiarnos y maquillarnos para el evento. Luego del inolvidable concierto fue por demás agotador tener que retomar la carretera, cerca de la 1 a.m., para regresar a nuestros hogares. Pero lo hicimos felices con el corazón desbordando de emociones.

El 2010 fue un año verdaderamente inspirador por todo lo acontecido

Una mañana de agosto me llegó la noticia de su nueva visita el estadio Orfeo Superdomo. Pensar en verlo en el mejor lugar de mi Argentina me llenaba de ilusión, pero a la vez me preocupaba encontrar la manera de acceder a la mejor ubicación. No sabía si ésta iba a significar un esfuerzo sobrehumano. Efectivamente mi miedo se confirmó, porque estar a los pies de Luis Miguel dependió pura y exclusivamente de nuestro esfuerzo físico, de nada ni de nadie más. Pero corríamos con ventaja porque el año 2005 nos había dado la experiencia de acampar a la intemperie durante varios días, así que sabíamos del sacrificio a enfrentar.

Como todo antecesor tiene sucesor, ese año se nos adelantaron otras fans, ante la presunción de que íbamos a repetir aquella locura. Tuvieron la osadía de acampar 21 días antes del concierto, situación que me dejó boquiabierta y me obligó a movilizarme para ir a constatarlo con mis propios ojos. A pesar de no compartir tal decisión, porque nos parecía una locura con todas las letras, estas fans fueron merecedoras de nuestro respeto y admiración.

Les juro que con mi amiga Viviana consideramos acompañarlas en repetidas oportunidades, ya que al acercarnos a hablar con ellas nos contagiaron las ilusiones y el entusiasmo. Pero lamentablemente nuestras obligaciones laborales y familiares nos lo impedían.

Pero con el correr de los días no pudimos quedarnos tranquilas sabiendo que había mucha gente anhelando
formar parte de ese sueño, así que organizamos todo y ahí estuvimos, 8 días antes del show, acompañando a aquellas fans tan entusiastas.

Así comenzó la aventura…

Con la cancelación del vuelo de Anita, mi otra querida compañera de tour, quien vive en Buenos Aires. Pero a mi amiga nada la detiene a la hora de ver a Luis Miguel. Así que lo solucionó abordando el primer bus directo a mi ciudad. Un viaje programado de 55 minutos se transformó de pronto en una travesía de casi 12 horas, pero él todo lo vale. Vivimos días de intensísimo calor, 40º C a la sombra el fin de semana previo.

Luego, el mismo día de las peores temperaturas de nuestras vidas, se apoderó de la ciudad un viento huracanado colmado de tierra, arena, desperdicios y de un frío que cortaba la circulación. La tierra en el ambiente se esparcía violentamente cual tormenta en el desierto, que impedía que pudiéramos abrir los ojos. Con la consecuente posibilidad de salir despedidas a la estratósfera por la velocidad de las ráfagas de viento.

Euge Cabral

El día del concierto, provistas de un gran aliado, el sagrado protector solar, estuvimos bajo un intenso y sofocante sol. Aproximadamente a las 19 hs., del día 9 de noviembre, entramos pisando fuerte al estadio. Pero aún faltaba el último esfuerzo de la jornada, la estampida final por los pasillos, y un veloz descenso por una cantidad interminable de escalones para llegar en los pies del escenario.

Les juro que en esa corrida se pierde el aliento. La boca se seca, sientes que el corazón se sale del pecho, y las piernas pesan tanto que piensas que ya no te responderán por el cansancio acumulado. Pero una es consciente de que no debe detenerte porque el premio de estar agarrada a la valla no tiene precio. Al llegar a la meta ya se puede respirar hondo, suspirar y empezar a disfrutar ahora sí de todo lo que nos hemos ganado en buena ley.

… y el segundo concierto

Pero la aventura no se terminaba con el concierto, puesto que aún nos esperaba uno más al día siguiente. Con Anita fuimos a cenar. La gente se quedaba mirándonos como preguntándose qué camión nos había atropellado, pues después de tanta emoción y euforia nuestro semblante reflejaba el cansancio extremo y el dolor corporal. Luego de saciar el estómago nos dirigimos nuevamente a las afueras del estadio. A ese bendito acampe que nos conduciría a la segunda experiencia gloriosa con Luis Miguel.

Allí nos acomodamos en unas reposeras, nos abrigamos del frío cubriéndonos con mantas. Pese al miedo por pasar una noche más desamparadas como vagabundas, soñar con sus ojos verdes, con su sonrisa, recordar lo que habíamos vivido horas atrás nos dio el coraje que necesitábamos.

Saben a qué me refiero cuando quiero expresar que nada se compara a esa sonrisa cómplice, a su mirada seductora, y al gesto de señalarte cuando se percata que estás en la misma ubicación que la noche anterior. Definitivamente es su manera de agradecernos, y en ese mágico instante te repites cientos de veces: “Todo, absolutamente todo, valió la pena y más”.

