“Este amor siempre irá contigo”

Maria Eugenia Cabral
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Lamentablemente, una vez más, debo iniciar mi columna hablando sobre catástrofes naturales. Estos días han sido muy difíciles para el pueblo de Puerto Rico y México, pero fundamentalmente para éste último porque no había alcanzado a sobreponerse de un importante desastre con epicentro en Oaxaca y Chiapas, cuando fue severamente castigado por otro de mayor envergadura. Los habitantes del mundo entero sufrimos junto a ellos la pérdida física de una cantidad considerable de personas, la incertidumbre y angustia de saber que algunas de ellas yacen vivas bajos los escombros, y nos hemos emocionado entrañablemente ante cada uno de esos rescates. Esta tragedia no solo ha unido al mundo entero en oración sino que ha movilizado a muchísimos países, quienes han enviado representantes especializados para colaborar con las tareas de rescate y reconstrucción, y además se han organizado para enviar artículos de primera necesidad a los innumerables centros de acopios que surgieron espontáneamente. En lo personal siempre he admirado profundamente al pueblo mexicano, y estas son las ocasiones en las que veo renovado y acrecentado ese sentimiento ante las incesantes demostraciones de unidad, fortaleza, heroísmo, caridad y solidaridad de su gente. Sin dudas Luis Miguel ha sabido transmitirme este amor, respeto y admiración por su tierra y por su pueblo, con decirles que la siento como una segunda patria. Hoy todos nos sentimos parte de México y Puerto Rico, los países más afectados por la fuerza de la naturaleza, razón por la cual queremos comprometernos y sumarnos, con lo poco o mucho que podamos, al bienestar de quienes más lo necesitan. Ojalá la Pachamama nos otorgue una tregua que nos sirva para recapacitar y actuar en consecuencia. Mientras tanto deseo enviarles fortaleza a las personas que perdieron sus seres queridos, como así también a quienes se vieron despojados de sus bienes. Que Dios cuide y proteja a las zonas más vulnerables del mundo.

Siempre es bueno distraer las preocupaciones por un ratito, y no hay plan mejor que leer el último capítulo del relato de Fanny, quien vivió junto a Luis Miguel una historia que superó ampliamente las fantasías del alma de todo fan. Que lo disfruten tanto como yo:

1995 ya me había otorgado una de las mayores felicidades en mi existencia, pues lo ocurrido en agosto no tenía precedentes. Aquel año me demostró que todo es posible y que los sueños se hacen realidad, y que el único secreto está en las ganas de lograrlos. A esas alturas pensaba que lo vivido con Luis Miguel cubría la cuota de mi vida entera… no, ¡no es cierto! siempre quería más, solo era un pensamiento acorde a la razón.

Mi cumpleaños es en el mes de octubre, y justo en aquella semana me tropecé con un anuncio a 8 columnas en un diario de Veracruz que decía: “Luis Miguel en concierto”, estadio Pirata Fuentes, 1 de Diciembre de 1995. ¿Mi suerte? ¡No podía ser mejor! Iba a presentarse en mi tierra y con mi gente.

Salimos como locos por nuestros boletos, compramos con varios amigos y conocidos para estar todos juntos, y alcancé fila 3, así que estaba encantada con mi lugar. La espera se hizo eterna, contaba los días, las horas y los minutos, y por supuesto ya tenía listo el outfit con anticipación, pues el estadio requería una vestimenta totalmente diferente, el que consistía en un pantalón de mezclilla, unos tennis (zapatillas) y mi playera LuisMiguelera, preparada antes que cualquier cosa. Como era viernes y tenía que ir a la universidad, una de mis primas, Gaby Ochoa, se fue de avanzada. Llegó y se apostó en la fila, aunque ciertamente no había ninguna razón para hacerla ya que los boletos estaban numerados, pero había que calmar la ansiedad de querer estar allí. De mi casa iba mi mamá, mi hermano, mi prima Karla, mi tía Queta y mis primas Gaby, la pequeña y la mayor que fue previamente al estadio para comenzar esta aventura. En la fila nos encontramos con amigos, Yolanda y Alfredo, los que de verdad terminaron formando parte de la familia. Las horas pasaban y las puertas del estadio no se abrían, como siempre, dejan todo para último momento. Cuando por fin se hizo la apertura, cerca de las 7:00 pm, la ansiedad contenida desembocó en un verdadero caos, lo que provocó que la gente se empujara y lastimara unos a otros, por lo que mi hermano se puso muy nervioso (debo decir que estaba muy chiquito) y sacó a mi mamá de la fila. Ella me gritó que no me preocupara, que fuera y me adelantara. De inmediato vi entre la multitud como ella y mi hermano salían de esa turba incontrolable, así que ya más tranquila en ese aspecto fijé mi objetivo y no lo abandoné, seguí hacia adelante con mis primos y mis amigos entre empujones, palabrotas, pellizcos y todo lo que conlleva estar en una situación como ésa.

