Descubriendo la magia de Luis Miguel en el Auditorio Nacional

Euge Cabral
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Amanecí en Querétaro con la sensación de que lo vivido, la noche anterior, había sido un sueño. Pero ahí estaba mi rosa blanca en la habitación, para disipar cualquier duda y dar fe de lo sucedido.

Aunque estuvimos tentadas a remolonear un rato en la cama, puesto que habíamos dormido tan sólo unas pocas horas, el deber ganó la pulseada y partimos de regreso a Ciudad de México. La anfitriona y conductora designada para este viaje, Martha Codó, tenía prisa porque debía llevar adelante el programa radial, del Club Oficial Contigo a la Distancia que preside, y nosotras estábamos invitadas a participar.

Les cuento que fue un capítulo aparte, al menos para mí, pensar en cómo trasladar la rosa que recibí de manos de Luis Miguel para conservarla intacta. No pude embalarla con el equipaje por miedo a dañarla, así que viajé con ella en el habitáculo del automóvil. Mis pertenencias habían pasado a un segundo plano a partir de este regalo, y ya nada me importaba, iba a proteger este tesoro como a mi vida misma.

Contra viento y marea, mejor dicho batallando con el tráfico de locos en la carretera, llegamos a tiempo para comenzar el programa. Fue un momento divertido en compañía de la hermosa audiencia que los sintoniza cada semana, oportunidad que aprovechamos para relatar, con lujo de detalles, lo acontecido en el concierto.

El viaje, las corridas, los nervios por cumplir el horario, y la adrenalina de un programa en vivo nos abrieron el apetito, así que fuimos a recargar energías a un conocido centro comercial de Reforma, donde nos reunimos con otras fans, una de ellas de Chile. Estaba encantada con la gastronomía, así que no cuidé ni un poquito mi silueta, y me dediqué a probar los manjares culinarios mexicanos.

Llegada la hora del check-in nos trasladamos hasta el hotel, para dejar nuestro acaudalado equipaje –a esas alturas ya contábamos con recuerdos de México- y manejarnos más livianas.

¿Quién diría, años atrás, que me hospedaría justo enfrente de ‘El Palacio de Bellas Artes’? sitio sumamente especial porque sirvió de escenario para que Luis Miguel grabara el videoclip de la canción “El día que me quieras”.

Nuestro itinerario continuó, casi entrada la noche, con la visita a un restaurante situado en el corazón del bosque de Chapultepec. Quedé impactada con el lugar porque lejos estaba de imaginar que, en la cuarta ciudad más poblada del mundo -según el informe de la ONU-, la que cuenta con casi 21 millones de habitantes en su área metropolitana, puedes encontrar un oasis que te devuelva la paz que perdiste frente al caos vehicular y las obligaciones laborales. Déjenme contarles que llegar a ese lugar es como entrar en otra dimensión, porque la naturaleza del bosque te envuelve, te atrapa, y el silencio que reina alrededor te invita a relajarte y a conectar con tu interior. Desde las instalaciones del restaurante se puede apreciar el imponente lago, el que le da vida a una inmensa fuente de aguas danzantes que va cambiando de color. Está de más decir que disfruté al máximo del lugar y de la bella compañía.

Antes de terminar el día me ocupé de dejar listo el libro con las columnas que le llevaba de regalo a Luis Miguel. Mi intención era entregárselo en mano, en el concierto del día siguiente, deseo que venía alimentado desde siempre, pero que aún no me había atrevido a concretar.

En la mañana despertamos con ganas de conocer el centro histórico de la ciudad, así que tomamos nuestras cámaras fotográficas y nos dispusimos a visitar el Palacio de Bellas Artes, la Catedral, el Palacio Nacional y el Templo Mayor. Desde que comencé el recorrido sentí la emoción a flor de piel, porque estaba descubriendo la historia, la arquitectura, la cultura, la gastronomía y las costumbres de los mexicanos por mí misma, sintiéndome una más de ellos.

En pleno tour me sorprendió un querido amigo y fan, William, a quien tuve por fin el gusto y honor de conocer. Él nos acompañó hasta el zócalo así que, sin quererlo y sin planearlo, tuvimos al mejor guía de la ciudad.