Luis Miguel

Cuando tenemos que comprar tickets para los conciertos es otra verdadera locura, pero trabajamos en equipo y eso nos da un poquito de ventaja. Contamos con una cierta cantidad de personas, hijos, amigos, sobrinos, maridos, compañeros de trabajo, etc., unos al teléfono y otros al teclado en sus respectivas computadoras o teléfonos móviles, todos entrenados por nosotras para conseguir, apenas se habilite la venta, las mejores ubicaciones. Cabe destacar que a veces nos toca estar en el trabajo, así que la adrenalina se duplica porque hay que intentar que no nos descubran.

El siguiente paso consiste en una comunicación grupal, pues hay que hacer un recuento de las entradas obtenidas (retenidas) y concretar la operación con las mejores locaciones. Nuestros afectos conocen lo que significa Luis Miguel en nuestras vidas, y este gesto es un acto más de amor hacia nosotras.

Cumpliendo mi sueño

Con el pasar de los años fui empapándome de relatos de los fans que habían tenido la oportunidad de asistir a los conciertos de Luis Miguel en Las Vegas, y las ansias de poder concretar ese gran anhelo eran cada vez mayores. En el año 2011 decidí doblar la puesta e ir tras ese sueño que alimenté durante varios años. Por supuesto que no fui sola, no solo porque era un deseo compartido con mis amigas del alma sino porque sin ellas nada es igual.

Esta fue una locura con todas las letras porque no contábamos ni con pasaporte, ni con una visa que nos permitiera ingresar a EEUU. Aquel viaje comenzó en una servilleta, sí, así como les cuento, pues estábamos cenando en un restaurante, mis amigas y yo, y fue una servilleta la que se convirtió en nuestra hoja de ruta. Allí plasmamos un tentativo itinerario, los posibles gastos, y en listamos la documentación necesaria para viajar.

Recuerdo que teníamos un presupuesto muy acotado, que no teníamos los tickets para los conciertos, pero eso no truncó nuestras ilusiones. Con el correr de los días esta linda locura fue tomando color, se allanaron caminos y a fines de junio, de un día para otro, nos dispusimos a sacar los pasaportes. Luego vendría la siguiente instancia, de la cual dependía nuestro viaje, había que obtener las visas para ingresar a EEUU.

Las personas que contacté, para averiguar sobre este trámite, no dejaban de aseverar que ya no teníamos tiempo si queríamos viajar en septiembre. Pero pude comprobar que cuando las cosas tienen que darse, se sortean todos los obstáculos inexplicablemente y se definen en forma positiva.

El proceso

Una mañana me llegó el teléfono de una persona que podía conseguirnos cita para las visas, mucho antes de los tiempos que estábamos manejando, por lo que sin titubear recurrimos a él. Así fue como un día de agosto nos encontró en la embajada de EEUU con nuestra ansiada entrevista. Todo salió conforme a lo esperado, y la felicidad empezaba a invadir nuestro ser tras obtener ese pasaporte directo a Las Vegas.

Aún no caía en la hermosa realidad que estaba por vivir. Confieso que ese día, en que tuvimos los pasajes en mano, coincidió con el momento en que dejé de tener los pies sobre la tierra. Una emoción muy fuerte e intensa colmó nuestros corazones al sacar cuentas y tomar conciencia de que estábamos a menos de un mes de los conciertos.

Con Anita pasamos muchas horas frente a la computadora buscando hoteles, puesto que para esas alturas todo en Las Vegas estaba ocupado, y deseábamos encontrar un lugar lo más cercano posible al Caesars Palace (sitio donde se presenta Luis Miguel, en el que pasaríamos la mayor parte de nuestra estadía). Por suerte, el trabajo dio sus frutos y pudimos conseguirlo.

La llegada a Las Vegas

Por esos días no estaba en nuestros planes asistir a otros conciertos. Pero una noche, al conocer la noticia de que nuestras queridas amigas Marthita Codó y Lucy Gómez Sánchez estarían en San Bernardino, nos vimos tentadas porque casualmente íbamos a aterrizar en la mañana del mismo día del concierto de Luis Miguel en aquella ciudad.

Averiguamos distancias en Internet, y nos encontramos con que sólo debíamos viajar 4 horas. Lo meditamos mucho, era de locos bajar del avión, tomar un automóvil, y lanzarnos a la carretera hacia el lugar del show. Además,
no dejábamos de pensar que iba a ser nuestra primera vez en ese país, y que seguramente nos íbamos a sentir un poco limitadas por el idioma, lo que podría retrasarnos mucho. Pero por fortuna la cordura no se apoderó de nosotras, ya que era inconcebible para nuestra razón y corazón el pasar la noche de ese domingo en Las Vegas sabiendo que podíamos cumplir otro deseo: ver antes a Luis Miguel, conocer por fin a Marthita, y abrazar nuevamente a Lucy.

