Luis Miguel: el puente entre nuestras historias (Parte I)

Euge Cabral
Sigueme
Últimas entradas de Euge Cabral (ver todo)

Hola queridos lectores. En esta primer columna del año, quiero desearles un feliz 2026, ojalá sean 365 días repletos de felicidad, tiempo de calidad con nuestros seres queridos, paz en el mundo, salud, trabajo y muchísimos sueños hechos realidad.

Anduve un poco perdida porque mi fin de año se presentó extremadamente movido, lo que incluyó un par de viajes, examen final de inglés, presentación de coreografía en la academia, cierre del periodo lectivo con la consecuente toma de exámenes, y, por supuesto, las fiestas decembrinas. Pero ya estoy de vacaciones, y con muchísimas ganas de compartirles mi última aventura, días en los que viví momentos entrañables con maravillosas personas, pero también algunos contratiempos que le otorgaron una adrenalina especial al viaje.

Mis andanzas me llevaron esta vez hasta la madre patria, ya que solo había tenido una brevísima estancia en mi viaje anterior. La idea era regresar, aprovechando los días feriados en Argentina, para recorrer el interior de España que no conocía. Sabiendo que el avión iba con bastante disponibilidad, recuerden que vuelo con un beneficio sujeto a vacantes, me animé a organizar algunas quedadas (como les dicen allá a las reuniones) en diferentes ciudades. Contaba con 8 días, aunque en la práctica solo eran 7, porque cruzar el charco me roba uno de ellos. Para las reuniones conté con la valiosa ayuda de Verito Monetta, una fan de Luis Miguel de hueso colorado que es argentina, pero reside en España desde hace más de 20 años. Ella es increíblemente organizada para estas cosas, así que le pasé la posta, y le agradecí muchísimo que se tomara el tiempo de coordinar dichos encuentros.

En lo personal tenía muchas ganas de conocer el interior de España, y compartir con fans de cada una de las ciudades. Lamentablemente mi viaje era demasiado breve para trasladarme a todos los sitios que soñaba, así que tuve que sentarme, con mapa en mano, y diagramar una hoja de ruta que me permitiera maximizar distancias y tiempo. Mientras lo hacía recibí un mensaje muy cálido y generoso de una fan de Granada, que me preguntaba si iba a visitar su ciudad, que de ser así podía contar con su compañía y estancia en su casa. Me habló de la belleza arquitectónica de la Alhambra, Patrimonio de la Humanidad, del barrio medieval el Albaicín, y de la sierra nevada con tanta admiración y cariño, que logró tentarme. Así que volví a sentarme para rearmar el viaje con nueva parada.

El itinerario consistía en llegar a Madrid, pasar aquella primera jornada con una de mis grandes amigas, viajar a Valencia muy temprano la mañana siguiente, quedarme allí dos días, y al ocaso viajar con destino a Barcelona. Allí me quedaría unas 42 horas, para ser más exacta, y, prosiguiendo con la aventura, volaría hacia Granda en horas de la siesta. La idea era visitar aquella pintoresca ciudad durante un poco más de 24 horas, para luego regresar en tren a Madrid, y la noche siguiente abordar el avión que me llevaría a casa.

Cuando les contaba a mis amigos, que pronto emprendería este viaje, lo primero que hacían era preguntarme a dónde iba esta vez a ver a Luis Miguel. Todo el mundo asocia mis viajes con él, es que, en mi haber, la mayoría han sido con ese propósito. Pero esta vez, el fin estaba indirectamente relacionado, ya que me iba de tour, ¡pero de fans de Luis Miguel! Al contarles mi itinerario, todos coincidían en que era una locura andar de arriba abajo en tan poco tiempo. Pero debía aprovechar al máximo mi estadía, y la oportunidad de poder abrazar a tantísimas personas con las que me escribo desde hace años.

Preparé mi maleta, los regalos, y, por supuesto, no podían faltar los alfajores con dulce de leche que enloquecen a los extranjeros. Con un calor que rajaba la tierra emprendí mi viaje hacia Madrid, un miércoles sobre el mediodía. Llegué alrededor de las 4 de la mañana, con un frío que calaba los huesos. Me reía sola porque días atrás había hablado con Verito para saber qué tipo de ropa llevar, y en ese momento en mi cabeza resonaban sus palabras: “Trae alguna camperita y un suéter, porque con una prenda manga corta estarás super bien”. Digan que soy tremenda a la hora de preparar mi equipaje, que, por si acaso, empaqué un suéter más. Se estarán preguntando qué pasó con el clima, y es que no llegué sola a Madrid aquella madrugada, sino que, sin previo aviso, también lo hizo una ola polar. Llegué a casa de mi amiga congelada, directo a dormir un ratito más para no desvelarla.