El tiempo se nos esfumó, en el museo del Templo Mayor, alfabetizándonos -de primera mano- sobre el patrimonio prehispánico y colonial de México.

Al regresar había que alistarse sin pérdida de tiempo, pues teníamos la primera cita con Luis Miguel en el coloso de Reforma. Creo no equivocarme al afirmar que los fans de ‘El Sol’ tenemos dos sueños en común. El primero es tener la oportunidad de conocerlo, en un ámbito diferente al concierto, para decirle todo aquello que sentimos mirándolo a los ojos, y sellar el momento con un abrazo. El segundo anhelo es presenciar un show en el recinto que siente como su casa, el Auditorio Nacional.

Partí cargada de ilusiones dispuesta a dejarme sorprender por el destino. Al arribar me quedé paralizada observando la imagen del imponente Auditorio Nacional, mientras muy a mis adentros me repetía “Por fin estoy aquí, gracias Dios mío”. Fue toda una travesía subir las escalinatas que conducen hasta las puertas de ingreso, puesto que mi cuerpo entero no paraba de temblar por la euforia del momento. Durante el trayecto, e incluso dentro del recinto, coincidí con fans con las que tengo contacto casi a diario a través de las redes sociales, como es el caso de Isabel Santa Ana, y me sentí la persona más dichosa del lugar.

Cuando me encontré con el escenario ya no pude contener mi emoción, y las lágrimas le ganaron terreno a mis mejillas. No fui capaz de creer la imagen que me devolvía mi mirada, pues a pesar de que siempre supe que en el Auditorio Nacional existía la posibilidad de tener más contacto con Luis Miguel, por las características del escenario, la realidad superó ampliamente mis fantasías. Estuve media hora estirando mi brazo –una y otra vez- para constatar que podía tocar el escenario, tratando de que esta acción me convenciera de que a esa distancia lo tendría ante mis ojos. ¿Les cuento algo más? No había valla que nos separara, y el escenario estaba apenas a un metro del suelo.

Minutos antes del comienzo del concierto ingresaron a la sala su hermano Alejandro y su hermosa novia, mostrándose siempre tan amables y predispuestos a saludar a los fans. No hay vez que no me emocione tenerlos cerca, porque soy testigo de cuánto disfrutan la voz de Luis Miguel, de cuánto gozan coreando y bailando sus canciones. Es conmovedor ver cuánto lo apoyan y acompañan cada noche… y es que no hay mejor combustible para el alma que el amor de la familia.

En punto de las 21:35 hs. ‘El Sol’ irrumpió en el escenario ante un público que lo ovacionó de pie. Realmente el Auditorio es especial para él, se percibe en su dominio del escenario, en sus soberbias interpretaciones,  y en el contacto permanente que genera con sus fans.

Me la pasé cantando y bailando abrazadita a mi libro, el que paciente esperaba el momento de partir junto a su dueño. Todo el mundo estaba expectante de que llegara ese instante, me lo hacían saber permanentemente con gestos, y eso le ponía una cuota extra de nervios al estado de ansiedad que me embargaba.

Debo confesar que Luis Miguel me inhibe -ya sé, les cuesta creerlo pero es la pura verdad-, que me quedo admirándolo cuando lo tengo enfrente, y que no me animo a encararlo con ningún propósito. Siento que estaría interrumpiendo su interpretación, desconcentrándolo, y no es lo que deseo, pues mi prioridad es respetarlo al máximo. Ante todo lo expuesto, comprenderán que se me hizo muy difícil armarme de valor para entregarle el libro. Pero me decidí en el preciso instante en que pensé que esas páginas eran las portadoras del amor de sus fans, y por ende él debía tenerlas. La primera vez que intenté entregárselo no pudo verlo, algo bastante lógico si piensan que cuando se acerca al público hay miles de manos queriendo contacto. El segundo intento fue todo un éxito, ¡Jamás olvidaré su expresión al verlo!

Esto y mucho más se los cuento próximamente y, por su paciencia, prometo ilustrar el momento, que acabo de relatarles, con un video que dejará al descubierto esta escena con lujo de detalles y en alta definición.

Euge Cabral

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