Cuando logré llegar a la cancha del estadio corrí como loca desbocada, pero al arribar a mis lugares me di cuenta que estaban ocupados… ¡Todo era catastrófico! Después haber leído mi relato como se imaginarán no me quedé de brazos cruzados, con la adrenalina que traía fui y enfrenté a la empresaria con un agudo y notorio malestar. Me exalté con justa razón e hice valer mis derechos, quería mis lugares y no me importaba que hubiesen sentado ahí al presidente municipal y a su familia. Ardía de coraje, por eso le grité todo lo que traía en el repertorio a la responsable del evento. Mi madre, que ya había ingresado al estadio y que desde donde estaba pudo divisar a su escandalosa hija, se apresuró para calmarme con la tranquilidad que la caracteriza –era la única que podía hacerlo en ese momento. Mientras continuaba empecinada con mi reclamo, escuché a lo lejos mi nombre, y qué sorpresa me llevé cuando me percaté de que el grito venía desde el escenario. Se trataba de uno de los músicos con los que había convivido en Acapulco, él se acordó de mí y me hizo señas para que me acercara, razón más que valedera para dejar mi pleito en un segundo plano. Al acercarme me preguntó: “¿Tienes algún problema? Tu papá viene con Micky”. ¿Qué?, ¿Mi papá?, ¡Por qué no me lo dijo!, respondí.  Le conté acerca de mi problema con los boletos y de inmediato lo solucionó diciéndome: “Tú y tu familia siéntense donde quieran”. Así que acomodé a toda mi gente en primera fila, en el costado izquierdo, y ya no hubo fuerza humana que nos quitara de allí. Por supuesto que, en 2 ocasiones, una señorita se acercó para pedirme que dejásemos aquellos lugares libres,  a lo que muy amablemente respondí que con todo gusto, siempre y cuando desalojara a quienes estaban en nuestros asientos. Otro amigo que estaba en seguridad se quedó con nosotros para cuidarnos, así que eso me tranquilizó muchísimo.

Cuando las luces del estadio se apagaron alcancé a divisar esas figuras que conocía desde lejos… eran mi papá y Luis Miguel, ¡Venían juntos detrás del escenario! A este hombre (mi papá) no le importó que yo estuviera en plena batalla campal con la empresaria, él iba muy feliz por la vida acompañando a Luis Miguel.

Con los primeros acordes enloquecí como la primera vez, lloraba con cada canción, con cada melodía que me hacía recordar y revivir un sinfín de emociones, y qué felicidad estar rodeada de gente que sabía de mi cariño por él. Mi madre Fanny lo veía con mucha atención, cantaba sus éxitos, tomaba mi mano y me secaba las lágrimas de vez en cuando… ella conocía perfecto mi sentir, porque desde joven fue (y sigue siendo) fan de Elvis Presley, y su máximo sueño hubiese sido ir a uno de sus conciertos. Al término del show mi papá partió con él -sí, sin mí- y nosotros a casa. Mi Sol se había hospedado en un hotel que estaba recién inaugurado, y mi papá me avisó que se quedaría hasta el domingo. En todo momento estuvo con él, fueron a la playa y salieron de paseo, fue un fin de semana intenso y extraordinario. El sábado por la noche le pedí que se llevara mi última foto con Luis Miguel (la que me había tomado en Acapulco), y le pidiera que por favor me la firmara. Creo que a esas alturas estaba resignada a no verlo, así que la misión consistió en lograr un autógrafo.