Me dio los buenos días el más tierno de la casa, Leo, el perrihijo de Eva, quien seguro habrá pensado: “¡Ay no! Otra vez la argentina intensa que me acaricia a cada rato”. Desayunamos todos juntos, y nos pusimos al día con nuestras vidas. Sobre la tarde salí en busca de mi café expreso extragrande, pues necesitaba calor y energía en mi cuerpo, algo que me ayudara a combatir el frío y el jetlag. Tomé en dirección a un lugar que vendía café colombiano pero estaba cerrado, imposible dar marcha atrás cuando busco cubrir una necesidad primaria. Así que continué mi camino con la esperanza de encontrar otro sitio, aunque sin éxito alguno. Por supuesto que no iba a darme por vencida todavía, por más que no hubiese salido con mi teléfono, con el que seguro era más fácil dar con una cafetería, necesitaba encontrar una que me devolviera a la vida, cueste lo que cueste. Gracias a Dios encontré uno, súper cerca de la casa, pero en otra dirección a la que había tomado. Marche un expreso XL con una napolitana (como ellos le dicen a una pieza rectangular de masa hojaldrada dulce, rellena con crema pastelera o chocolate). Les juro que me reinició por completo, y dejé atrás esa sensación de frío interior que te paraliza por completo. En la noche, como decía mi abuela, “Sopita y a la cama temprano” porque a las 4 am me pasaban a buscar para llevarme al aeropuerto. En Valencia me encontraba con la Ada madrina de mis pasajes, mi querida amiga Amparo, para desayunar juntas en la estación de tren, donde esperaríamos a Verito. Tomé mi vuelo a horario, dormí un ratito más en el trayecto, y busqué con normalidad mi maleta la que, por cierto, acaparaba las miradas de todos, porque la personalicé con imágenes de Luis Miguel.

Todo iba más que bien, hasta que bajé las escaleras para tomar el metro, y me di cuenta de que mi maleta estaba rota. Una de las ruedas estaba comprometida, ya que la rajadura lateral llegaba casi hasta una de ellas. Por suerte volví como pude a la ventanilla de reclamos, y me tomaron el descargo pertinente. Pero igual me preguntaba cómo iba a seguir mi viaje en estas condiciones, por suerte tenía 3 ruedas que andaban bien, y esta que, con cuidado, andaba a un 90%.

Con Amparo

Llegué a la estación de tren con retraso, pero feliz de poder abrazar y compartir un ratito con Amparo, que solo tenía libre esa mañana porque en la noche regresaba con su familia a Roma. Ella tenía mucha ilusión de recibirme en Valencia, ya que nació y creció en esta ciudad tan bella, lugar en el que aún reside su familia de origen. Entre cafecito, algo de pastelería, hermosa charla y entrega de regalos esperamos a Verito, a quien conocíamos solo en la virtualidad por el momento. Vero venía desde Castellón, lugar donde reside, y también un poco retrasada, razón por la cual solo pudo compartir más que un beso y un abrazo con Amparo. Fue muy emocionante descubrirla entre la gente, avanzando en aquel andén, después de compartir tantas charlas a la distancia. De inmediato nos fundimos en un gran abrazo cargado de cariño, y, después de una breve charla con Amparo, llegó el momento de despedirla porque debía prepararse para su viaje a Roma.

Con Verito Monetta

Como quería conocer un poquito el centro de Valencia y recorrer algunas tiendas conocidas, lo primero que hicimos fue averiguar dónde dejar nuestras maletas durante aquellas horas. Pensamos que podríamos hacerlo en la misma estación de tren, así que ingresamos a un sitio de informes, donde nos recibió un amable señor, que lo primero que hizo fue detenerse en la imagen de mi maleta y exclamó “¡Luis Miguel!, para proseguir cantando “Por debajo de la mesa”. Imagínense el corazón de esta fan, hinchado de felicidad y orgullo. Aquello nos dio pie para hablar de Luis Miguel, justo a nosotras que nos cuesta tanto, y a indagar si había ido a verlo en concierto. Luego recordamos para qué habíamos entrado a ese lugar, y, aunque no tenían lo que buscábamos, el señor nos indicó que había unos lockers a un par de cuadras. Al llegar a la dirección vivimos nuestra primera aventura juntas, ya que hoy es todo tan tecnológico y nadie te atiende personalmente. Debíamos seguir los pasos para abonar, luego abrir la puerta de ingreso, y por último la del locker asignado. Los dos primeros pasos fueron fáciles, pero nos llevó unos 10 minutos entender cuál era el código que debíamos ingresar para la apertura del locker. Tocamos en diferentes teclados internos, una y otra vez sin éxito alguno, mientras nos despanzurrábamos de la risa. Después de varios intentos logramos abrirlo, dejamos las maletas, y voilà, a recorrer parte del centro de Valencia.