Así fue como llegamos a la ciudad de Las Vegas, arrendamos un auto y nos dirigimos con el tiempo más que contado a la ciudad de Ontario, lugar donde pasaríamos la noche después del concierto (esta pequeña ciudad está al lado de San Bernardino).

Euge Cabral, Ana Freijo y Viviana Ramírez

Nuestra gran travesía comenzó el viernes 9 de septiembre

Día en que con mi gran amiga Vivi nos dispusimos a salir, por la noche, de la ciudad de Córdoba. A primera hora del sábado, Anita estaba esperándonos para que juntas aguardáramos el momento de abordar aquel avión rumbo la primera parada de nuestro viaje. Fue un vuelo con bastante turbulencia, debo admitir que después del 11 de septiembre del 2000 me volví temerosa de este medio de transporte. Cada vez que se movía violentamente pensaba: “Miky, ¡Cómo te tengo que querer para estar aquí arriba!” esto, con el agregado de que estábamos viajando la madrugada del 11 de septiembre, tras cumplirse 10 años del tremendo atentado a las Torres Gemelas y con múltiples amenazas de actos terroristas. Fue una gran prueba de amor hacia Luis Miguel, así lo sentí particularmente.

Al aterrizar en Houston tuvimos que hacer los trámites administrativos de rigor contra reloj, ya que nuestro siguiente vuelo despegaba a la hora y media. Nos encontramos con que sólo había 3 cabinas y una
cantidad enorme de pasajeros a la espera de poder ingresar a EEUU. Se los resumo, ¡Perdimos el vuelo a Las Vegas! No nos quedó otra opción que esperar por el siguiente, y desear poder reencontrarnos con nuestras maletas que se habían ido en el vuelo correcto. Además nos preocupaba el hecho de que ya teníamos en contra casi 2 hrs., y debíamos llegar a la ciudad de Ontario para prepararnos para el concierto.

En el aeropuerto de Las Vegas rastreamos nuestro equipaje, arrendamos el auto lo más rápido posible, y luego tomamos la carretera hacia la ciudad que nos albergaría esa noche.

Pensar en tener en unas horas a Miky frente a frente era algo que no me lo hubiera imaginado meses atrás, y el poder compartir este gran momento con amigas fans que habían viajado desde México, Chile, El Salvador, Perú y diferentes partes de EEUU lo hacía la cita perfecta.

Arribamos al hotel a las 18:30 hrs. y el concierto comenzaba a las 20:00 hrs., por ende, tuvimos poco tiempo para alistarnos.

El gran encuentro

Fue una grata sorpresa y una profunda emoción que, al llegar a nuestra habitación, se abriera la puerta contigua y se asomara Lucy para recibirnos. Nos fundimos en un abrazo interminable mientras mis ojos no podían creer tener frente a mí, por fin, a Marthita. Hubiese querido detener el tiempo en ese instante, pero no había que perder ni un minuto, el momento de la charla debía esperar.

Euge Cabral, Martha Codó y Lucy Gómez Sánchez

El esperado concierto

Nos arreglamos en un santiamén y velozmente partimos hacia el estadio de San Bernardino. De camino nos percatamos de que no teníamos la dirección exacta, ni en los boletos, ni en ningún papel que poseyéramos,
y ahí fue cuando la desesperación se apoderó completamente de nosotras. Dimos muchas vueltas, preguntamos, hasta que pudimos dar con el lugar que estaba en medio de la nada. Fue muy difícil llegar, tuvimos que caminar en la tierra muchísimos metros, ya que donde nos obligaron a aparcar el auto estaba muy retirado de la puerta de ingreso.

El relieve era muy inestable, fue una verdadera travesía llegar sanas y salvas con nuestros tacones que no dejaban de enterrarse a cada paso.

Nada iba a detenernos, somos aguerridas como decía Marthita, y contra viento y marea íbamos a estar a la hora del concierto. El lugar estaba abarrotado de mexicanos que no podían dejar de preguntarme si era Argentina por la bandera que portaba. Nos recibieron muy lindo, estaban orgullosos (yo mucho más) de que les contáramos que habíamos viajado tantos kilómetros para ver a Luis Miguel y celebrar su Independencia.

Les juro que no sé cómo logramos estar en pie en el concierto, ya que nuestros cuerpecitos sentían la fatiga del viaje y de la diferencia horaria. Tomamos conciencia de que el concierto iniciaba a las 8 p.m., pero en realidad nuestro reloj marcaba las 0 a.m. de Argentina, con el agregado de que habíamos dormido 9 horas en total, en esos casi dos días de viaje. Pero la adrenalina y la felicidad absoluta que nos provoca disfrutar a Luis Miguel en cada concierto al que asistimos nos mantuvo en pie.

Ese momento único en el que irrumpe en el escenario es inigualable, esa noche fue la inyección de vida que nos hizo renacer por completo, dejando atrás el cansancio del viaje, la diferencia horaria, la falta de sueño etc.

Continuará…

Euge Cabral

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