Con la llegada del domingo mi papá salió muy temprano a comprarle unos antojitos típicos para desayunar, y como aún no tenía novedades de mi foto le pedí que preguntara. Pasado el mediodía me llamó a casa y me dijo: “Vente con tu mamá y tu hermano para que se despidan”. Como sospecharán, antes de que la frase terminara estaba arriba del carro con mamá, mi hermano y mi prima Gaby Linares. Emprendimos el camino y mientras tanto interrogaba a mi madre, ya que deseaba saber si estaba emocionada ante la alta probabilidad de conocerlo. Ella me expresó su sentir con estas palabras: “No, para nada, canta muy bonito pero hasta ahí. Yo no estoy como tú, deja que lo vea para preguntarle ¿Quién se siente?” –yo la escuché atentamente y no quise contradecirla.

Al llegar al hotel nos estacionamos, bajamos del carro, y nos estaba esperando mi papá para llevarnos al piso donde se encontraba la suite. Sobra decirles que me sudaban las manos, y el corazón me latía como locomotora descompuesta. Mi papá me entregó la foto y la cosa se puso peor, porque mis ojos emocionados leyeron: “Besos Fanny, Luis Miguel”. Una pluma color plata, con su nombre y el mío, representaba que había visto la foto.

Finalmente, y en medio de mi locura, llegamos a la esquina de un pasillo desde donde podía observar la puerta de su habitación. Mi mamá, mi hermano, mi prima y yo nos quedamos esperando para verlo, pese a que nos dijeron que estaba de muy mal humor y que no era seguro que nos atendiera. A salir de su cuarto lo hizo con la mirada hacia el piso y, aunque estábamos lejos, desde allí se podía percibir su enojo. A su lado venía una persona de su equipo de seguridad que algo le estaba comentando. Mi mamá no tardó en decirme: “¡Uh! viene enojado”. En ese momento levantó la mirada y esbozó una de las más bellas sonrisas que habían visto mis ojos, caminó hacia nosotros y se detuvo frente a ella. En ese instante su guardaespaldas le dijo: “Señor, ella es la esposa del comandante Freda”. Mi mamá lo miró de una forma que a él le hizo mucha gracia y comenzó a reírse, es que como era de esperar ella se quedó sin palabras y solo pudo decirle: “Mijito, que bonito cantas, que Dios te bendiga”, mientras le acariciaba las manos y no dejaba de observarlo ni un segundo… ¡Mi madre no parpadeaba! Cabe destacar que con la cara de mi madre hasta su mal humor pasó al olvido, así que saludó a mi hermano, a mi prima le dio un beso y un abrazo, y cuando me tocó el turno me dijo: “!Qué bueno verte! ¡Qué hermosa foto nos sacaron! En la próxima oportunidad nos tomamos otra”. Solo pude decirle gracias por todo, que se cuide mucho, y que esperaba verlo muy pronto.

Cuando se fue mi mamá estaba como en shock y yo sabía que eso iba a pasar, así que me le acerqué y le dije: “¿Y? ¿Qué fue de todo eso que ibas a decirle? Eso que te pasó es el efecto que provoca su cercanía, es algo mágico”. Sin dudas que ese momento que vivimos fue increíble, pero que la mujer que me dio la vida experimentara las mismas sensaciones que yo, no tenía precio. Hoy mi mamá es LuisMiguelera y su fiel defensora.

Esa fue la última vez que pude darle un beso, un abrazo y admirar de cerca esos hermosos ojos verdes. A partir de ahí he tenido mucha suerte de verlo en conciertos en el Auditorio Nacional, en Veracruz, Puebla y Xalapa, pero ya solo como espectadora, siempre disfrutando de su presencia y anhelando su regreso.

Fanny

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