Luego de un par compras más que convenientes, buscamos un lugar para almorzar porque ya eran casi las 3 de la tarde. Fuimos a un bufet, en los que me siento como niña en Disneyland, y allí se nos pasaron las horas en un abrir y cerrar de ojos, porque teníamos mucho que compartir. Después de varios intentos fallidos logramos levantarnos, y corrimos a buscar nuestras maletas para ir al hotel donde dormiríamos aquella noche. Llegamos, nos instalamos, y nos tiramos en la cama a disfrutar de un rato más de relax y charla. Otra vez el tiempo se esfumó y, cuando miramos a través de ventana, había oscurecido. Debíamos apurarnos si no queríamos llegar tarde a la cita con las fans de Valencia. Preparamos los regalitos que habíamos llevado, ducha y a ponernos lindas para el encuentro tan esperado.

El lugar reservado era precioso, y la compañía inmejorable. Allí nos esperaban Eva, Marian, July y Claudia, con las que compartí una noche maravillosa, llena de anécdotas y risas. Luego de una exquisita cena, en la que probé una burrata que no se asemeja a la argentina, de la cual volví enamorada y enloquecida, nos cruzamos enfrente ya que no sabíamos que el restaurante cerraba tan temprano.

Encontramos un piano bar lleno de gente, que nos tentó de inmediato con la carta de cócteles exhibida en la puerta. No crean que nos perdemos en el alcohol, sino que tenemos una debilidad y ya saben cuál es. Sí, es justamente eso que están pensando, ya que uno de los tragos se llamaba “Luis Miguel”, el cual venía en un vaso con su bello rostro. Así que entramos y nos unimos a la buena vibra del lugar, en el que, por supuesto, se escuchaba excelente música, había karaoke, y se estaba celebrando un cumpleaños de 40. Lo peculiar de aquel sitio era la gran mesa ubicada en el centro, puesto que era extensión del piano. Este gran instrumento era ejecutado por un músico, el que acompañaba a una cantante que nos deleitó con sus interpretaciones. Nosotras nos animamos a subir al escenario para interpretar “No culpes a la noche”, mientras bailamos haciendo la famosa coreografía. Se ve que lo hicimos muy bien, ya que vimos a la gente prendida, coreando y bailando junto a nosotras.

Esa noche nos colamos al festejo del cumpleañero cual adolescentes, uniéndonos a sus invitados cuando le cantaban el cumpleaños feliz, y apoderándonos de los dulces de la mesa que nadie comía. Lo que nos hemos reído ¡Madre mía! Todo empezó por un antojo y mi debilidad por las gominolas ácidas, cuando le pedí a Verito que me robara una sin que nadie se percatara. Con el correr del tiempo vimos que ningún invitado se interesaba por estas delicias dulces, las que estaban sufriendo abandono, así que decidimos hacer algo al respecto. Fuimos arrimándolas poco a poco a nuestro sector de la mesa, para arrasar con ellas cual niñas atrapando dulces de la piñata. La noche terminó con abrazos al cumpleañero, y un subidón de azúcar que ni les cuento. La pasamos fenomenal, ¡Que bien hace reírse con amigas y disfrutar del momento! Cosas que me llevaré en el baúl de los recuerdos.

Luego de una noche de descanso reparador, desayunamos y nos encontramos con una de las chicas, la que se nos unió al plan de recorrer Valencia a bordo del bus turístico de la ciudad. Aquella era la mejor manera de conocer, en tan poco tiempo, los sitios principales de Valencia.

Más tarde tocó el turno de almorzar algo bien calentito, que nos devolviera el calor corporal perdido en el piso superior descubierto del autobús. La charla se extendió hasta después de la comida y, aunque hubiésemos seguido durante horas ininterrumpidas, debimos salir con destino al hotel, con tiempo necesario para encintar mi maleta y reforzarla, ya que allí no había conseguido una tienda que extienda un certificado de irreparabilidad, condición para poder comprar otra y que la aerolínea cubra el gasto. Decidí probar suerte en Barcelona, nuestra próxima parada, así que junto a Verito tomé aquel taxi con destino a la estación de tren. Fui muy afortunada de poder disfrutar de su compañía esos días, y compartimos el deseo de hacer algo juntas, dedicado a Luis Miguel y sus fans, en un futuro cercano.

Continuará…

Antes de finalizar esta columna quiero desearle a Luis Miguel muy felices 44 años de trayectoria, una carrera coronada de éxitos y récords que solo él ha podido conquistar fruto de su inigualable talento, profesionalismo, disciplina, compromiso, pasión, amor y respeto a su público. Me siento inmensamente privilegiada, feliz y orgullosa de celebrar junto a él, 44 años de fan, porque mi vida tiene un antes y un después a su llegada. Te quiero con el alma, ¡gracias por tanto Miky!

Euge Cabral

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


Botón volver arriba